ara conocer la figura de san Benito disponemos de dos fuentes principales: la biografía escrita por el papa san Gregorio Magno (libro II de los Diálogos) y la propia Regla de san Benito. Aquí prescindiremos de las discusiones originadas durante los años treinta, y debatidas todavía hoy, sobre la dependencia literaria de la Regla de san Benito respecto de otra regla monástica antigua, la llamada Regula Magistri, como también prescindiremos de algunas hipótesis, consiguientes a dicha cuestión, relativas a la paternidad literaria de Benito sobre la Regla que lleva su nombre.
Benito, al escribir su Regla (es muy evidente que no la escribió de corrido, de una sola vez), no quiso proporcionar a los monjes un manual de ascética y mística, como diríamos en términos modernos, sino una pauta de organización monástica; pero esa pauta, ese código, impregnado del pensamiento de Cristo y de su figura, contiene unos capítulos esenciales de carácter doctrinal, indispensables para la vida monástica.
Para la lectura litúrgica del 11 de julio, se ha combinado un fragmento del prólogo de la Regla, en el que san Benito expone su doctrina sobre la vocación, con el penúltimo capítulo de la obra, sobre el buen celo que deben tener los monjes, capítulo que viene a ser como el testamento espiritual de quien suele recibir el apelativo de patriarca de los monjes de Occidente.
A. O.