Lamentables las últimas imágenes de Gadafi. Ese ser humano era el opresor de un pueblo, responsable de acciones espantosas. Pero todo ser humano tiene derecho a un juicio justo. Todo ser humano tiene que poder sentarse frente a un juez imparcial, un juez libre, ecuánime. Todo ser humano tiene que tener derecho a escuchar las acusaciones que se hacen contra él y a poder defenderse.
La vida humana tiene un carácter sagrado, es algo que procede de Dios. Nosotros no somos dueños de la vida. De ahí, que la máxima pena debería ser la cadena perpetua, y no la ejecución. La privación de la libertad, sin ensañamiento alguno.
Este final de Gadafi y el final similar de tantos los gadafis del mundo no es algo de lo que alegrarse. Pero no podemos ver en su final un cierto recaer de sus propias acciones sobre su cabeza. Pedía clemencia, el que no tuvo clemencia. ¿Es que no tenéis clemencia?, preguntaba desesperado el que jamás mostró ninguna piedad con sus semejantes.
Pasó de los palacios del mundo entero a cobijarse en un agujero. Él que aplastó a un Pueblo, acabó en manos del Pueblo. Aquél que no dio el privilegio de un tribunal a sus opositores, acabó él mismo sin tribunal.
Hay una gran diferencia entre un hotel de cinco estrellas y una tubería de un colector de agua. Al que lo vimos cubierto de sus propias condecoraciones, lo vimos con la barriga al aire. Los efectos de sus propias acciones se desencadenaros sobre sí mismo. La represa de sus crueldades se desbordó arrastrándolo.
Sobre cada uno de nosotros existe una Justicia. El que no veamos la consumación de esa Justicia de un modo patente, no significa que no exista. Invisible o visible, patente u oculta, sobre cada ser humano, pende la Justicia. El que se consume de forma perfecta en el más allá, no significa que aquí en la tierra no nos alcance en un cierto grado.
Del Blog del P. Fortea-