Son apenas un puñado de chicas explotadas sexualmente tras la guerra de Congo, que han encontrado un refugio para dejar la prostitución; pero, dentro de poco, pueden ser bastantes más y tener la formación y ayuda que necesitan para iniciar una nueva vida

M Donato Lwiyando lleva a sus espaldas un par de décadas de trabajo en su país, Congo, y en Camerún, con jóvenes y con niños de la calle. Los años que lleva en Madrid estudiando son ya muchos para este misionero javeriano, y está deseando volver a África, donde le espera un proyecto, en el sentido más literal. Menores desplazadas por la guerra, violadas y explotadas sexualmente, sólo cuentan, de momento, con una casita para los peores casos y con alguien que las escuche, aunque Donato espera poder ofrecerles más pronto.
La guerra que vivía Congo desde 1996 empeoró en 1998, cuando tres países vecinos lo invadieron. La peor parte se la llevaron los poblados de la selva, donde los militares robaban, mataban, violaban y secuestraban a niñas como esclavas sexuales. Las que buscaban refugio en las ciudades como Bukavu tampoco encontraron una salida fácil, pues eran núcleos ya empobrecidos por el éxodo de refugiados ruandeses de 1994. Para muchas no había más sitio que la calle, donde no tardaron en ser captadas por las redes de prostitución. «Aunque ellas no quisieran -explica Donato-, tenían que aprovechar para sobrevivir». El dólar que ganan al día lo entregan a los explotadores.
Donato tuvo, por primera vez, noticias de esta situación, de boca de la Congregación local de las Doroteas de Cemmo. Para conocer la situación de cerca, visitó una de las casas de la tolerancia -así se llama el prostíbulo-, disfrazado: «Había muchas niñas. No sabían si sus padres vivían o dónde estaban». El alcalde le explicó a Donato que en alguna ocasión había mandado a la policía a detener a los explotadores, pero «no había medios para hacer algo por las menores, y éstas, al verse sin otra salida, consiguieron reunir el dinero para sacarlos de la cárcel».
Durante la primera visita a las chicas, Donato ya les había empezado a hablar «de salir de esa situación, de cambiar de vida, empezar a estudiar, etc. A la semana siguiente, siete estaban dispuestas». La ilusión había llegado muy por delante de las posibilidades concretas de hacer algo. Donato tenía que dejar el país al poco tiempo, y las doroteas, con sólo dos religiosas y un puñado de estudiantes, y trabajo en un hospital y con niños desnutridos, no podían hacerse cargo de las chicas. Donato compartió su enfado e impotencia ante el problema con un grupo de jóvenes laicos, y cuatro mujeres se ofrecieron a, por lo menos y de momento, ser un punto de referencia para las chicas, hablar con ellas, hasta que se pudiera hacer más. Era junio de 2006.
En primavera de este año, las circunstancias obligaron a dar otro empujón al proyecto: tres chicas estaban embarazadas, y una cuarta había dado ya a luz. No podían quedarse en el prostíbulo ni volver a sus poblados, y parecían abocadas a abortar. El pequeño grupo de apoyo, formado por cuatro mujeres y un par de hombres alquilaron una casita y crearon la asociación MEPED (Movimiento Educación y Promoción para Niños Desvalidos). Hasta ahora, todos los implicados, laicos y religiosos, son nativos que hablan el idioma local, y conocen de primera mano las circunstancias que han llevado a las chicas a su situación actual.
El grupo de chicas (alguna se ha ido, y otras han llegado de un poblado tras ser violadas) se mantiene casi únicamente con el dinero que Donato y otros mandan desde España. Encontrar un trabajo no es fácil, en gran parte por el estigma de la prostitución. Por el mismo motivo fracasó un primer intento de alojarlas con familias de acogida, pues «las familias se preguntan: ¿Qué pasa si convencen a nuestras propias hijas para que también se prostituyan? Si les llegaran chicas con una formación y posibilidad de encontrar trabajo, sería diferente», explica Donato.
Su proyecto es que la casa de acogida fuera un lugar donde, en dos o tres años, a las chicas se les diera una formación laboral y también seguimiento psicológico, pues «han sido violadas, no saben si tienen familia, y han estado sometidas a maltratos continuos en el prostíbulo». La formación se realizaría en colaboración con una escuela de las doroteas, donde aprenderían labores, o con un centro de los jesuitas, para aprendizajes más técnicos. En su propia casa podrían adquirir nociones de ganadería, repostería, agricultura...
En cuanto a las chicas que siguen en el prostíbulo, dos mujeres se mantienen en contacto con una veintena de chicas interesadas. Se reúnen con ellas, ven cómo se encuentran, y las ayudan con lo que sea necesario, como por ejemplo a conseguir medicinas si las necesitan. Estas mujeres, que son cristianas, les ofrecen también su punto de vista sobre lo que están viviendo. Y, todos los sábados, se reúnen con una religiosa, también nativa. Así, quienes se han implicado en MEPED se mantienen al tanto de la situación hasta que el proyecto se pueda poner en marcha del todo.
María Martínez López
Un grupo de españoles que ha conocido la situación de las chicas explotadas a través de Donato ha creado la asociación África Tumaini (Esperanza para África), que se encarga de conseguir y enviar dinero para la manutención de las chicas que han salido del prostíbulo. Más información: 677 329 020; e-mail: contacto@africatumaini.org