nselmo de Aosta o de Cantorbery brilla como figura señera en la Iglesia del siglo XI. Nacido en 1033 en Aosta (Piamonte), es monje de san Benito en el monasterio de Santa María del Bec (Normandía) en 1060, en el que llega a ser prior en el año 1063; fue obispo de Cantorbery en 1093, donde, después de luchar y trabajar mucho, murió en 1109.
Prescindimos de su lucha por la libertad de la Iglesia, que le costó el exilio por dos veces, así como de su vida de monje, prior y abad de su monasterio. En todos esos lugares se distinguió por su virtud y prudencia exquisita, por su equilibrio, bondad y afabilidad. Los mil detalles de su santidad, los cuenta su discípulo y compañero de todos los viajes, Eadmero, en la vida que se puede leer, por ejemplo, en el volumen 82 de la BAC, primero de las obras de san Anselmo.
Aquí nos interesa más su pensamiento espiritual y teológico, como guía para las lecturas de la Liturgia de las Horas y de lecturas más amplias de su producción, si es que dicha pregustación abre el apetito.
En realidad fue el padre de la teología escolástica; su pensamiento, pionero de las nuevas tendencias, reasume todos los valores tradicionales y, mientras abre nuevos caminos a la especulación teológica, prepara el gran florecimiento monástico del siglo XII y teológico del XIII.
Su genio especulativo va acompañado de una gran claridad de exposición, de una unción convincente y persuasiva. El espíritu de oración anima la búsqueda de Dios de ese pensador que es un místico. Mantiene unidas la investigación racional y la experiencia de Dios, la tensión del trabajo y la fruición pacífica del orante.
Ha pasado a los manuales de historia como el maestro de un argumento discutible sobre la existencia de Dios: el argumento ontológico. En él nos dice que si podemos pensar un ser tan perfecto que no admite ni el pensamiento de otro superior, este es Dios y, por tanto, existe. Se le ha objetado que pasa indebidamente del orden ideal al real, etc. Aparte de lo que podamos pensar del tema, el hecho es una prueba más de su admiración, respeto y deseo de Dios, que reafirma el motivo básico de su esfuerzo teológico: ahondar la fe.
Siempre fiel a este lema: Fides quaerens intellectum, "la fe que busca inteligencia", se lanza a la especulación teológica. Él es un hombre de fe total, como el niño que nos pide ser el Evangelio, como el pobre de Yahveh; él cree sin sombra de duda. La fe es para él el trampolín; no busca entender, sino creer para entender. Es un apasionado de Dios y, cuando ya lo tiene por la fe, quiere ampliar el conocimiento para gozar más y más de su fe. ¿Qué significan, si no, frases como esta: "Señor, eres mi Dios, eres mi amor, y no te he visto nunca. Te buscaré con el deseo, te desearé con la búsqueda, te encontraré amándote, y te amaré encontrándote"? (Pros. 1). ¿Es un místico teólogo o un teólogo místico? Quizá nunca podremos establecer la prioridad, pero nadie podrá negar esa íntima relación. Su obra, en ocasiones muy parecida a la de san Agustín, cuyo magisterio acepta, lleno de respeto, es una gran contemplación. Muy a menudo incluso la forma literaria es la propia de una oración ininterrumpida en todo el libro.
De sus obras, citamos: el Monologion, primera obra dogmática de san Anselmo, escrita cuando era prior de Bec y que es un amplio tratado de Dios, que será completado con el Proslogion, la obra más famosa del santo. El Monologion y el Proslogion vienen a ser como el primer tratado sistemático de Dios Uno y Trino.
La lectura del viernes I de Adviento es el comienzo del Proslogion. Es un vuelo hacia Dios, un deseo de conocer y amar apasionadamente. Nos abre un camino seguro y directo hacia la unión con Dios. Difícilmente hallaríamos un texto más apropiado para ilustrar la tensión hacia Dios que el Adviento comporta.
Fragmentos de los capítulos 14,16 y 26 nos proporcionan la lectura de su memoria. Los conceptos son los mismos de la lectura anterior, pero aquí tienen una función biográfica. Conocermos mucho mejor a san Anselmo en esa lectura que en una historia coronológica. Nos pone al descubierto su alma deseosa de Dios.
Otra lectura es para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. San Anselmo sobresale como devoto de María. Profesó en un monasterio dedicado a ella, es decir, en Santa María del Bec. Escribió inspiradamente sobre temas marianos y no se puede construir una mariología sin recurrir a menudo a sus escritos. Intuyó la Concepción Inmaculada con frases tan expresivas como esta: "La Virgen María brilló con una pureza tal que, después de Dios, no se puede pensar nada más grande". La lectura corresponde a las Orationes sive meditationes (52), que son expansiones fervorosas de su vida de oración, comparables a las elevaciones de Bossuet o a las de santa Teresa de Ávila. La alabanza que hace de María, llena y exuberante de gracia, encaja perfectamente con la celebración de la Inmaculada. Él no podía hablar explícitamente de ese dogma, pero si la Virgen de la que habla no es inmaculada, ya no sabemos de quién ni de qué habla.
De los demás tratados teológicos o filosóficos de san Anselmo, recordaremos sólo algunos títulos: Epístola sobre la Encarnación del Verbo, ¿Por qué Dios se hizo hombre?, La concepción virginal y el pecado original, Sobre la verdad, etc. Importantísimo también es su rico epistolario.
J. F.