Madrid, 27/12/06 (La Razón) Los responsables del Thyssen abrieron las puertas del museo a Avigdor Arikha para que éste husmeara en sus colecciones. Al pintor de origen rumano -un artista raro, de culto-, que acaba de exponer en el British Museum, se le dio la opción de elegir sus cuadros preferidos de la colección para montar algo así como su exposición ideal.
Es, en definitiva, la primera de una serie bautizada con el nombre de «Studiolo», que tendrá carácter anual y que será comisariada por pintores contemporáneos. «Studiolo» era la palabra que evocaba en el Renacimiento el salón donde los príncipes se retiraban a meditar, leer y disfrutar de sus cuadros.
Algo así propone el Thyssen, que ha habilitado una de sus salas para que sean los ojos del pintor, y no la mente de un historiador, los encargados de armar una exposición.
Saborear la pintura :
El olfato de Arikha, sus gustos y sus teorías sobre la pintura están volcados en esta exposición donde han sido «invitados» Mondrian, Caravaggio, Hopper, Cézanne, Tiziano, Memling, Morandi, Emil Nolde, Antonello de Messina, Lucien Freud y así hasta 18 maestros de todas las épocas bajo una misma premisa: casi todas las pinturas están hechas del natural, corresponden a escenas realizadas con modelos y objetos.
Nada tiene de caprichoso este enfoque. «Después de unos inicios haciendo abstracción, Arikha descubrió que ése era un lenguaje ya agotado», recuerda Guillermo Solana, conservador jefe del Thyssen. «Así que en 1965 volvió a dibujar del natural y en 1973 se pasó al óleo. La pintura de observación es la clave de Arikha, porque es una pintura hecha en una sola sesión, sin retoques». El pintor ha querido que la iluminación de la sala sea completamente natural. No hay focos, sólo la luz cenital que se cuela por los cristales.
Para Arikha, el objetivo del arte basado de la observación «no es decorar, como el ornamento, ni documentar, como la imagen, sino que nace de una necesidad profunda de retener lo vivido». Tan reveladora como la selección de pinturas es la explicación que hace de cada una de ellas en el pequeño catálogo que se ha editado para la ocasión.
Por ejemplo, de Mondrian asegura que su abstracción no es decorativa ni agradable, sino meditativa. «Definió el plano pictórico como si hubiera vaciado la habitación de Vermeer pero conservando su estructura», escribe. A Giorgio Morandi lo define con un par de apuntes: «No buscaba temas ni ideas, simplemente pintar. Su pintura se saborea lentamente».
Un superviviente gruñón :
Y de Degas, de su cuadro «En la sombrerería», dice que «resulta tan conmovedor como un cuarteto de Beethoven». Este verano, Avigdor Arikha expuso sus obras sobre papel en el British Museum, al que había donado una buena parte de su colección de dibujos. Ha sido generoso con los británicos por más que él viva en París desde hace años, una ciudad con la que siempre había soñado. Pero antes de cumplir su sueño, Arikha sufrió toda clase de infortunios. Durante su infancia pasó por los campos de concentración nazis. Después, al igual que otros huérfanos, se formó en un «kibbutz» en Israel. Años después sería gravemente herido en la guerra de la independencia israelí. Hoy es un superviviente feliz y algo gruñón que sigue enamorado del oficio de pintar. En la exposición del Thyssen (hasta el 11 de marzo), hay dos pinturas del propio Arikha, escogidas por Solana, un anticipo de la restrospectiva que el museo le dedicará en 2008.