Análisis Digital, 02/10/06 - Pocos días antes de morir, José Luis Martín Descalzo escribía esta Carta a Dios como conclusión de su libro Razones para el amor, publicado en diversas editoriales. En ella, además de repasar su vida, ofrece una visión maravillosa del dolor y de la muerte, con una claridad que sólo da la cercanía
Gracias. Con esta palabra podría concluir esta carta, Dios mío, Amor mío. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Si vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mí. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.
Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran». ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque (...) en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres (...) Pero de Ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.
(...) La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.
Gracias a todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque, al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida, y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises.
(...) A veces pienso que he tenido demasiada buena suerte. Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que Tú regalas, a veces, a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero, ¿qué hago yo, si a mí no me has abandonado nunca? A veces, me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el Huerto de los Olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que Tú -no sé por qué- jamás me sacaste del Domingo de Ramos. Incluso alguna vez -en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a Ti y a mí mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.
(...) He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del Cielo. Mira, Tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el Cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que Tú nos ames, o el de que nos permitas amarte.
Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡si estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!
Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el Cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu Cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, Tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el Cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.
José Luis Martín Descalzo