unque san Bonifacio (nació en 680 y murió en 755) se dedicó a la enseñanza, no sobresalió, en su vida, como escritor. Es cierto que fundó varias iglesias y escuelas y que era un hombre bien formado e incluso eru-dito, pero quizá a causa de su intensa actividad misionera no se dedicó a escribir. De la actividad docente del joven monje en el monasterio de Nhutscela, dan testimonio una gramática (que depende mucho del Ars Donati) y unas reglas de métrica latina. Tenemos también testimonios de su actividad literaria como poeta. Pero, aparte de la participación personal que haya podido tener en la literatura litúrgica, canónica o sinodal de la época, y prescindiendo ahora de los escritos dudosos (que no son muchos, como tampoco son numerosas las obras falsamente atribuidas a ese personaje poco famoso como escritor), la herencia literaria principal de san Bonifacio es su epistolario, que comprende las propias cartas y las de sus corresponsales.
Lo que leemos como segunda lectura el día 5 de junio (aniversario de su martirio) son dos fragmentos de una carta dirigida por Bonifacio a Cutberto, arzobispo de Cantorbery. Dicha carta está bien escogida como lectura heortástica de nuestro mártir, porque atestigua el celo que animaba al santo misionero y al prelado, sensible a su responsabilidad apostólica. Huelga decir que todo el epistolario citado es una fuente de capital importancia para la historia de la primera mitad del siglo VIII.
A. O.