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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Siempre servir

9 de mayo de 2011
“Nada podemos dar a Dios que sea nuestro; pero si podemos darselo al prójimo\"

Son bastantes las referencias que el Señor nos hace en los Evangelios,… acerca del servicio a los demás. Quizás la frase más rotunda de Él, es aquella en la que el mismo se pone de ejemplo cuando les dijo a sus apóstoles: “Mas Jesús los llamó y dijo: "Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20,25-28).

 

            Y si la meta, consiste en que seamos capaces de imitar a Cristo, es claro que tenemos que servir, y no solo servir a regañadientes, sino tener verdaderos deseos de servir y servir con buenas ganas, con amplitud, con generosidad, pero no solo al Señor, que eso no tiene ningún género de duda, sino esencialmente en esta vida con el prójimo, y en especial con aquel que más gordo nos cae, pues el prójimo para nosotros, aunque nos caiga muy gordo, nos representa al Señor, servir al prójimo es servir al Señor. La madre Teresa de Calcuta decía: “Dios os bendiga, orad, trabajad por los más pobres; la oración limpia el corazón y un corazón limpio puede ver a Dios en cada persona que nos rodea; y si queremos ver a Dios en nuestro prójimo, lo amaremos y querremos servirle”.

 

            El dominico P. Garrigou-Lagrange, escribía, posiblemente desde el Angelicum de Roma de donde fue teólogo bastantes años: “Se ha señalado muchas veces: la santidad aparece bajo tres formas bastantes distintas, que corresponden a tres gracias predominantes, y que tienden acercarse, como caminos que, conducen a la cima de la montaña… responden a tres grandes deberes para con Dios: Conocerle. Amarle, y Servirle”.  Y este servicio al Señor, podemos realizarlo de dos distintas formas: A Él directamente y al prójimo, que para nosotros es como si le sirviésemos a Él.

 

            Porque a Dios, no podemos darle nada, que Él necesite de nosotros, pero al prójimo que para nosotros debe de ser como Él, sí que podemos darle y mucho, porque son muchos los que están más necesitados que nosotros mismos. En este sentido San Agustín decía: “Nada podemos dar a Dios que sea nuestro; pero si podemos darselo al prójimo. Dando al menesteroso grajearás para ti la abundancia”.  Y dar es servir, de la misma forma que servir es dar. Podemos dar bienes materiales que cubran las necesidades del prójimo y así estamos sirviendo al Señor, pero también nos podemos dar nosotros mismos, para servir al Señor, sirviendo a los demás.

 

            Hay almas que tienen una gran finura espiritual y tan claro lo tienen, lo que es el servicio a los demás, que hasta te dan las gracias por dejarte servir. Creo recordar que en una anterior glosa ya he contado esto, pero por si no lo hice, repito la historia. En un monasterio Jerónimo en España, cuando por primera vez, entre en la celda que el P. hospedero, me había fijado, en la parte trasera de la puerta de acceso, encontré una nota del Prior del monasterio, que decía: “El Señor te recompense la oportunidad que nos das, de servir en ti a Cristo”.

 

            Servir al Señor tendrá su recompensa. El mismo nos dejó dicho: “Si alguien me sirva que me siga, y donde Yo estoy allí también estará mi servidor; si alguien me sirve allí estará mi servidor” (Jn 12,26). Y desde luego que esto es aplicable no solo al servicio directo a Él, sino también al indirecto, como bien claramente lo expresó al hablar del juicio final y contestarle a los justos: “¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,38-40).

 

            El prestar servicio, es siempre una función del humilde y a sensu contrario, el que recibe el servicio y quiere ser servido es el soberbio. El humilde no ambiciona ser servido como tampoco el soberbio ambiciona humillarse sirviendo. Por ello la actitud del hombre frente al servicio, refleja mucho su estado de vida espiritual. Es propio de los humildes el servicio. María se fue a servir a Isabel durante tres meses y se admiró Isabel de que llegara María a visitarla, pero mucho más se admiraría al ver que no llegó para ser servida, sino para servirla.

           

            El servicio que nosotros prestemos, tiene que ser siempre dentro del contexto del amor, pues si nos falla el amor al Señor, de nada nos valdrán las posible maravillas filantrópicas que podamos realizar, estas obras, ejecutadas de espaldas al Señor, solo aprovechan a la vanidad del filántropo, pero no al amor a Dios. A este respecto tengamos en cuenta lo que San Juan de la Cruz escribía en su Cántico espiritual: “Nuestras obras y nuestros trabajos, aunque sean obras extraordinarias y trabajos descomunales, son nada delante de Dios. Porque ni los trabajos ni las obras consiguen llenar el deseo de Dios, que es hacer grande al alma. Además nada podemos añadir a Dios con nuestros trabajos. Lo que hace que el alma sea igual a Dios es el amor”.

 

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

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