eda nació en Nortumbria (la actual Inglaterra) en el año 672 o en el 673 y murió en el 735; monje benedictino desde niño y presbítero a los 29 años, es considerado por algunos como el erudito más notable de la primera Edad Media. Él mismo resume su vida en esta frase: Aut discere aut docere aut scribere dulce habui: "mis delicias fueron aprender, enseñar o escribir".
Para el futuro renacimiento carolingio, Beda fue el modelo del sabio eclesiástico. El sínodo de Aquisgrán del año 836 lo calificó de venerabilis et modernis temporibus doctor admirabilis: "venerable y admirable doctor para los tiempos modernos", es decir, para los carolingios. De ahí le viene el apodo con que se le conoce: el Venerable.
Gramático (dejó varios tratados gramaticales y de arte métrica), naturalista (en el libro De natura rerum: sobre la naturaleza de las cosas, hace una descripción física del mundo), cronógrafo e historiador (se interesó por los tiempos desde el punto de vista matemático-físico y sobresalió especialmente como historiador, siendo, entre otras obras historiográficas y biográficas, la Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum su producción más importante), fue primordialmente un teólogo, comentador de la Biblia (sin embargo, algunos de los comentarios a los libros sagrados que llevan su nombre, no le pertenecen) y predicador que, con sencillez, supo hacer asequible al pueblo de Dios los tesoros de la Sagrada Escritura; y, poeta, supo expresar sus sentimientos religiosos en himnos (algunos himnos y muchas de las homilías que se le han atribuido tampoco son de él, como lo ha demostrado la crítica literaria de los últimos años).
Beda, como los escritores eclesiásticos de su tiempo y de la época carolingia, es tributario de los Padres de la Iglesia que le precedieron; pero su personalidad es demasiado fuerte para que lo podamos calificar de simple heredero y transmisor del patrimonio de la Iglesia antigua. Se inspira, ciertamente, en Agustín, Jerónimo, Gregorio Magno, Isidoro, Casiodoro y otros, pero su obra es muy original y personal.
Muy utilizado en el breviario anterior, el cual lo había heredado de los homiliarios medievales (estos recurrían a menudo a Beda, a causa de su estilo pastoral y asequible), san Beda no está tan bien representado en la actual Liturgia de las Horas. El Comentario al evangelio de san Lucas, que antes se leía muy a menudo en el Oficio divino, actualmente se lee una sola vez, el 22 de diciembre, como explanación del Magníficat. Es una muestra de exégesis literal, simple, más jeronimiana que ambrosiana, pero hay que tener en cuenta que el texto en cuestión, tal como nos lo presenta la Liturgia de las Horas, está resumido por haber sufrido mutilaciones.
Otro comentario al Magníficat lo proporciona la homilía de san Beda que leemos en la fiesta de la Visitación de María a Isabel, o sea, el día de la celebración del episodio de la Historia Sagrada en el que se originó el más bello de los himnos, el de la Virgen María. Al final de esa homilía hay, por parte del autor, una observación histórico-litúrgica relativa al canto del Magníficat, que es, además de interesante como documento, hermosa por el sentido general que confiere a ese cántico interpretado por nosotros, cristianos, todos los días en vísperas.
El comentario a la Primera epístola de san Pedro proporciona una lectura para el lunes III del tiempo pascual. Beda comenta la elección y el sacerdocio real de los cristianos, de que habla la Primera carta de san Pedro (2,9), como teniendo su fundamento en la fe, la cual hace a los hombres capaces de ofrecer a Dios la oblación pura de una vida santa en la expectación del reino eterno. La última parte de esa lectura viene a ser un recuerdo de la gran lección de exégesis que los cristianos reciben en la vigilia pascual, cuando la Iglesia, en la liturgia, enseña a comparar el Antiguo Testamento con el Nuevo.
El día de la Pasión de san Juan (29 de agosto) tenemos como lectura segunda unos fragmentos combinados de otra homilía de san Beda sobre el martirio del Precursor; aunque el orador encuadra bien el tema, está lejos de tener la fuerza que tenían las lecturas de san Ambrosio y de san Agustín (si es lícito hacer esta observación aquí) en las correspondientes lecturas del día en el breviario anterior a la reforma del Vaticano II.
Quizá tiene más fuerza san Beda cuando, en otra homilía, describe la vocación de Mateo, en la fiesta del apóstol y evangelista (21 de septiembre). No sólo tiene fuerza en la descripción, sino que el autor establece unos principios teológicos sustanciosos sobre la vocación y el inicio del apostolado del ex publicano.
A. O.