ABC, 29-10-09 - Duérmete, niño, duérmete ya, que si no vendrá el coco y te comerá. Hay cosas que no cambian. Desde el Paleolítico, en aquella noche oscura del hombre, cuando un arrullo valía más que mil palabras, los seres humanos le han contado y cantado a su prole para que cayera en brazos de Morfeo. Por fas o por nefas, no queda más remedio que cantarle una nana al nene para que descanse y nos deje descansar.
De boca en boca, las nanas han puesto paz donde había rabieta, han puesto reposo donde había pucheros. Al amparo de ese arrullo secular se publica «El gran libro de las nanas» (El Aleph), en exhaustiva, hermosa y mecida edición de Carme Riera. Desde las canciones de cuna anónimas y tradicionales («Este niño chiquito no tiene cuna, su padre es carpintero y le hará una») hasta los poetas de hoy, pasando por la primera nana de autor conocido, la de Gómez Manrique, los poetas del 27, Juan Ramón, Unamuno y, por supuesto, las «Nanas de la cebolla», de Miguel Hernández.
De abuelas a madres, de madres a nietas, y así sucesivamente, las nanas han alimentado el acervo popular y nos traen a la imaginación «el recuerdo de tiempos remotos —como subraya Riera».
Del cancionero popular a las manos de los más grandes vates, las nanas son un pequeño pero apreciable tesoro de nuestra lírica. «Decía Octavio Paz que la poesía sirve para recordar lo que somos, para despertar a lo que somos. Muchos poetas, por ser hombres parecen más alejados de los niños y escriben nanas porque en un momento dado despiertan a la ternura infantil». Por eso dedico el libro a las madres que nos han acunado siempre, a los padres que empiezan a acunarnos».
Centenarias o recién escritas, las nanas siegue conservando su carácter relajante y quizá hasta sus dones analgésicos. «La nana es como un mantra y esa reiteración, ese arrullo, lleva al sueño, calma el ánimo. Quizá, si nos cantaran una nana no tendríamos que tomarnos un orfidal».
Lope de Vega, que en cuanto a descendencia no fue mal servido, es la última mano que mece esta cuna: «Mañanicas floridas / del frío invierno / recordad a mi Niño / que duerme al hielo».