Alfa & Omega, 21/12/06 - Joan Sureda mantiene la idea de «que más allá de la construcción, plenitud, decadencia y agonía del Imperio español de la Casa de Austria, han existido otras edades de oro en los diversos territorios hispánicos del Viejo y Nuevo mundo». Con esta idea, desarrolla en su libro La Gloria de los siglos de oro. Mecenas, artistas y maravillas en la España Imperial -publicado por la editorial Lunwerg- un detenido estudio sobre la extensa realidad del Siglo de Oro español
El Siglo de Oro fue una época marcada por grandes acontecimientos y destacadas figuras creadoras en diversos ámbitos culturales, desde Cervantes en la literatura hasta Velázquez en la pintura. Es el período de la monarquía de los Austrias -instituida por el emperador Carlos I de España y V de Alemania, y sellada dos siglos después por Carlos II-; una etapa que alcanzó altas cotas de mecenazgo con Felipe II -quien mandó construir el monasterio de El Escorial-, y en la que el arte de Velázquez, durante el reinado de Felipe IV, visualizó el esplendor de un momento ya en decadencia tanto política como social.
Hasta el siglo XVII, la pintura fue un tanto remisa a representar a las minorías marginales; sin embargo, en la pintura y en la literatura de la época, emerge el mundo hasta entonces sumergido de la gente común, de la que no tiene pan para comer -un mundo de niños mendigos y vagabundos, de pobres, de pícaros, de tullidos, de pedigüeños, de comediantes, de bufones...-, un mundo de gentes que, por el motivo que fuere, sufren marginación e incluso desprecio social y que, entre otros maestros de la época, Murillo plasma magistralmente en sus Muchachos comiendo melón y uvas.
Trascendencia mística :
Tras el Concilio de Trento, del siglo XVI, los artistas quedaron inmersos en el espíritu religioso de la contrarreforma, y cedieron simbolismo en sus obras en beneficio de un profundo sentido espiritual, en el que la imagen sagrada inducía a la penitencia, a la piedad, a la caridad y al desprecio del mundo, para así unirse a Dios. Esto ya puede observarse en el misticismo que refleja el cuadro El Expolio, de El Greco, y en un grado diferente, aunque también en esa línea, el Cristo crucificado, de Velázquez.
El espíritu de la contrarreforma se encamina también a exaltar los sentimientos de las gentes, con envolventes y dinámicos espacios arquitectónicos, sugestivas y recargadas formas, luces, materiales y naturalistas, a la vez que visionarias, imágenes que alcanzaron a convertir la madera tallada y policromada en carne de lo divino , como puede observarse en muchas de las tallas de Pedro de Mena y Alonso Cano.
En tallas policromadas como San Francisco de Asís, de Mena, o La Inmaculada, de Alonso Cano, se plasma con maestría la impresionante belleza de la quietud, la gravidez, y el recogimiento místico, que con su estilo propio alcanzan el mismo resultado expresivo que los cuerpos alargados e ingrávidos típicos de El Greco.
Estas corrientes, a las que tan bien se amolda el pincel de El Greco, surgen al amparo de un intimísimo sentimiento de purificación espiritual, que tiene su origen en corrientes de renovación propiciadas por los Ejercicios espirituales, de san Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús. El misticismo que se imprime en el arte reflejaba el sentimiento religioso, que rezumaba en un tiempo en el que se huye del mundo para elevarse con el espíritu al mismísimo cielo. La luz que llevan dentro las obras de este período, es como una luz mística increada, que recuerda la luz que describen los grandes místicos del Siglo de Oro español, san Juan de la Cruz y santa Teresa.
Joan Sureda centra dos amplios capítulos del libro en dos figuras clave: Velázquez y El Greco. La faceta artística espiritual de Velázquez fluye en la emoción no gesticulante y contenida con la que resumía, en varios trazos, la naturaleza en sí: la realidad del Cristo velazqueño es la de un Cristo inmaculado que está muerto y en el que, sin embargo, se percibe su trascendencia en un cuerpo sin moratones o huellas de flagelación. En cuanto a El Greco, en la mirada de sus representaciones refleja la mirada que describía santa Teresa en su última morada, cuando «Dios se muestra en toda su grandeza quitando de los ojos de los hombres las escamas que no les dejan verle con claridad». Definitivamente, los ojos que El Greco representa son eso: ojos limpios de escamas y reflectores de la luz divina, y resumen de toda la corriente mística del Siglo de Oro.
Maite Gacho Muñoz