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Esa deuda del Papa con Martini

18 de octubre de 2013
Un especialista en el pensamiento de Martini piensa el pontificado de Bergoglio a la luz de ideas sostenidas por Martini

El presente artículo salió publicado el 11 de octubre del corriente en Corriere della Sera, Italia; la traducción se publicó integra, aunque recontextualizada, en una recopilación de ideas acerca del Card. Martini por Sandro magister. No se reproduce el artículo de Magister, sino sólo el de Garzonio, «figura de relieve del laicado católico milanés, psicólogo y psicoterapeuta, editorialista del "Corriere della Sera", autor en el 2012 de la más importante biografía de Martini», como señala la propia nota de Magister. 



por Marco Garzonio

Hay sin duda una gran dosis de novedad en el papado de Jorge Mario Bergoglio. Pero el que ve solamente ese aspecto se equivoca respecto a él y a la Iglesia, pues aplica solamente categorías de tipo político o en todo caso cómodas, hijas de una cultura que acostumbra distinguir entre católicos "buenos", abiertos a la modernidad, y católicos atados a tradiciones, ritos y poderes.

Las declaraciones de Francisco dadas a conocer por Eugenio Scalfari se leen en clave de un hombre de Dios que se ha impuesto una tarea que sabe que es audaz: transformar en fuego crepitante las brasas que se conservan sepultadas bajo una pesada capa de cenizas, la cual ha logrado, también en tiempos recientes, sofocar toda inspiración vital, antes que promover impulsos reformadores. Pero son brasas vivas.

Algunos ejemplos los ha ofrecido el mismo Papa. Citó dos veces a Carlo Maria Martini. Es ya un bello reconocimiento para el cardenal desaparecido hace poco más de un año encontrarse en una galería que va desde Francisco de Asís a san Agustín, de san Pablo a san Ignacio.

Para quien fue arzobispo de Milán durante más de veinte años muy difíciles, Francisco expresa públicamente una deuda de reconocimiento extraordinario: haber indicado durante años a los pontífices entonces reinantes, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, el modelo de una Iglesia "sinodal", es decir, una institución en la que el Papa gobierna no como monarca absoluto, sino para “servir”, ayudado por obispos y cardenales.

Al escuchar a éstos y al poder contar con su aporte, el Papa se convierte efectivamente en jefe de toda la Iglesia, porque toma en cuenta las voces de otros continentes, otras necesidades, otras preocupaciones, respecto a ese Vaticano replegado sobre sí mismo y sobre la gestión.

Y como obispo de Roma, sin pretensiones hegemónicas ni de proselitismos ("una solemne necedad", dice Bergoglio), allana la vía del ecumenismo y del diálogo interreligioso, sobre los cuales Martini centró su episcopado, obteniendo más de un reproche oficial en cuanto poco atento, precisamente, al proselitismo.

Cuando Martini, en 1981, como balance del primer año de episcopado y también de los contactos con la Conferencia Episcopal Italiana y la Santa Sede, comenzó a hablar de "Iglesia sinodal", debió presentar su intuición personal y la vía de desarrollo de la Iglesia bajo la categoría de “sueño”.

Como hombre de fe y persona realista, además de prudente jesuita, había entendido que sus argumentos no constituían una materia grata para los funcionarios de la cúspide. Presentó sus ideas como meta quizás lejana, pero no calló. Y pagó personalmente por ello.

También debió hablar de “sueño” casi veinte años después, con amargura y desilusión en los umbrales del nuevo milenio, cuando creció la decadencia de las fuerzas de Wojtyla y aumentó el poder de la “corte”, como llama hoy Bergoglio a quienes están alrededor del pontífice. Tampoco fue comprendido por algunos, fue enfrentado por la mayoría, por los mismos hermanos obispos y cardenales reunidos en ese sínodo de 1999.

Martini creía y jamás renunció al “sueño” que ahora Bergoglio intenta hacer avanzar para que se transforme en realidad.

En la entrevista del 8 de agosto de 2012, publicada el 1° de setiembre en el "Corriere della Sera", día posterior a su fallecimiento, con el tono grave del legado testamentario y de la exhortación profética, Martini señaló también la vía práctica: el Papa se rodeó de doce obispos y cardenales porque quiso que la barca de Pedro no se hundiera por las oleadas internas y por una sociedad que no les cree más, como si lo hacía doscientos años atrás, en temas como la familia, los jóvenes, el rol de la mujer (tema, éste, sobre el cual el papa Francisco ha prometido hablar también). 

Martini mantuvo firme el timón hasta el final. Y para dar todavía carácter más incisivo y altura a lo que había dicho precisó que no soñaba más “sobre” la Iglesia, sino que rezaba “por” la Iglesia. 

Las oraciones deben haber golpeado muy alto si el cónclave, hace seis meses, eligió a Bergoglio y él aceptó luego de una crisis casi mística.

Pero es cierto que si Francisco retoma esos temas y expresa un reconocimiento público a quien lo ha inspirado es porque Martini no estaba entonces tan solo y aislado como mucha publicidad católica buscó hacer creer durante años.

Como desmentida de la opinión pública oficial, hecha filtrar por los funcionarios más encumbrados de la Santa Sede y de la Conferencia Episcopal Italiana, y por un cierto maniqueísmo laico al que siempre le agrada señalar un Martini “contra” el Papa, la doctrina y el magisterio, un gran río subterráneo fluía bajo los sagrarios, los altares y los palacios sagrados. 

Eran esos obispos y esos sacerdotes, esos laicos y esos dirigentes o voluntarios de movimientos, para quienes no había que temer en absoluto que la Iglesia perdiera poder temporal.

A partir del congreso eclesial de Loreto, celebrado en el año 1985, presidido por Martini (y también antes de ese el de Roma, del año 1976, con Martini, Giuseppe Lazzati y jesuitas como el padre Bartolomeo Sorge), fueron muchos los que se reconocieron en la imagen de una Iglesia que, además de sinodal, fuera pobre entre los pobres, inspirada en el evangelio de las bienaventuranzas, levadura y grano de mostaza.

  

Por parte de un componente de la jerarquía se intentó la oposición a ese recorrido y recuperar así la gestión directa ("clerical" la llama ahora Bergoglio) del poder y de las relaciones con la política, en el momento que llegó a su final el partido de la Democracia Cristiana y se produjo la diáspora política de los católicos, en abierto disenso con Martini quien, por el contrario, pensaba que el alejamiento de los católicos respecto al poder serviría para “purificación”.

Francisco parte también desde allí, ciertamente con las declaraciones a los diarios, pero también con actos de gobierno internos (Secretaría de Estado, IOR, el grupo de los ocho cardenales) y los dirigidos a la Conferencia Episcopal Italiana. Se encamina efectivamente hacia ello la elección del presidente de los obispos italianos por parte de los mismos obispos, con mayorías y minorías, con legitimación del debate y de posiciones diferentes, ya no con designaciones oficiales y gestión autocrática.

Por cierto, se prepara para ser una Iglesia distinta la que Francisco delinea y que ya se entrevé. Pero si será verdaderamente así, también a la cultura laica le tocará efectuar un poco de autocrítica.

Tomemos un ejemplo. Bergoglio le dijo a Scalfari: " Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios". En el año 2007, Martini dijo en el libro-entrevista "Conversaciones nocturnas en Jerusalén": "No puedo afirmar que Dios sea católico. Dios está más allá de los límites y de las definiciones que nosotros establecemos". Muchos se rasgaron las vestiduras. En el mundo católico a algunos les pareció casi una blasfemia. Pero también entre los laicos se sobresaltaron muchos. Por ese libro Martini fue atacado también en el interior del grupo editorial de L’Espresso, el grupo de Scalfari. No fue la primera vez ni la última.

Por eso, el trabajo que hay que llevar a cabo es mucho si se apuesta verdaderamente a una sociedad y a una política en la que cada uno pueda dar su propia contribución de aquello que puede y sabe. Con honestidad y coherencia, dispuesto a meterse en discusiones.

Entonces el asombro y la admiración por el Papa serán auténticos y se lo ayudará en las reformas, en cuanto obispo de Roma, tal como él tiende a resaltar, pastor de un pueblo entero que camina con él.

Exaltarlo demasiado corre el riesgo de distanciarlo de ese pueblo que en gran parte ya estaba cercano a sus ideas y lo esperaba. Y corre el riesgo también de dañar su obra. 

fuente: Thomas Merton
Comentarios
por Jorge (i) (213.37.158.---) - sábado , 19-oct-2013, 3:59:38
Este artículo ha supuesto una alegría para mi, ya que siento una profunda admiración por Carlo Maria Martini, pues es mucho lo que mi fe les debe a sus extraordinarios libros de exégesis bíblica. El trato que recibió a raíz sobre todo de su libro "Coloquios..." fue profundamente injusto y cruel (fue tachado de hereje por muchos). Me alegraría mucho que su denostada figura fuera rehabilitada.
Curiosamente este artículo me ha hecho reír, pues resulta que muchos de los que arremetieron contra Martini, son los mismos que defienden la actuación y las palabras del Papa Francisco, cosa de la cual me alegro, pero que resulta cuanto menos curiosa.
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