Alfa & Omega,21/10/10 - Lo que parecía imposible, en Dios, se consigue. La Hospitalidad Jesús de Nazaret así lo ha experimentado desde que, en 2009, comenzó a peregrinar con personas enfermas y con discapacidad a la tierra de Jesús. Esta Asociación privada de fieles nació del convencimiento de su Directora, Ana Palacios, de que pisar esta tierra devolvería la luz a aquellos que viven en la más terrible oscuridad: «La enfermedad irrumpe en la vida de muchas personas casi sin avisar. Esto provoca que la tristeza y la desesperanza invada sus vidas. Cuando peregrinan a Tierra Santa, vuelven a descubrir la alegría, el sentido de su historia, porque el encuentro con Cristo, transforma». Doña Ana llevaba años organizando peregrinaciones a los Santos Lugares y, cada vez, tenía más clara la nueva misión que Cristo le pedía: «Aquel lugar es un sagrario y allí me encuentro con Dios, cada vez, de una forma nueva. Quería que todos, sin excepción, pudiesen vivir esa experiencia, y por eso comenzó la Hospitalidad».
Querer es poder; sólo hay que ser constante y, sobre todo, pedir la ayuda del Espíritu Santo. Así fue como se puso en marcha y, hoy, no existen barreras de ningún tipo -y si las hay, se superan-. «Nosotros somos sus ojos y sus pies», afirma la señora Palacios. Por eso, incluso tienen medida la Tierra Santa al milímetro, de norte a sur. Manuel Rancés, responsable de accesibilidad y enfermo de esclerosis múltiple, conoce de memoria hasta el último escalón de los Santos Lugares y sabe, mejor que nadie, cómo saltar esos obstáculos. Manuel experimentó el punto de inflexión en su vida la primera vez que peregrinó con la Hospitalidad: «Me reencontré con el viejo amigo al que tenía olvidado por dejadez y miedo, sentí el abrazo reconciliador y amoroso de Dios, presente en cada uno de los rincones que recorríamos, liberándome de miedos, de los ruidos de la vida diaria que nos aturden y que nos impiden ver lo esencial y trascendente». ¿Cómo dejar que otros no viviesen esa misma experiencia? Desde entonces, no ha faltado a ni una sola peregrinación.
La ilusión de Lili de pisar la tierra de Jesús se vio truncada cuando irrumpió la repentina enfermedad de José Carlos, su esposo. Pero fue su hijo Javier y su tesón para que sus padres cumplieran su sueño, lo que les llevó hasta la Hospitalidad de Jesús de Nazaret, y éstos, a su vez, hasta la Tierra Santa: «Viajamos con 10 personas en sillas de ruedas: aviones, escaleras, subidas, bajadas..., pero todos los obstáculos inimaginables se superaban, con la ayuda del Espíritu Santo y por una colección de chicos y chicas voluntarios que se daban de tal forma, que incluso lloraban con nosotros, hasta llegar a formar una sola familia», recuerda Lili.
No existen barreras
Y es que la labor de los hospitalarios y hospitalarias es la piedra angular de la peregrinación. A Ana, una hospitalaria, le asaltaban las dudas: «¿Sería capaz de empujar las silla de ruedas? ¿De ayudarles en las necesidades más cotidianas? Vi clara la respuesta en el espíritu de la Hospitalidad: con amor, todo se consigue». Y afirma: «Esta labor, que todas las personas puedan peregrinar a Tierra Santa es, sencillamente, un acto de amor».
Carmen ha repetido tres veces como voluntaria: «He aprendido que las barreras, nos las ponemos nosotros. Si se quiere, se puede hacer; y, de hecho, se está haciendo. Recuerdo el caso de un hombre que necesitaba bombonas de oxígeno para respirar. Inimaginable la gestión: avión, bombona en el aeropuerto a la salida, bombona en el aeropuerto a la llegada... Pues salió. Todo el mundo se volcó...» Judíos y palestinos colaboraron juntos para que este peregrino lograse alcanzar la meta. Cada peregrinación, sin duda, es un milagro de Dios.
Al término de cada día, asisten a la Hora Santa y a la celebración de la Eucaristía. Miguel sufre una parálisis cerebral, pero fija su mirada en la custodia y agarra con fuerza el hombro de una hospitalaria. Unos viajan solos, otros con su familia..., pero allí no hay distinción: todos son uno solo. El próximo mes de diciembre, del 2 al 9, hay una nueva oportunidad de recibir este gran regalo y la Hospitalidad espera, con los brazos abiertos, peregrinos y voluntarios que quieran acoger esta esperanza. Y para los que ya han ido, o todavía no se atreven, existen los hospitalarios de la oración, que velan desde aquí para que los que van, se encuentren cara a cara con Cristo. Toda la información en el Tel. 91 357 67 70.
Cristina Sánchez