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El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
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Documentación: Añoranza del templo
Salmo 84 (83)
Hoy empezamos nuestro nuevo día con un antiguo canto procesional de Israel que, en un ambiente de renovación postexílica, se dispone al retorno a su tierra, mientras soñaba en el nuevo templo: ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los [...]

ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor,
después que de ellos ha vivido tanto tiempo alejado en el destierro. Será necesario preparar una larga y penosa peregrinación, pero no importa, cuando atravesemos áridos valles, la esperanza de volver a Jerusalén los convertirá en oasis y, con pie firme, sin titubear ante la dificultad, caminaremos de baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión.
Este salmo fue repetido después por Israel como canto de peregrinación en sus fiestas anuales cada vez que subía al templo. El Espíritu quiso que este salmo quedara cristalizado en la Escritura, para acompañar también la peregrinación del nuevo Israel, que camina hacia el reino. También nosotros, peregrinando, deseamos la Jerusalén definitiva, donde contemplaremos al Dios vivo, y envidiamos a los que llegaron ya al término de su peregrinación: Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Pero, también, dichosos nosotros, que, preparando nuestra peregrinación, vivimos alegres en la esperanza y, cuando atravesamos áridos valles de dificultades, los convertimos en oasis; teniendo a Dios como sol y escudo que nos protege, caminamos, con esperanza firme, de baluarte en baluarte hasta que veamos a Dios en Sión.
Empezamos ahora un nuevo día, iniciamos una nueva etapa de nuestra peregrinación. Que la esperanza que nos insinúa este salmo convierta en oasis las posibles dificultades de nuestra jornada.
Oración I: A tus fieles, Señor, a quienes has dado a conocer tu ley, concédeles también tu bendición abundante: que, caminando durante la vida de baluarte en baluarte, pasemos de este valle de lágrimas a tu Jerusalén celeste y lleguemos hasta ti cargados de aquel fruto que tú mismo has sembrado en nuestros corazones. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración II: Señor de los ejércitos, Dios de Jacob, que has atendido la oración de tu Ungido y le has dado el gozo de vivir para siempre en tu casa, ayúdanos a amar a tu Iglesia, que peregrina caminando hacia ti: que pueda presentar en tu altar su sacrificio de alabanza, que, caminando de baluarte en baluarte, llegue felizmente a tus atrios, y allí pueda cantar tu alabanza eternamente. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]



Partes de esta serie: El pecado original, el gran desconocido · Salmo 84 (83)

ñoranza del templo del Señor

2¡Qué deseables son tus moradas,

Señor de los ejércitos!

3Mi alma se consume y anhela

los atrios del Señor,

mi corazón y mi carne

retozan por el Dios vivo.

4Hasta el gorrión ha encontrado una casa;

la golondrina, un nido

donde colocar sus polluelos:

tus altares, Señor de los ejércitos,

Rey mío y Dios mío.

5Dichosos los que viven en tu casa,

alabándote siempre.

6Dichosos los que encuentran en ti su fuerza

al preparar su peregrinación:

7cuando atraviesan áridos valles,

los convierten en oasis,

como si la lluvia temprana

los cubriera de bendiciones;

8caminan de baluarte en baluarte

hasta ver a Dios en Sión.

9Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;

atiéndeme, Dios de Jacob.

10Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,

mira el rostro de tu Ungido.

11Vale más un día en tus atrios

que mil en mi casa,

y prefiero el umbral de la casa de Dios

a vivir con los malvados.

12Porque el Señor es sol y escudo,

él da la gracia y la gloria;

el Señor no niega sus bienes

a los de conducta intachable.

13¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre

que confía en ti!

Partes de esta serie: El pecado original, el gran desconocido · Salmo 84 (83)
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