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Plástica: Los Cristos de Bonta

10 de noviembre de 2009
Patricio Bonta, publicista y artista nacido en Hungría en 1946 y residente en la Argentina, ha realizado este año una serie de crucifixiones que se exhibieron durante el mes de octubre en el Centro Cultural Borges.

Criterio,09/11/09 - Tal como comentaba Giacinto di Pietrantonio, historiador del arte italiano, curador de la exposición El tiempo del arte en Fundación Proa, a partir del Concilio de Nicea II (787 d.C.), la historia del arte de Occidente se enfocó en una dirección que la vertebró por siglos.

Se trataba de la opción por el desarrollo de la amplísima iconografía unida al cristianismo. Justamente fue la controversia iconoclasta la razón de la convocatoria de aquel acontecimiento. La propia emperatriz Irene presidió las últimas sesiones de modo de asegurarse que las conclusiones fueran en la línea favorable a las imágenes.

Luego del paso de tantos siglos y del devenir de la historia del arte, se repara poco en aquel hecho sin el cual ese acontecer hubiese sido bastante diferente, incluso hasta nuestros días.

Una de sus consecuencias palpables que se desprendió de sus deliberaciones fue que la crucifixión se convirtió en signo de esa tradición.

La centralidad del tema religioso en el arte de Occidente ha sido razón de múltiples teorías y reflexiones que llegan hasta la contemporaneidad e influyen en su lectura. Pero aquella casi exclusividad de su tratamiento comenzó a abandonarse a partir del Iluminismo.

En el caso específico de la crucifixión, como base estructural de la iconografía cristiana, serían innumerables los artistas que dedicaron obras al tema a fines del siglo XVIII, y no perdió presencia inclusive durante el siglo XX, desde las ópticas más diversificadas. Algunos ejemplos son las crucifixiones de Georges Rouault, en 1920; de Pablo Picasso, en 1932; de Francis Bacon, en 1933; y de Salvador Dalí, en 1936; entre otras. También en la Argentina artistas de la segunda mitad del siglo XX retomaron el tema, como León Ferrari, en 1965; y Antonio Berni, en 1980-81.

Patricio Bonta, publicista y artista nacido en Hungría en 1946 y residente en la Argentina, ha realizado este año una serie de crucifixiones que se exhibieron durante el mes de octubre en una sala en ángulo, recogida y silenciosa, en el Centro Cultural Borges, bajo el título Los Cristos de Bonta. Son cerca de una decena de imágenes, variaciones sobre el mismo tema, en las que Bonta plasmó su mirada contemporánea sobre un tema milenario. 

El artista tuvo en cuenta la iconografía tradicional pero en lo formal introdujo variantes, comenzando por el soporte: si bien son telas sobre bastidor, fueron fragmentadas para que la suma de las partes rectangulares dé como forma final la cruz. Curiosamente, las figuras de los distintos Cristos que pintó sobre cada conjunto componen una sola imagen unitaria, con excepción de un caso que luego referiremos. Las figuras, en oposición a la más difundida, están vestidas con el estilo occidental; podría ser el actual o con ciertos rasgos de indumentaria informal, típica de los años sesenta, lo cual  combinaría con el pelo largo de cada representación.

En algún caso la figura mira al espectador con los ojos bien abiertos, como los de un Pantocrátor; en otros, el rostro se orienta hacia abajo y mantiene los ojos cerrados, en actitud de introspección y sufrimiento.

La modalidad pictórica es el neoexpresionismo, con un acento puesto en la expresividad de la pincelada, que transgrede las formas naturalistas: en la libertad del color con respecto a la realidad, y en una cierta exaltación de algunas formas, como los pies y las manos, entre otros. Una de las crucifixiones parecería un homenaje a aquel movimiento de cuestionamiento a la “institución pintura” que fue la Nueva Figuración argentina (E. Deira, R. Macció, L.F. Noé y J. de la Vega, en 1961-1965). Uno de los gestos de Noé en aquella época fue dar vuelta el bastidor y pintar sobre su reverso, recurso que Bonta repite en un caso. 

El tema de la vestimenta, no menor en el conjunto, resalta otra característica: las prendas, que pueden parecer informales, incluso de tipo hippie –aún en los casos en que llevan corbatas– y poseen rasgos gastados o roturas, fueron convertidas en símiles de llagas en alusión a aquella que fue abierta por los soldados con una lanza después de la muerte en la cruz, y de la cual brotó sangre y agua (Jn 19, 33-36).

Otro detalle externo a las pinturas mismas son los pequeños montículos de piedras debajo de cada cruz, elemento que posee diversas simbologías.  Finalmente, el centro de toda la instalación es una crucifixión doble en la cual se contraponen las partes superiores del cuerpo, una de ellas de espaldas, y los brazos, que se vuelven en número de cuatro, sobre piedras.

Esta actualización de Bonta, en primer lugar, trae al presente una cuestión que, más allá de las creencias, subyace en la cultura occidental. Aquí se vuelve pertinente la pregunta: ¿los Cristos de Bonta son, en todos los casos, el hijo de Dios hecho hombre?

El artista ha multiplicado un hecho único, referido por la historia y las escrituras, a varias personas anónimas, que podrían ser un número infinito en toda la humanidad. Patricio Bonta parece decirnos que así como hubo un sacrificio de Cristo para la salud de los seres humanos, también hay multitud de sacrificios humanos personales, cotidianos y sin nombre, cuyo sentido simbólico está dirigido hacia la salud colectiva del mundo

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