Madrid, 10/11/06 (La Razón) - «El renacimiento realista aconteció también en Europa y su más interesante exponente en el viejo continente es un pintor israelí llamado Avigdor Arikha». Esto lo dice el historiador y crítico de arte Robert Huhges. Incluso lo sitúa por encima de Lucien Freud o Kitaj porque le conmueve su escasez de recursos, su espartano (eso quedará demostrado líneas más abajo) sentido de la pintura: «Superlativamente honesta, esta pintura, falta de retórica, respira el aire de una ansiedad escrupulosa». Pero Arikha lo niega porque le gusta negarlo todo. «No soy un pintor realista, ni figurativo, soy un pintor abstracto», algo que a todas luces no es, siguiendo el esquema aceptado hasta la fecha, pero es imposible llevarle la contraria. O mejor dicho, sentencia: «Mi ojo ve y mi mano pinta». Punto.
Acababa de pronunciar un conferencia invitado por los Amigos del Museo del Prado y tras escucharle hablar de cómo Mondrian vació el cuadro «Una habitación propia» de Veermer, pensé que la leyenda de que es alguien intratable era exagerada. Así que primero le pregunté si le había influido su paso por un campo de concentración y haberse iniciado allí en la pintura, que convirtió luego en un testimonio inmutable, de ahí esos personajes fuera de plano o a punto de borrarse, pero volvió a negar, ofendido. No le ha marcado en nada. Nació en Rumanía, en 1929, pero sin ni siquiera peguntárselo (luego comprendí que leía las preguntas anotadas en un papel), dijo que era falso. Más o menos entendí que ser rumano o no serlo era una especie de verdad que puede borrarse como un dibujo. «Yo soy israelí y viví en París y en 1949 llegué a Palestina, soy rumano accidental y con esa documentación llegué al campo de concentración. ¡Y ahora borre todo lo que he dicho!», me propuso, pero muy nervioso, indicándome que bastaba darle al «replay» y luego empezar a grabar. No sé por qué le hice caso: observó atento cómo rebobinaba la grabadora y la accionaba de nuevo. «¡Eso es!». Sin embargo, yo también he acabado mintiéndole: lo borré pero no se me ha ovidado su voz de mando: «¡Bórrelo!».
Durante treinta años ha sido el amigo íntimo de Samuel Beckett. No lo niega, de momento, y coincidiendo con el centenario del escritor y dramaturgo, su mujer, Anne Atik -que creo que me compadece con los brazos cruzados a unos metros de distancia-, ha publicado un libro donde se registran las conversaciones que mantuvieron. El libro ha sido ilustrado por el propio Arikha. Antes, en 2005, había aparecido en España «Cómo fue» (Circe). Hasta ahí, todo es cierto. ¿Pero lo es también, señor Arikha, que se ponían a recitar borrachos perdidos (o ebrios, si prefiere) el poema «Titanes» de Holderlin y que aullaban literalmente en las últimas estrofas? Se lo piensa. «¡No, no, nooooooo! ¿Dónde se dice eso?». De aquellos encuentros, dice la pequeña Atik: «Después de quince años de memorables conversaciones con Beckett, me di cuenta de que no podía depender de mi memoria y de que lo inolvidable se estaba volviendo irrecuperable». Está grabado y está escrito. Pero como sus dibujos, como su paso por el campo de concentración, Arikha lo borra todo.
Abstracción y decoración
La última diapositiva que pasa en su conferencia es «Erased de Koonig Drawing» (1953), de Rauschenberg, consistente en borrar un dibujo de De Konning y enmarcalo. Insiste en que lo miremos: «Es la legitimidad del plagio y el robo por el arte contemporáneo. No hay criterio ni deleite como lo pudo entender Horacio, la novedad se ha puesto por delante, sólo la novedad. Pero el drama es que si una pintura es sólo una imagen, ha fracasado».
Llama la atención sobre una paradoja: «El ideal artístico no salió de la Revolución Francesa, a diferencia de lo que hoy denominamos mundo monderno, sino de un ideal clásico». En este sentido, un cuadro supuestamente tan revolucionario como el «Guernica» de Picasso no deja de ser una pintura de género histórico. Lo esencial en arte, sostiene, es saber por qué la Condesa de Chincón pintada por Goya está más viva que la Madame Recamier de David o cómo consiguió Velázquez que las manos de Juan Calabazas «sean de una blancura inconmesurable, de una morbidez conmovedora». Esto sí, no duda en considerar que la abstracción no es más que una evolución del ornamento.