El cántico que hoy usaremos en nuestra oración matutina forma parte de un oráculo más extenso (Ez 36-37), en el que se describe la salvación que Dios promete a Israel exiliado en Babilonia. El destierro está llegando ya a su [...]
término, y Dios se dispone a recoger a los israelitas de entre las naciones, para llevarlos de nuevo a su tierra. Pero antes del retorno ha de intervenir una solemne liturgia penitencial, porque el pueblo, con sus infidelidades, se ha manchado, y Palestina es la tierra santa de Yahvé. Por eso, Dios promete un agua purificante que, a la manera de las purificaciones rituales, renovará el corazón y el espíritu de los hijos de Israel: Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará.
El cántico de Ezequiel se realiza plenamente en el nuevo Israel de Dios. También nosotros y toda la comunidad eclesial hemos sido infieles, nos hemos mancillado con nuestras repetidas infidelidades. Pero Dios no nos abandona: él ha derramado sobre nosotros un agua pura y, en el bautismo, con la sangre de su Hijo, nos ha purificado de todas nuestras inmundicias. Y, junto con el perdón de nuestros pecados, "hemos recibido el Espíritu" (Hch 2, 38), como prometió Pedro a los que se bautizaron el día de Pentecostés. Así preparados, el Señor nos promete un nuevo éxodo hacia la Jerusalén definitiva y santa: Os recogeré de entre las naciones, y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; allí, cuando "el primer cielo y la primera tierra habrán pasado", en "la ciudad santa, la nueva Jerusalén" (Ap 21,1.2), seremos definitivamente su pueblo y él será nuestro Dios.
En la celebración comunitaria es recomendable que este cántico sea proclamado por un salmista; si no es posible cantar la antífona propia, la asamblea puede acompañar el cántico cantando alguna antífona que exprese la confianza en llegar a la Jerusalén definitiva o el deseo de renovación por el Espíritu o bien que celebre la dicha de la Jerusalén futura, por ejemplo: "Hija de Sión, alégrate", sólo la segunda estrofa (MD 606), "Hacia ti, morada santa" (MD 649) o bien "Danos, Señor, un corazón nuevo" (MD 971).
Oración I: Señor Dios, que, en el bautismo, has derramado sobre nosotros un agua pura, que nos ha purificado de todas nuestras inmundicias, y, en el sacramento de la plenitud cristiana, has infundido en nosotros un Espíritu nuevo, haz que nunca contristemos este Espíritu, sino que, guiados siempre por él, caminemos según tus preceptos; así un día mereceremos habitar en la tierra que prometiste a nuestros padres, y allí, en el gozo y la felicidad, nosotros seremos tu pueblo y tú serás nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Oración II: Dios y Padre nuestro, que, en el misterio pascual de la muerte y resurrección de tu Hijo, has dado cumplimiento a todas tus antiguas promesas, renueva hoy en favor de todos los creyentes las maravillas de la nueva alianza: derrama sobre todos los hombres el agua purificante del bautismo, infúndeles el Espíritu nuevo de tu Hijo, danos a todos un corazón de carne, semejante al de Cristo, y reúnenos a todos en aquella tierra que tú has preparado para tus hijos, donde tú serás nuestro Dios y nosotros tu pueblo por los siglos de los siglos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén. [Pedro Farnés]