Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí [...]
en tristeza y angustia. Pero el enfermo autor de nuestro salmo fue salvado de su enfermedad: Estando yo sin fuerzas me salvó, arrancó mi alma de la muerte. Por ello el salmo no sólo describe los dolores de la pasión, sino también el triunfo de la resurrección; es decir, todo el misterio pascual que hoy, como cada viernes, empezamos y que, con todos los cristianos, culminaremos el domingo. Si el salmista, refiriéndose a su curación, pudo decir: Arrancó mi alma de la muerte, esta expresión resulta aún más real en labios de Jesús salido del sepulcro. Por esto este salmo -como, por otra parte, todas las prácticas penitenciales de los viernes- inaugura ya nuestra celebración semanal del misterio pascual que culminará el domingo.
Pero este salmo no solamente nos lleva a la contemplación del misterio de Cristo, sino que nos habla también de nuestra participación en el mismo. También el cuerpo de Cristo, que somos nosotros, sufre y será liberado. Mas no sólo el cuerpo de Cristo, sino incluso la humanidad entera, participan de este sufrimiento y de esta liberación. Diversas son las tribulaciones de cada uno de los hombres y cada uno de ellos puede aplicar a sus propias vivencias las palabras del salmo: Me envolvían redes de muerte, caí en tristeza y angustia; diversas también serán las liberaciones de Dios y cada uno habrá experimentado las suyas. Pero todos, a través de los propios sufrimientos y mediante sus diversas liberaciones, nos encaminamos a la liberación final y escatológica que nos hará participar de la victoria de Cristo y de su vida definitiva: Caminaré, finalmente, en presencia del Señor en el país de la vida. Que ésta sea nuestra firme esperanza.
Oración I: Dios de poder y misericordia, que, por la muerte y resurrección de tu Hijo, nos has dado la esperanza de escapar de las redes de la muerte y de los lazos del abismo; arranca nuestras almas de la muerte, nuestros ojos de las lágrimas, nuestros pies de la caída, para que podamos caminar en tu presencia en el país de la vida. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración II: Míranos, Señor, envueltos, con frecuencia, en redes de muerte y caídos en tristeza y angustia, y contempla en nosotros el rostro de tu Hijo doliente; tú, que eres benigno y justo, arranca nuestros pies de la caída y haz que, a través de las dificultades de nuestra peregrinación, caminemos en tu presencia, invocando sin cesar tu nombre, hasta llegar al país de la vida. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]