En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya [...]
para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fuertes, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): "Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El Señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección".
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia: el propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22,44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2,34-35; Rm 8,34; etc.); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de Cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobrados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: "Haré de tus enemigos -la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies". "Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos -que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva" (1 Pe 1,3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.
Es recomendable que este salmo sea proclamado en forma dialogada, a la manera del relato de la pasión en los días de Semana santa. En este diálogo deberían intervenir "el cronista", "Dios" y "el pueblo"; este último, representado por toda la asamblea, debería hacer (si es posible, con canto) las aclamaciones del pueblo al nueva rey. De este modo, se facilita una oración contemplativa de la victoria pascual de Cristo.
Oración I: Señor Jesucristo, hijo de David, tú que, después de haber sometido en la gran batalla de tu pasión a todos tus enemigos, has resucitado y estás sentado a la derecha del Padre como rey vencedor y sacerdote eterno, intercede siempre por nosotros, para que un día, hechos semejantes a ti, podamos poner también nosotros como estrado de nuestros pies a nuestros enemigos, el pecado y la muerte. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Oración II: Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]