Para comprender el significado espiritual del salmo 126 puede ayudar mucho conocer su contexto histórico. Nuestro salmista vive en medio de las gravísimas dificultades del tiempo de la restauración después del destierro; se intenta reconstruir el templo, las murallas y [...]
la ciudad, pero las gentes que ocuparon Palestina durante el destierro lo impiden. Por ello, al mismo tiempo que se reconstruye, es necesario luchar contra los que se oponen a la reconstrucción. Es necesario, como lo dice el salmo 149, "que los fieles canten jubilosos, con vítores en la boca" (vv. 5-6), dando gracias a Dios por el retorno, que, con su trabajo, reconstruyan el templo y que, al mismo tiempo, tengan "espadas de dos filos en las manos" (v. 6) para defender a los constructores. Es, pues, en este contexto de vigilancia, de reconstrucción y de trabajo duro en medio de enemigos, que Israel debe recordar que en vano se cansan los albañiles, en vano vigilan los centinelas, si Dios no colabora, si no es el mismo Señor quien construye la casa y guarda la ciudad.
Las dificultades para construir la ciudad eterna y nuestra ciudad terrena son dificultades de todos los tiempos. Por eso, el salmo 126 es evocador de la actitud de todo el que se esfuerza en construir. Dichoso el hombre que, en su esfuerzo y en su trabajo, cree, como los israelitas que trabajan en reconstruir el templo, que los mejores resultados son más obra de Dios que del propio esfuerzo, como los hijos, que son una herencia que da el Señor. Que después de todos nuestros afanes, al final del día, sepamos descansar en Dios y colocar nuestras preocupaciones en su seno: Dios da el pan a sus amigos, incluso mientras duermen. "Sin el Señor no podemos hacer nada" (Jn 15,5); todos nosotros "somos edificio de Dios" (1 Cor 3,9), no simple edificio humano.
Es recomendable que este salmo sea, en algunas ocasiones, proclamado por un salmista; si no es posible cantar la antífona propia, la asamblea puede acompañar el salmo cantando las antífonas "Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti" o bien "Que el Señor nos construya la casa".
Oración I: Señor Dios, autor de todos los bienes, tú que has querido que, cuando un hombre echa simiente a la tierra, mientras duerme de noche y se levanta de mañana, la semilla germine y vaya creciendo, sin que él sepa cómo, haz que los que construyen tu Iglesia y los que vigilan la ciudad terrena confíen más en ti que en su propio esfuerzo y que, realizada la tarea que tienen asignada para cada día, crean que, incluso mientras duermen, tú procuras el pan necesario a tus amigos. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración II: Construye tú mismo, Señor, la casa que nosotros queremos construir en nosotros mismos; guarda tú la ciudad terrena, que nosotros quisiéramos guardar; que no nos resulte inútil madrugar ni velar hasta muy tarde, sino que, ayudados con tu auxilio, nos sintamos fuertes y no quedemos derrotados cuando litiguemos con nuestro adversario en la plaza. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]