e familia galorromana, Cesáreo nació en la actual Chálon-sur-Saóne, in agro Chabillonensi, hacia el año 470. Fue clérigo de esa ciudad, pero cuando tenía unos veinte años se hizo monje en el famoso cenobio de la isla de Lerins. La austeridad con que emprendió la vida ascética le perjudicó la salud y tuvo que ir a Arlés, donde recibió la ordenación presbiteral de manos del obispo Eonio y, cuando este murió, Cesáreo le sucedió en la sede episcopal que, entonces, era la sede primada de Galia. Cesáreo la rigió durante unos 40 años, hasta su muerte, acaecida en 542.
El gobierno de dicha metrópoli no fue fácil, ya que Galia, entonces, era víctima de continuas invasiones. Cesáreo nació en un país ocupado por los borgoñones y encontró Arlés dominada por los visigodos; a estos les sucedieron los ostrogodos, también partidarios del arrianismo, hasta que los francos conquistaron esa tierra y se establecieron en ella. Los francos eran recién convertidos al cristianismo y Cesáreo se entendió bien con ellos.
El santo prelado pudo desplegar una actividad sacerdotal muy variada. Demostró ser un buen organizador, un reformador serio del clero y, al mismo tiempo, un teólogo consciente de la importancia que tiene la clarificación y buena transmisión de la doctrina cristiana. Se dio cuenta de que había que precisar bien las cuestiones difíciles y delicadas, sutiles y complejas, de la teología de la gracia, lo que le convirtió en el protagonista de la polémica contra los semipelagianos, quienes no acababan de dar a Dios la primacía absoluta de la gracia y de su eficacia en la actuación humana. Así Cesáreo fue el continuador de la doctrina de la gracia formulada por san Agustín.
Pero Cesáreo sobresalió especialmente como predicador. Conocemos de él casi 300 sermones, los cuales no todos llevan su nombre en la tradición antigua. De ello es responsable él mismo, pues ponía a menudo sus sermones bajo el nombre de Agustín, para dar más autoridad a su predicación. Lo que interesaba a Cesáreo, después de instruir personalmente al pueblo fiel, era proporcionar a los presbíteros piezas literarias aptas para prepararse a predicar o para leer sencillamente, cuando un presbítero era incapaz de improvisar bien en público.
Por esa razón, los sermones de san Cesáreo pasaron muy desapercibidos durante la Edad Media e incluso en nuestros tiempos. Gracias al trabajo tenaz, llevado a cabo durante unos 50 años, en el paso del siglo XIX al XX, por un benedictino francés, Dom Germain Morin, monje de Maredsous, el sermonario de Cesáreo ha podido ser reconstruido.
No deja de ser sorprendente que un sermonario tan extenso, rico en temas litúrgicos y en comentarios a pasajes de la Sagrada Escritura, haya sido tan poco aprovechado en la Liturgia de las Horas. Ello quizá se debe, por lo menos en parte, al estilo excesivamente llano del pastor que se dirigía a unos cristianos muy simples, en una época de una cultura probablemente de bajo nivel y en pleno vaivén de los pueblos nórdicos por las costas del Mediterráneo provenzal. Sin embargo, nuestro predicador, por popular y sencillo que sea, no es nada despreciable, aunque a menudo se inspire en otros autores, sobre todo en san Agustín, a quien copia a veces literalmente.
Hallamos a Cesáreo representado cuatro veces en la Liturgia de las Horas. El lunes de la semana XVII leemos un fragmento del sermón XXV, que en los manuscritos lleva este título: "Sobre la misericordia divina y la humana, y que Dios ha permitido que haya pobres en este mundo, para dar ocasión a los ricos de redimir sus propios pecados". El día 9 de noviembre, para la Dedicación de la Basílica de Letrán, tenemos otro fragmento de un sermón de Cesáreo, el CCXXIX, que es sobre la dedicación de una iglesia. El 25 de noviembrem para la fiesta de santa Catalina de Siena, leemos un fragmento del sermón CLIX; y el 21 de mayo, para la memoria de los santos Cristóbal Magallanes y sus compañeros mártires, unos fragmentos del sermón CCXXV. En estas ocasiones, y por curioso que nos pueda parecer el título del primero de los sermones citados, escuchamos la voz de un predicador que tiene la gracia de saber combinar un modo de hablar muy popular con el arte de dar las razones teológicas de las verdades expuestas a un auditorio sencillo.
San Cesáreo es también autor de otras obras, como, por ejemplo, dos reglas monásticas, una para hombres y otra para mujeres (la regla monástica femenina más antigua que conocemos); un tratado sobre la Santísima Trinidad, admoniciones a clérigos y a obispos, y otras.
A. O.