Alfa & Omega,28/10/10 - A una redacción llegan cartas que, a veces, dan valiosas lecciones sobre generosidad. Y, al compartir las buenas noticias, éstas se multiplican. El padre José Puig, sacerdote jesuita, leyó hace dos semanas una noticia sobre el milagro de la Institución Benéfica del Sagrado Corazón, en Albacete, y ha querido compartir un nuevo milagro, esta vez en Gandía. En las calles de este conocido lugar de veraneo, no falta «una auténtica ONU del hambre»: peruanos, bolivianos, croatas, rusos, subsaharianos, gitanos, españoles... A sus 86 años, el padre Puig es el responsable de un comedor social que ya reparte más de 6.300 comidas al mes.
Cada día, pasan por sus puertas unas 300 personas, aunque su récord está en 406. Nació cuando la crisis empezaba a ser una realidad más que palpable, en enero de 2009. En honor a la verdad, no era un comedor: «En una plaza pública, frente a una iglesia, dimos de comer, en boles de plástico, a 18 personas. Pronto llegamos a 50. El alcalde de barrio intervino. Nos consiguió un local de los boy-scouts. Llegaron voluntarios. Compramos cacharros de cocina. Llegamos a 100, 200, 300...» Los voluntarios, a día de hoy, son 33, y hacen turnos para que, cada día, haya seis atendiendo al comedor. Es una tarea agotadora, pues no se trata sólo de darles comida: «Llevamos el control de cada pobre», valorando su situación y su grado de necesidad, en reuniones periódicas. Así era hasta ahora la labor de este comedor..., aunque seguía faltando el comedor propiamente dicho, y las personas que acudían a por comida al local -y, luego, a una antigua pizzería- se la seguían llevando en boles.
¿Quién no tiene 10 euros al año?
Esto cambiará pronto. El padre Puig y sus voluntarios están inmersos en terminar un nuevo comedor, «fenomenal y según las leyes. Nos lo ha pagado el Ayuntamiento, 150.000 euros. También nos paga el alquiler hasta enero y un cocinero muy bueno». Al margen de estas ayudas institucionales, el grueso de los gastos para la comida lo obtienen de las limosnas. «Necesitamos 60.000 euros al año. Yo recojo todas las limosnas que puedo. El año pasado, recogí 30.000. Dios no falla. Tenemos 100 socios que nos dan 10 euros al año. Esperamos llegar a los 2.000 socios. ¿Quién no es capaz de ahorrar 10 euros al año?», se pregunta. «Dios es un Dios del día a día; del detalle; de la finura; no va por caminos deslumbrantes. Yo, audazmente, hice un pacto con Él: Me tienes que dar cada día 50 euros. Y no me falla. A veces me falla, y pienso que Dios, que es amor, también es humor; y juega conmigo. De repente, alguien viene con 100 euros o más. Las cuentas me cuadran».
M.M.L.
El óbolo del barrendero
La labor de este comedor hace que sea conocido en todo Gandía. «El otro día -recuerda el padre José Puig-, me paró un barrendero y me dijo: ¿Es usted el cura que da de comer a tanta gente? ¿Dónde he de ir para colaborar? Le dije: Usted, a ninguna parte; usted es también un pobre. Contestó: No señor; yo y todos debemos colaborar». No se trata sólo de la generosidad de este buen hombre, sino de muchos otros que van contribuyendo, con sus granitos de arena, a que cada día 300 personas tengan algo que llevarse a la boca. «Cada día, seis panaderías nos dan el pan del día anterior; y una carnicería, toda la carne para cada semana. ¡Inaudito! Los señores del PP nos dan el arroz y pastas hasta enero. Y, en el supermercado de frutas, todo lo que no venden. ¡Llueve Dios!»
Los molinos de Dios
«Cuando empezamos nuestra aventura quijotesca y humana, pregunté a las audaces fundadoras: ¿Cuánto dinero tenemos? Contestaron: ¡Nada! Pensé en san Cottolengo. Una vez, la Superiora de la casa de la Divina Providencia le dijo: Padre, sólo tenemos una lira. El santo cogió la lira y la tiró al jardín. Y dijo: Madre, hasta ahora confiábamos en una lira. Ahora, en algo más fuerte: en Dios». No obstante, el padre José Puig reconoce que, «a veces, soñamos con loterías, o epulones, o bancos que, de repente, nos dé unos miles de euros. Pero no nos olvidamos de un refrán ruso que dice que los molinos de Dios muelen despacio». Por eso, pide que, «si alguna vez le toca la lotería, una quiniela, o un epulón le lleva un fajo de euros, ya sabe dónde estamos. Échenos una mano; no las dos, seguimos creyendo que los molinos de Dios muelen despacio».