Alfa Omega,20/10/09 - En el Congo, la situación se ha recrudecido. «Mientras nosotros tomamos la palabra en esta Asamblea, los agentes pastorales de nuestra diócesis están preocupados por los enemigos de la paz. Una de las parroquias de nuestra archidiócesis fue incendiada el viernes 2 de octubre de 2009, algunos sacerdotes fueron molestados, otros fueron tomados como rehenes por hombres... La Iglesia es el único apoyo que le queda a un pueblo aterrorizado, humillado, explotado y dominado, que querrían reducir al silencio», contaba a los obispos monseñor François s Xavier Maroy Rusengo, arzobispo de Bukavu, cuyo predecesor murió asesinado, en 1996, por sus denuncias sobre las milicias en guerra. Los disturbios se agravaron, y el prelado se vio obligado a regresar, un día más tarde, a su diócesis precipitadamente.
La tragedia de los emigrantes
El sueño y el drama de los inmigrantes africanos que atraviesan el desierto de Libia, dejando en ocasiones la vida, en busca de un futuro mejor en Europa, ha planteado serios interrogantes al Sínodo de África que se celebra en el Vaticano hasta el 25 de octubre. Así dice uno de los portavoces ante la Asamblea sinodal de estas vidas mutiladas (en espíritu y en cuerpos), monseñor Giovanni Innocenzo Martinelli, O.F.M., obispo titular de Tabuda, Vicario apostólico de Trípoli (Libia): «Sabemos que en el continente africano existen más de 10 millones de desplazados, de emigrantes en búsqueda de una patria, una tierra de paz. El fenómeno de este éxodo revela un rostro de injusticia y de crisis sociopolítica en África. Nosotros, en Libia, vivimos toda la tragedia de este fenómeno: llegar a Libia por haber sido rechazado en Europa... Cada año entran en Libia millares de inmigrantes, procedentes de los países del África subsahariana .
La mayoría de ellos se salvan de la guerra y la pobreza que vive su país y vienen a Libia, donde buscan un trabajo para ayudar a sus familias, o bien, el modo de pasar a Europa con la esperanza de encontrar allí una vida mejor y más segura.
Muchos de ellos se han dejado engañar por la promesa de un trabajo bien pagado y se ven obligados a realizar trabajos mal pagados y peligrosos, o bien, no encuentran ninguno en absoluto. Muchas mujeres a las que han hecho venir al país se ven obligadas a ejercer la prostitución o son esclavizadas.
Todos los inmigrantes ilegales corren el riesgo de acabar en la cárcel, ser deportados o cosas peores, y no pueden acceder a ningún tipo de asistencia legal, ni a los servicios sanitarios públicos.
La inmigración es para muchos una tragedia, sobre todo porque estas personas son víctimas de tráficos, explotación (especialmente, las mujeres) y del desprecio de los derechos humanos. Pero damos gracias al Señor por su testimonio cristiano. Se trata de una comunidad que sufre y busca, de una comunidad precaria, rebosante de alegría en la expresión de la fe. Y son quienes, en un contexto social y religioso de carácter musulmán, hacen creíble a la Iglesia y vivo el diálogo de la vida con muchos musulmanes. Son nuestra Iglesia de Libia, peregrina y extranjera, luz de Jesús y sal para los que nos rodean».
Asesinos financieros
Muchos de los problemas que afligen a varios países de África tienen su origen a miles de kilómetros. «Una guerra hecha para encubrir el saqueo de las riquezas minerales del país, en el que el 70% de sus 60 millones de habitantes vive con menos de un dólar al día»: así han definido los misioneros combonianos, reunidos en Roma para su XVII Capítulo General, la situación en el nordeste de la República Democrática del Congo. Por ello, piden a las Naciones Unidas y a la Unión Europea que «asuman la responsabilidad de salvaguardar la vida y los derechos de las poblaciones inocentes», y hagan algo para frenar la tragedia que «está teniendo lugar ante los ojos de aquellos que deberían proteger a la población civil».
De aquella zona, se relataron sucesos estremecedores en el Sínodo de los Obispos: «¿Cómo hablar de reconciliación y de auténtica paz en una sociedad en la que los hijos han sido obligados a violar a sus madres y hermanas ante la mirada impotente de sus mismos padres?», se preguntó monseñor Téophile Kaboy Ruboneja, obispo coadjutor de Goma, en el Congo. «Se han perpetrado actos de violencia sexual masivos contra mujeres por parte de todos los grupos armados», añadió. Todo esto hace muy difícil la reconciliación nacional, ya que las heridas que deja el conflicto son muy profundas. En el caso de las mujeres, la Iglesia ha creado varias casas para atenderlas. Muy complicado es también el caso de los niños soldado, destacó monseñor Ruboneja, o el de los niños que han nacido de la violencia.
Una de las principales demandas de los obispos africanos a los países más ricos es que no azucen los conflictos. El cardenal Bernard Agré, arzobispo emérito de Abidyán (Costa de Margil), habló de «asesinos financieros», que esquilman las riquezas, en colaboración con dirigentes locales e hipotecan a las economías africanas durante generaciones.