"El que quiera seguirme -dijo Jesús a sus discípulos- que cargue con su cruz cada día y se venga conmigo" (Lc 9, 23). El cántico que en los domingos de Cuaresma concluye la salmodia de las II Vísperas quiere ser [...]
una respuesta de la comunidad cristiana a esta invitación de su Señor.
Literalmente, con el contenido de este texto se quiere alentar a los esclavos injustamente vejados por dueños crueles e injustos: si sufren sin haberlo merecido, que recuerden que los mismos castigos que a ellos les infligen -insultos, azotes, incluso la crucifixión-, como ellos y antes que ellos, los soportó el Señor.
Pero el Espíritu Santo ha querido que en los sufrimientos de estos esclavos del siglo I se reflejaran también todas las injusticias y los sufrimientos de los fieles de todos los tiempos, nuestros propios sufrimientos también. Y ha querido darnos la única respuesta válida, desde el punto de vista cristiano, ante el sufrimiento: la paciencia esperanzada. En efecto, la paciencia ante la tribulación es una de las enseñanzas más repetidas en la Escritura; por ello, hay que decir que para los seguidores de Cristo es válida también en nuestros días, aunque nuestro mundo respire sólo sublevación ante el sufrimiento, y violencia ante la violencia. El cristiano no puede ser hombre violento ni puede dar curso libre a la venganza ni tomarse la justicia por su mano, sino que debe presentar la mejilla izquierda al que le abofetee en la derecha y dar la capa al que quiera ponerle pleito para quitarle la túnica (cf. Mt 5,39-40). Si esta doctrina nos parece difícil, que nuestro cántico a Cristo sufriente nos ayude en estos domingos de Cuaresma, en los que con mayor asiduidad contemplamos su cruz.
Oración I: Danos tu fuerza, Padre santo, para seguir con fidelidad las huellas de tu Hijo para cargar cada día con su cruz y seguirlo, imitando los ejemplos de su pasión; aleja de nosotros todo espíritu de venganza y haz que sepamos amar a nuestros enemigos como Cristo, que, en la cruz, pidió perdón por los que lo maltrataban. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración I: Mira, Señor, el rostro escarnecido de tu Hijo amado, con su cuerpo atormentado por la violencia y su espíritu humillado por los insultos; que, alzado sobre la cruz, sea como un signo para tu Iglesia y un ejemplo para todo el mundo, contra odios y rencores, contra injusticias y opresiones; que él, que subió al leño a fin de que vivamos para la justicia, sea para todos esperanza de un mundo nuevo, sin rencores ni odios ni desamor. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]