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El Testigo Fiel
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Documentación: Misericordia, Dios mío
Salmo 51 (50)
Este salmo de penitencia continúa el precedente, que trataba de una discusión judicial entre Dios y el pueblo en la que Dios no actuaba como juez sino como parte frente al pueblo, y adquiere todo su valor como segunda parte [...]

de un acto religioso. Cuando Dios mismo acusa y nos pone delante los pecados, el hombre sólo puede reconocerse culpable; pero puede apelar a la "misericordia" de Dios. De este modo se consuma la "justicia", la "salvación" que se iba preparando en el salmo anterior. El hombre, ante Dios, tiene que reconocer su propia "injusticia" e invocar la misericordia; entonces Dios le da su propia justicia, lo "justi-fica", lo hace justo, que es lo mismo que salvarlo. Éste es el gran juicio de Dios, juicio que comienza acusando, obligando al hombre a una especie de muerte o sacrificio espiritual, para salvarlo desde esa profundidad. [L. Alonso Schökel]



Partes de esta serie: «El Dios de la historia» · Salmo 51 (50)

1 Del maestro de coro. Salmo. De David.

2 Cuando el profeta Natán le visitó después que aquél se había unido a Betsabé.]

3 Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

4 lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

5 Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado:

6 contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio resultarás inocente.

7 Mira, en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

8 Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

9 Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

10 Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

11 Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.

12 Oh Dios, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

13 no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

14 Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso:

15 enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

16 Líbrame de la sangre, oh Dios,

Dios, Salvador mío,

y cantará mi lengua tu justicia.

17 Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.

18 Los sacrificios no te satisfacen:

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

19 Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;

un corazón quebrantado y humillado,

tú no lo desprecias.

20 Señor, por tu bondad, favorece a Sión,

reconstruye las murallas de Jerusalén:

21 entonces aceptarás los sacrificios rituales,

ofrendas y holocaustos,

sobre tu altar se inmolarán novillos.

Partes de esta serie: «El Dios de la historia» · Salmo 51 (50)
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