A la comunidad judía le cuesta reinstalarse en Israel después del destierro de Babilonia; pero, pese a las dificultades, los corazones se llenan de alegría al retorno de los primeros repatriados: Cuando el Señor cambió la suerte de Sión y [...]
nos hizo pasar del destierro a Israel, nos parecía soñar. Pero a la alegría del retorno hay que unir la súplica por una restauración más plena, hay que pensar en los que aún están cautivos en la lejana Babilonia: Que el Señor cambie nuestra suerte y nos dé la liberación total.
En labios cristianos este salmo debe ser la oración escatológica de un pueblo que, aunque sufre aún en el destierro y está lejos del reino, se sabe ya salvado. Por la resurrección de Cristo -el primer hombre repatriado-, el Señor ha cambiado la suerte de Sión; pensar en el triunfo del hombre, tal como resplandece en la carne del Resucitado, nos parece un sueño, casi no podemos creer tanta felicidad..., pero es ya realidad; el Señor ha estado grande con nosotros realmente. Pero a la alegría del "ya ahora estamos salvados" hay que unir la súplica ferviente por una salvación y liberación total que abarque a toda la humanidad: Que el Señor cambie nuestra suerte, la suerte de la humanidad esclava aún, la de los hombres que viven sin esperanza. Y que el pensamiento de que a los dolores sigue la alegría nos haga siempre "alegres en la esperanza".
En la celebración comunitaria, es recomendable que este salmo sea, en algunas ocasiones, proclamado por un salmista; si no es posible cantar la antífona propia, la asamblea puede acompañar el salmo cantando las antífonas "Los confines de la tierra han contemplado" o bien "¡Qué alegría, cuando me dijeron!".
Oración I: Señor, cambia la suerte de tu Iglesia, que, peregrina en la tierra, va sembrando con lágrimas; haz que el gran día de la siega universal podamos volver cantando, trayendo las gavillas, fruto de nuestro esfuerzo, y, con nuestra lengua llena de cantares, aclamar que tú has sido grande con nosotros. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración II: Tú, Señor, has estado grande con tu Hijo cuando lo arrancaste del poder de la muerte; renueva, pues, tus antiguas maravillas en bien de la Iglesia: aleja de ella toda suerte de esclavitud y haz que, después de haber llorado con Cristo, participando de su pasión, experimente también como él el gozo de una abundante cosecha. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]