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El Testigo Fiel
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Te amo Señor, mi fuerza

25 de octubre de 2011
“Te amo Señor, mi fuerza”. Dejémonos atraer por su ejemplo, dejémonos guiar por sus enseñanzas, para que toda nuestra existencia se convierta en testimonio del auténtico amor a Dios y al prójimo.

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 24 de octubre de 2011 (ZENIT.org).- A continuación les ofrecemos la homilía que el Santo Padre Benedicto XVI realizó con ocasión de la canonización de Guido María Conforti, Luigi Guanella y Bonifacia Rodríguez de Castro el pasado domingo.


* * * * *

¡Queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

queridos hermanos y hermanas!

Nuestra liturgia dominical se enriquece hoy por diversos motivos de agradecimiento y de súplica a Dios. Mientras que, de hecho, celebramos con toda la Iglesia la Jornada Mundial Misionera -cita anual que pretende renovar el impulso y el compromiso por la misión-, damos gracias al Señor por tres nuevos santos: el obispo Guido María Conforti, el sacerdote Luigi Guanella y la religiosa Bonifacia Rodríguez de Castro. Con alegría dirijo mi saludo a todos los presentes, en particular a las Delegaciones oficiales y a los numerosos peregrinos venidos para celebrar a estos tres ejemplares discípulos de Cristo.

La Palabra del Señor, que se ha escuchado antes en el Evangelio, nos ha recordado que toda la Ley divina se resume en el amor. El evangelista Mateo relata que los fariseos, después de que Jesús responda a los saduceos cerrándoles la boca, se reúnen para probarle (cfr 22,34-35). Uno de estos interlocutores, un doctor de la ley, le pregunta: “Maestro, en la ley ¿cuál es el mandamiento más importante?”(v. 36). A la pregunta, totalmente intencionada, Jesús responde con absoluta sencillez: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer y más importante de los mandamientos”(vv. 37-38). En efecto, la exigencia principal para cada uno de nosotros es que Dios esté presente en nuestra vida. Él debe, como dice la Escritura, penetrar todos los estratos de nuestro ser y colmarlos plenamente: el corazón debe conocerlo a Él y debe dejarse tocar por Él; así también el alma, las energías de nuestra voluntad y decisión, así como también la inteligencia y el pensamiento. Es un poder decir como San Pablo: “no vivo sólo yo, sino que Cristo vive en mí”(Gal 1,20).

Justo después, Jesús añade algo, que en verdad, no lo había preguntado el doctor de la ley: “El segundo es igual a este: Ama a tu prójimo como a ti mismo”(v. 39). Declarando que el segundo mandamiento es similar al primero, Jesús deja entender que la caridad hacia el prójimo es tan importante como el amor a Dios. De hecho, el signo visible con el que el cristiano puede mostrar al mundo el amor a Dios, es el amor a los hermanos. ¡Qué providencial resulta ahora el hecho de que justo hoy la Iglesia presente a todos sus miembros, tres nuevos santos que se dejaron transformar por la caridad divina y de ella haya recibido la impronta toda su existencia. En distintas situaciones y con distintos carismas, ellos amaron al Señor con todo el corazón y al prójimo como a sí mismos “de manera que se convierten en modelo para todos los creyentes” (1Ts 1,7).

El Salmo 17, poco antes proclamado, invita a abandonarse con confianza en las manos del Señor, que es “fiel a su consagrado” (v. 51). Este comportamiento interior guió la vida y el ministerio de san Guido María Conforti. Incluso desde que era joven, tuvo que superar la oposición del padre para entrar en el seminario, donde dio pruebas de tener un carácter decidido en el seguimiento de la voluntad de Dios, en el corresponder en todo a aquella caritas Christi que en la contemplación del Crucifijo, lo atraía a sí. Sintió fuertemente la urgencia de anunciar este amor a todos los que no habían recibido este anuncio y el lema “Caritas Christi urget nos” (cfr 2Cor 5,14) sintetiza el programa del Instituto Misionero, al que, apenas con treinta años, dio vida: una familia religiosa puesta enteramente al servicio de la evangelización, bajo el patrocinio del gran apóstol de Oriente, San Francisco Javier. Este empuje apostólico de San Guido María, fue llamado a vivirlo en el ministerio episcopal, primero en Rávena y después en Parma, donde se dedicó, con todas sus fuerzas, al bien de las almas que se le confiaron, sobre todo de las que se habían alejado del camino del Señor.

Su vida estuvo marcada por numerosas pruebas, muchas de ellas graves. Él supo aceptar todas las situaciones docilidad, acogiéndolas como indicación del camino marcado para él por la divina Providencia; en toda circunstancia, también en las derrotas más mortificantes, supo reconocer el diseño de Dios, que lo guiaba a edificar su Reino sobre todo en la renuncia de sí mismo y en la aceptación cotidiana de su voluntad, con un abandono confiado cada vez más pleno. Él, en primer lugar, experimentó y testificó lo que enseñaba a sus misioneros, que la perfección consiste en hacer la voluntad de Dios, siguiendo el modelo de Jesús Crucificado. San Guido María Conforti tuvo su mirada interior fija en la Cruz, que dulcemente lo atraía a sí; en esta contemplación veía abrirse el horizonte entero, donde surgía el “urgente” deseo, escondido en el corazón de todo hombre, de recibir y acoger el anuncio del único amor que salva.

El testimonio humano y espiritual de San Luigi Guanella es para toda la Iglesia un particular don de gracia. Durante su existencia terreno, vivió con coraje y determinación el Evangelio de la Caridad, el “gran mandamiento” que también hoy la Palabra de Dios ha recordado. Gracias a la profunda y continua comunión con Cristo, en la contemplación de su amor, el padre Guanella, guiado por la Providencia divina, se convirtió en compañero y maestro, consuelo y alivio de los más pobres y de los más débiles. El amor de Dios animaba en Él el deseo del bien por las personas que se le confiaron, en la realidad de la vivencia cotidiana. Dedicaba a todos una rápida atención, respetando sus tiempos de crecimiento y cultivando en el corazón la esperanza que todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, gustando la alegría de ser amado por Él – Padre de todos-, que puede obtener y dar a los demás lo mejor de uno mismo. Queremos hoy alabar y dar gracias al Señor porque en San Luigi Guanella nos ha dado un profeta y un apóstol de la caridad. En su testimonio, tan cargado de atención y de humanidad hacia los últimos, reconocemos un signo luminoso de la presencia y de la acción benéfica de Dios: el Dios -como se ha oído en la Primera Lectura- que defiende al forastero, a la viuda, al huérfano, al pobre que debe dar en prenda su propia capa, la única que tiene para cubrirse por la noche (cfr Ex 22,20-26). Que este nuevo Santo de la caridad sea, para todos, en particular para los miembros de las Congregaciones fundadas por él, modelo de profunda y fecunda síntesis entre la contemplación y la acción, así como él la vivió y la puso por obra. Toda su experiencia humana y espiritual la podemos resumir en las últimas palabras que pronunció en su lecho de muerte: “in caritate Christi”. Y el amor de Cristo que ilumina la vida de todo hombre, revelando como en el don de uno mismo al otro no se pierde nada, sino que se cumple verdaderamente nuestra felicidad. Que San Luigi Guanella nos regale crecer en la amistad con Dios, para promover la vida en todas sus manifestaciones y condiciones, y hacer que la sociedad humana se convierta cada vez más en la familia de los hijos de Dios.

En la segunda Lectura hemos escuchado un pasaje de la Primera Carta a los Tesalonicenses, un texto que usa la metáfora del trabajo manual para describir la labor evangelizadora y que, en cierto modo, puede aplicarse también a las virtudes de Santa Bonifacia Rodríguez de Castro. Cuando san Pablo escribe la carta, trabaja para ganarse el pan; parece evidente por el tono y los ejemplos empleados, que es en el taller donde él predica y encuentra sus primeros discípulos. Esta misma intuición movió a Santa Bonifacia, que desde el inicio supo aunar su seguimiento de Jesucristo con el esmerado trabajo cotidiano. Faenar, como había hecho desde pequeña, no era sólo un modo para no ser gravosa a nadie, sino que suponía también tener la libertad para realizar su propia vocación, y le daba al mismo tiempo la posibilidad de atraer y formar a otras mujeres, que en el obrador pueden encontrar a Dios y escuchar su llamada amorosa, discerniendo su propio proyecto de vida y capacitándose para llevarlo a cabo. Así nacen las Siervas de San José, en medio de la humildad y sencillez evangélica, que en el hogar de Nazaret se presenta como una escuela de vida cristiana. El Apóstol continúa diciendo en su carta que el amor que tiene a la comunidad es un esfuerzo, una fatiga, pues supone siempre imitar la entrega de Cristo por los hombres, no esperando nada ni buscando otra cosa que agradar a Dios. Madre Bonifacia, que se consagra con ilusión al apostolado y comienza a obtener los primeros frutos de sus afanes, vive también esta experiencia de abandono, de rechazo precisamente de sus discípulas, y en ello aprende una nueva dimensión del seguimiento de Cristo: la Cruz. Ella la asume con el aguante que da la esperanza, ofreciendo su vida por la unidad de la obra nacida de sus manos. La nueva Santa se nos presenta como un modelo acabado en el que resuena el trabajo de Dios, un eco que llama a sus hijas, las Siervas de San José, y también a todos nosotros, a acoger su testimonio con la alegría del Espíritu Santo, sin temer la contrariedad, difundiendo en todas partes la Buena Noticia del Reino de los cielos. Nos encomendamos a su intercesión, y pedimos a Dios por todos los trabajadores, sobre todo por los que desempeñan los oficios más modestos y en ocasiones no suficientemente valorados, para que, en medio de su quehacer diario, descubran la mano amiga de Dios y den testimonio de su amor, transformando su cansancio en un canto de alabanza al Creador.

“Te amo Señor, mi fuerza”. Así, queridos hermanos y hermanas, hemos aclamado con el Salmo responsorial. De tal amor apasionado son signo elocuente estos tres nuevos santos. Dejémonos atraer por su ejemplo, dejémonos guiar por sus enseñanzas, para que toda nuestra existencia se convierta en testimonio del auténtico amor a Dios y al prójimo.

Nos obtenga esta gracia la Virgen María, Reina de los Santos, y también la intercesión de San Guido María Conforti, San Luigi Guanella y Santa Bonifacia Rodríguez de Castro. Amén.

fuente: Zenit
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