Madrid,24/11/04 (La Razón) El encuentro entre el cardenal Ratzinger y el historiador italiano ?«el más laico de todos»? Ernesto Galli della Loggia tuvo lugar hace unos días en Roma en el ámbito del convenio anual promovido por el Centro de Orientación Política. Allí se habló de la Europa que ha evitado mencionar sus propias raíces cristianas, confiándose a una suerte de «patriotismo constitucional», idea del filósofo Jürgen Habermas.
Pero también de la importancia de que la cultura laica esté atenta «a la sabiduría que se oculta en las tradiciones religiosas», necesaria en un mundo donde el extraordinario poder de la técnica está llevando al hombre a ser verdugo de su propia generación. Según el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, «ha crecido de un modo inimaginable el poder del hombre», capaz de autoreproducirse en el laboratorio.
Esto genera la idea del ser humano como producto, como mercancía, «y la sociedad que ha olvidado que la persona viene de Dios está enferma». Como historiador («no sé si el más laico», ha bromeado) Galli della Loggia habló en su discurso de la «ruptura» que ha producido la globalización, barriendo ideología y nacionalismo, «los dos grandes sucedáneos de la fe religiosa tradicional atravesada por la secularización».
Asistimos, en cambio a una fuerte ideologización de los temas sobre derechos humanos y sobre la paz, fruto del «vacío identitario» que se ha creado. Pero, «¿de dónde nacen los derechos humanos?», se preguntó el purpurado alemán: «De la cultura judeocristiana, pero claro, esto no se puede decir», afirmó. «El puro positivismo de los derechos humanos ?retomó el cardenal? es quizá suficiente para una Constitución, pero no lo es para nuestro debate cultural».
Un positivismo que lleva al relativismo y que «si se convierte en un absoluto, se vuelve contradictorio y destruye el actuar humano». Ratzinger afirmó que la libertad es entendida hoy en sentido individualista: «En cambio el hombre ha sido creado para convivir. Y existe una libertad compartida que garantiza para todos la libertad contra la absolutización» de la misma, afirmó.
Según Ratzinger, no mencionar las raíces cristianas de Europa deriva de una «hostilidad al catolicismo» facilitada por el hecho de que éste ha asumido una «preeminencia» respecto a las demás confesiones cristianas. «No nos podemos detener ?argumentó Della Loggia? en una libertad delimitada solo por el neminem leadere (no hacer daño a los demás), para una sociedad es muy importante establecer una verdad». Como verdades se presentaron las religiones monoteístas y el laicismo, definido como una «ideología parcial que no puede responder a los desafíos decisivos para el hombre».
«La razón no es enemiga de la fe», aseguró el purpurado bávaro: «El problema viene cuando llega el desprecio de Dios y de lo sagrado», que ofendería a las demás religiones en el nuevo orden europeo. Ratzinger recordó, en fin, que Europa ha traído como regalo al mundo la racionalidad, «querida por los cristianos y querida por la fe». «No se trata de crear un imperio de poder», concluyó el cardenal, sino al contrario, de «comunicar el verdadero tesoro de verdad y de amor» que es propio del cristianismo.