ensar en san Bruno es evocar un silencio, una campana, una oración. Cuando nos acercamos a una cartuja, experimentamos esa impresión, porque la Cartuja nunca ha sido reformada, ya que tampoco ha sido deformada. Su estructura es tan simple que modificarla sería destruirla.
San Bruno nace en Colonia en el año 1035 y, antes de la fundación de la Orden de la Cartuja, ya había sido canónigo y maestro de teología en la escuela episcopal de Reims. Enseñó en Colonia -donde fue canónigo- desde 1056 o 1057, cuando tema veintidós años, hasta 1077, en que fue desposeído de sus cargos por haber acusado de simonía a su propio obispo, Manasés de Gournay, ante el sínodo de Autun, sínodo que depuso al arzobispo en 1080. De esa época datan las dos obras extensas que parecen ser suyas: Expositio in psalmos y Expositio in epistolas Pauli (ML 152). Obras de estilo didáctico, pero que ya dejan entrever un fondo ascético y amante de la vida contemplativa.
A partir de ese momento, su vida adopta otro rumbo. Hacia el año 1084 lo hallamos en Molesme en el eremitorio de Séche-Fontaine (diócesis de Langres), con una cierta dependencia de san Roberto, que poma entonces los fundamentos de la Orden del Císter. Dos o tres años después, buscando un nuevo estilo de vida más solitario, bajo la protección del obispo de Grenoble, san Hugo, se instaló con seis compañeros en el desierto de Chartreuse (Cartuja), donde empezó en realidad la vida cartujana.
Hacia 1090 el papa Urbano II, discípulo suyo en Reims, lo llama a Roma para tener cerca a un hombre sensato y de confianza. Todavía no había pasado un año cuando, descontento del ajetreo de la Curia, pide al papa poder volver a la soledad, no acepta ser obispo de Reggio y se establece en el lugar llamado "De la Torre" en Calabria (1094), donde vivirá de nuevo la vida preferida, hasta su muerte, que ocurrió el 6 de octubre de 1101. Se le añadieron nuevos compañeros y todavía en vida de Bruno se fundaron en Calabria dos cartujas más.
Su culto fue aprobado en 1514 por León X, y en 1623 Gregorio XV lo extendió a toda la Iglesia.
La Liturgia de las Horas nos hace leer dos lecturas de san Bruno.
El día de su memoria, 6 de octubre, la mayor parte de una de las dos cartas que se conservan del santo, escritas desde la cartuja "De la Torre" y dirigidas a los hermanos legos que vivían en Chartreuse o Gran Cartuja. Es interesante observar la unidad entre el amor a Dios y a los hermanos en
el corazón de san Bruno. Es transparente su visión espiritual de las cosas, pero, sobre todo, la íntima alegría que lo llena y le hace hablar con acentos del Cántico de María, viendo la bondad de sus hijos.
El jueves XXIII, leemos una parte de su comentario al Salmo 38, que contrasta fuertemente con el texto de las Lamentaciones recién leído. Las Lamentaciones nos hablan de la Jerusalén abandonada, y él nos guía hacia la Jerusalén feliz, la celestial. Es un comentario al Por ti suspiro, que explica para mostrarnos cómo el cristiano tiene que despegarse de los vínculos de la tierra para volar hacia la felicidad del contacto con Dios.
J. F.