23/03/05 (La Razón) La previsión del fin del camino nos empuja a vencer el cansancio del peregrinaje. Pero no hablamos ahora del fin glorioso del mundo, ni del fin ideal como utopía. Hablamos del fin del camino que hemos ido haciendo en el seguimiento cuaresmal de Cristo. Y este fin es muy especial, pues se realiza la noche brillante de pascua. Noche oscura y esplendorosa, noche de tinieblas y claridad.
Quiero decir que, antes de llegar a la luz, nos debemos introducir en la tiniebla más tupida. Y ello nos da mucho miedo. La segunda vez que Jesús, en camino, más cerca ya de Jerusalén, habló del fin que le esperaba, sus discípulos quedaron mudos de miedo: dice el Evangelio que «no entendían, pero les daba miedo hacerle preguntas» (Mc 9, 32)... No fuese que todavía se lo explicase más. Es decir, que lo entendían bastante bien.
No nos deben dar miedo las noches oscuras de la vida. Los psicólogos nos pueden aconsejar que huyamos de ellas o que compensemos el sufrimiento con satisfacciones. Pero la mejor «terapia» es atravesarlas fiándonos del amor que nos acompaña: el del amigo y abanderado que hace y ha hecho el mismo camino. Cada uno sabe cuales son sus noches más oscuras y las salidas falsas que con frecuencia ha practicado.
De todos modos, no nos preocupe otra cosa que continuar amando: el amor transforma cualquier cruz en oblación fecunda de sí mismo.
Hasta la oblación de uno mismo llega el camino que pueden hacer nuestros pasos. En el preciso instante en el que nos hayamos entregado, el Espíritu hará en nosotros el último paso. Solo Él lo puede hacer, no está en nuestras manos, pero seguro que lo hará. Lo sabemos porque así actuó con nuestro compañero y abanderado; con Él el primero, pensando que detrás venían los que de lejos, entre fracasos y tropiezos, intentamos seguir sus pasos.
Este momento maravilloso se llama resurrección. Un acontecimiento del cual todavía no podemos disfrutar totalmente. Pero la alegría serena y la paz, que son sus compañeras inseparables, constituyen sus señas de identidad. Se puede divisar por donde va la felicidad; y (lo que es todavía más importante) como vale la pena seguir día tras día este camino; y como son ya felices los que no se paran; y que descanso es para el caminante contemplar el horizonte de luz donde ya está aquél compañero que, por amor, lo llamó y lo comprometió en esta aventura de la vida.
Y aquellos labios mudos por el miedo se abran en un estallido de alabanza.