«Dios está en la luz. Dios es luz y amor y eso es cuanto necesito y lo que trato de mostrar en mis obras»... «Pictóricamente me interesa, sobre todo, el ser humano. Quiero pintar el inagotable tema del hombre»... «Mi obra es un canto al dolor humano»: así declaraba la pintora, María Teresa Peña, en lo que consistía su quehacer artístico. El Museo Diocesano de Huelva, situado en la localidad de Moguer y ubicado en el conjunto arquitectónico del monasterio de Santa Clara, dentro de la antigua hospedería, acoge la exposición permanente Expresión de la búsqueda de Dios en el arte moderno, dedicada a su obra. A partir de las realidades humanas, cotidianas y contemporáneas, la artista realiza una apasionada búsqueda de Dios, mediante las parábolas y los gestos de Jesucristo.
ña (Burgos), donde pasó buena parte de su niñez y adolescencia. A los dieciocho años, llegó a Madrid para preparar su ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. En 1965, se alza con el Premio Roma, ganado por oposición y el reconocimiento artístico más cotizado, el cual llevaba consigo une beca para estudiar cuatro años en la Academia Española de Bellas Artes, en Roma. Posteriormente, realiza su trabajo entre Madrid y Bilbao. Pese al deterioro de su salud, continuó su intensidad creativa, y, junto a su único yerno, Juan Ramón, retornaron a sus orígenes: al valle del Mena, en la provincia de Burgos. Allí Teresa pasó los últimos años de su vida. A principios del 2002, la enfermedad que minaba su salud se agravó. El 25 de julio fallecía.
Entierro de Cristo:
La oscuridad de la muerte queda transfigurada por la espera en la Resurrección. El rostro de la Virgen María nos revela su corazón traspasado de dolor, por los sufrimientos de su Hijo, al tomar sobre sí todos nuestros pecados. Al fondo, apenas podemos reconocer la imagen del apóstol san Juan, intentando consolar a la Virgen María.
Jesús lleva la Cruz:
La autora realiza una interpretación del cuadro, con el mismo título, de El Bosco. Al rostro sereno, y abadonado en las manos de Dios, de Cristo y la Verónica, contemplando la imagen del Señor reflejada en su paño, se contraponen los rostros de los demás personajes. Éstos los tienen desencajados como espejo de almas entregadas a las pasiones más bajas.
Visitación:
En el saludo entre María e Isabel, expresado corporalmente en el abrazo, se produce una comunicación total entre ambas. En la escena, están condensados el momento en que Isabel exulta de gozo y cuando la Virgen entona el cántico del Magnificat, al cumplirse las promesas realizadas a Israel desde antiguo.
Santa Cena:
La escena gira en torno a la consagración del pan como Cuerpo de Cristo entregado por nosotros. Los apóstoles responden atentos, con gozo y profunda adoración. El predominio del rojo anticipa la posterior consagración del vino, convertido en la Sangre de Cristo, derramada por todos los hombres para el perdón de los pecados.
Maternidad:
La madre con sus manos abiertas abre la vida, manifestada en su hijo, a quien sostiene y transmite seguridad, con su actitud serena y firme. El niño, apoyado en su madre, da de comer a una paloma en la mano, su miedo inicial queda contrapuesto a la postura de su madre, quien le da su apoyo.
Piedad trinitaria:
La Virgen María abraza el cuerpo de Cristo, descendido de la cruz. La presencia trinitaria transfigura este momento de profundo dolor para la Madre, quien es consolada por el Espíritu Santo, tal como queda manifestado en su rostro sereno, al abandonarse a la voluntad del Padre.
Regreso del hijo pródigo:
La escena se centra en el encuentro del hijo, que regresa a la casa paterna. Sus compañeros exultan y corren a cogerle con los brazos abiertos. Paralelo a ellos está la paloma, símbolo del Espíritu Santo, y verdadero protagonista en la vuelta del hijo y en el gozo de los otros jóvenes. El hijo, aun ocultándose, también se muestra lleno de alegría.
Imágen : Entierro de Cristo. Para ver las otras muestras : http://www.alfayomega.es/Revista/2011/742/10_raices1.php