ñoranza del templo del Señor
2¡Qué deseables son tus moradas,
Señor de los ejércitos!
3Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo.
4Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío.
5Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
6Dichosos los que encuentran en ti su fuerza
al preparar su peregrinación:
7cuando atraviesan áridos valles,
los convierten en oasis,
como si la lluvia temprana
los cubriera de bendiciones;
8caminan de baluarte en baluarte
hasta ver a Dios en Sión.
9Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;
atiéndeme, Dios de Jacob.
10Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,
mira el rostro de tu Ungido.
11Vale más un día en tus atrios
que mil en mi casa,
y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir con los malvados.
12Porque el Señor es sol y escudo,
él da la gracia y la gloria;
el Señor no niega sus bienes
a los de conducta intachable.
13¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre
que confía en ti!