El salmo 115 es propiamente la continuación del salmo 114. Es la oración del enfermo que, "envuelto en redes de muerte y caído en tristeza y angustia, invocó el nombre del Señor" y pudo ver cómo "el Señor arrancó su [...]
alma de la muerte" (Sal 114,2-3. 8). En la parte del salmo que vamos a rezar hoy, el salmista da gracias a Dios por la curación y se dispone a celebrar, con el pueblo de Dios congregado, una libación eucarística: Alzaré la copa de la salvación, en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor.
Si la primera parte del salmo 116 hebreo (nuestro salmo 114), recitada en el viernes, nos llevaba a la contemplación de la primera faceta del misterio pascual de Cristo, su muerte en la cruz, de la que manó la vida y la resurrección, esta segunda parte del mismo salmo (nuestro salmo 115), recitada al empezar el domingo, nos lleva a la contemplación de la segunda faceta del mismo misterio pascual, la vida que brota de la muerte. Sí, aunque el Señor permita los sufrimientos del justo -de Cristo y de todos los que como él padecen en este mundo-, estos dolores, incluso la misma muerte, no son unos sufrimientos definitivos ni una muerte para siempre. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles, para permitir que sea definitiva. "Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera" (Sb 1,13-14); por ello determinó que la muerte fuera destruida por la resurrección de su Hijo. Empecemos, pues, este domingo con este salmo de acción de gracias, y que este texto nos prepare ya para la gran eucaristía que, con todos los cristianos, celebraremos unidos al Señor en este domingo. Porque Dios "nos arrancó de la muerte" (Sal 114,8) rompiendo sus cadenas, ofreceremos un sacrificio de alabanza, en presencia de todo el pueblo.
Oración I: Padre admirable, Dios nuestro, que, con la muerte y la resurrección de tu Hijo Jesucristo, nos has llenado de esperanza, haz que nuestra existencia sea una continua acción de gracias, para que todos los hombres puedan llegar a conocerte y glorificarte, hasta alcanzar la plenitud de tu amor y de tu vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración II: Te ofrecemos, Señor, nuestro sacrificio de alabanza, porque en la resurrección de tu Hijo nos has arrancado de la muerte y has roto sus cadenas; haz que, en este domingo, alcemos la copa de salvación, dándote gracias e invocando tu nombre en presencia de todo el pueblo y proclamando que tú eres el Dios de la vida y no te recreas en la destrucción de los vivientes; por ello mucho te costaría la muerte de tus fieles para dejarlos definitivamente en el sepulcro. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]