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El Testigo Fiel
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Documentación: Cipriano, obispo y mártir


Partes de esta serie: Sarajevo era un gran hospital · Cipriano, obispo y mártir

ipriano es uno de los Padres mejor representados en la Liturgia de las Horas; diecinueve lecturas, y una más en el propio de España, lo colocan entre los Padres occidentales más leídos.

Habrá que añadir su significación literaria al resumen de su vida que encabeza el Oficio de la memoria de él y de san Cornelio.

Probablemente, si no hubiese sido un hombre de Dios, no habría sobresalido en las letras, pero el oficio episcopal que lo hace testigo de la primera Tradición, y su celo que llena de vida sus escritos, lo han hecho merecidamente famoso.

Ponciano, diácono suyo, escribió una biografía de su obispo muy laudatoria, pero la inmediatez de los hechos nos obliga a considerarla verídica en sus rasgos esenciales. A partir de esa obra, de los escritos de Lactancio y de san Jerónimo, así como de los datos esparcidos en sus cartas y tratados, podemos hacemos una idea bastante exacta de su trayectoria.

Nacido en Cartago, de familia pagana, hacia 210, recibió una buena formación en la retórica y en el derecho y, terminados los estudios, puso escuela de elocuencia en su misma ciudad; probablemente, también defendió causas como abogado. Su estilo literario, ya dentro de las características del latín cristiano, revela claramente su formación, pues siempre tiene presentes los cánones de la retórica en uso en su tiempo. De repente, hacia 245 o 246, Cipriano pide el bautismo y, además, se compromete a vivir en castidad. Escribe entonces el libro Ad Donatum (A Donato) que es una autobiografía de su conversión.

Poco después, la vida ejemplar que lleva, las limosnas que da y el conocimiento que adquirió rápidamente de las Escrituras, hicieron que el clero y el pueblo lo propusiesen como presbítero y como obispo de Cartago a la muerte de Donato, el obispo anterior, en el año 248 o a comienzos del 249.

Su vida episcopal se caracteriza por una acción pastoral y caritativa muy intensa, incluso en ocasiones difíciles, como en el caso de la peste, pero nos fijaremos sobre todo en las cuestiones doctrinales que agitaron su tiempo y fueron motivo de muchos de sus escritos.

En el año 249, Decio decretó una persecución que produjo multitud de mártires. En esa ocasión se dio el hecho de que muchos cristianos, ya un poco relajados por la larga paz, apostataron de la fe: son los lapsi (o apóstatas). Al final de la persecución se originó un grave conflicto sobre la admisión o no a la penitencia de los lapsi y también de los libellatici, o sea, de aquellos cristianos que, sin haber hecho el gesto de sacrificar, habían conseguido el libellus o documento que acreditaba que lo habían hecho. Frente a opiniones excesivamente rigoristas que negaban la posibilidad del perdón, él optó por dar a los primeros el perdón a la hora de la muerte, y a los segundos después de un tiempo de penitencia. Encontró oponentes en Novato y Felicísimo de Cartago, partidarios de menos rigor y en Novaciano de Roma, partidario de negar totalmente el perdón. Tales hechos provocaron la redacción de dos de sus tratados: el De unitate Catholicae Ecclesiae (La unidad de la Iglesia Católica) y el De lapsis (Sobre los apóstatas).

Entre los años 252 y 254 una peste terrible se abatió sobre el África Proconsular. Cipriano y los cristianos demostraron una caridad abnegada y gran valentía ante el azote. El prestigio del obispo aumentó considerablemente. En medio del ajetreo todavía encontró la paz necesaria para escribir algunos de sus mejores opúsculos: De oratione dominica (Sobre el Padrenuestro), que es una exhortación a la confianza en Dios; De mortalitate (Sobre la mortandad o la peste), donde presenta el cielo como el término de todos los males que nos afligen. También son de ese tiempo los tratados Ad Demetrianum (A Demetriano), en los que se defiende de la acusación de los paganos que decían que los cristianos tenían la culpa de la peste, y el De opere et eleemosyna (De las obras y de la limosna) sobre la belleza de la caridad.

Otro tema vidrioso en el episcopado de Cipriano es la cuestión del bautismo de los herejes. Cipriano sostuvo que el bautismo administrado por un ministro que no goza de la gracia de Dios es inválido. Supone, además, que un hereje nunca está en gracia de Dios y, en consecuencia, exige un nuevo bautismo en caso de conversión a la fe católica. Al contrario, el papa de Roma, Esteban I, sostenía que el sacramento depende de Cristo y no puede ser invalidado por la situación del ministro, supuesta su recta administración. Eso le llevó hasta enfrentarse con Esteban I, pastor universal de la Iglesia. El juicio de ese hecho es difícil: ha sido muy controvertido y supera las posibilidades de este artículo. Sin embargo, hay que recordar que en aquel momento muchas cuestiones doctrinales no estaban todavía plenamente elucidadas, como lo estuvieron años más tarde.

Sobre el tema del nuevo bautismo tenemos algunas referencias en el Epistolario del santo, así como en el libro De bono patientiae (Los frutos de la paciencia), que parece escrito para aceptar con ecuanimidad, y sin romper la comunión, una respuesta áspera del papa Esteban I al Sínodo africano, que había tratado la cuestión del bautismo de los herejes.

En el recorrido de su actividad hemos ido citando varias obras de las que tenemos lecturas en la Liturgia de las Horas. Hay que añadirles Ad Fortunatum (A Fortunato), que es una exhortación al martirio; el De habitu virginum (Sobre las vírgenes), que trata de la vida de consagración de las vírgenes, y las ocho lecturas sacadas de sus cartas que desarrollan diferentes puntos sobre el martirio, que es el tema más frecuente en sus cartas. El Epistolario consta de ochenta y una cartas, no todas de san Cipriano. Se nota su interés por conservar copia de todos sus escritos que considera de tono oficial. Nos proporciona en el Epistolario un gran número de datos de valor histórico, dogmático, litúrgico y ascético. Domina, como decíamos, el tema de la confesión de la fe o martirio. En castellano hay una edición biligüe completa de sus obras en BAC, 241.

Su doctrina es sencilla y vital. Acepta plenamente el magisterio de Tertuliano, a quien llama maestro, según la conocida anécdota referida por san Jerónimo, cuando dice que "Cipriano cada día leía algo de Tertuliano y por eso decía a su secretario: 'Dame el maestro'". Conoce muy bien la Sagrada Escritura en la traducción latina anterior a la Vulgata; las citas corresponden a la Afra, versión africana de la Biblia. Conoce también a los autores paganos, a los que no cita nunca literalmente -tan fuerte fue la repercusión de su conversión-, pero que influyen en el estilo de su prosa latina.

A excepción de eso, hemos de decir que sus obras son funcionales, responden a situaciones vitales y aportan el pensamiento cristiano y episcopal ante los hechos. Tiene una idea muy clara de la unidad de la Iglesia, pero entendida más como unidad espiritual que jurisdiccional y de poder. Dijimos ya su pensamiento sobre la validez del bautismo dado por los herejes; recomienda el bautismo de los niños sin esperar siquiera a los ocho días, y admite el bautismo de sangre. Finalmente diremos que el tema del martirio, la valentía del cristiano, su confianza en Dios, la realidad de la milicia cristiana -para él, el cristiano es siempre el miles Christi (soldado de Cristo)-, la certeza del premio, son tratados en sus escritos con un entusiasmo y amor difícilmente superables.

Damos a continuación la lista de las lecturas que se hallan en la Liturgia de las Horas, indicando la obra de la que están sacadas, el día en que se leen y el tema principal:

1. Los frutos de la paciencia. Sábado I de Adviento. La esperanza.

2. Sobre el Padrenuestro. Martes I de Cuaresma. Cómo hemos de orar.

3. Sobre el Padrenuestro. Domingo XI. Oración humilde.

4. Sobre el Padrenuestro. Lunes XI. Oración comunitaria.

5. Sobre el Padrenuestro. Martes XI. Primera petición.

6. Sobre el Padrenuestro. Miércoles XI. Segunda y tercera peticiones.

7. Sobre el Padrenuestro. Jueves XI. Cuarta y quinta peticiones.

8. Sobre el Padrenuestro. Viernes XI. Paz con Dios.

9. Sobre el Padrenuestro. Sábado XI. Oración y acción.

10. Sobre los apóstatas. 10 de diciembre (santa Eulalia de Mérida). Martirio.

11. Carta 6. Común de varios mártires. El mártir imita al Señor.

12. Carta 9. 20 de enero (san Fabián). Alabanza del santo.

13. Carta 10. 13 de agosto (santos Ponciano e Hipólito). Una fe inex-pugnable.

14. Carta 58.11 de abril (san Estanislao). La lucha por la fe.

15. Carta 60.16 de septiembre (santos Cornelio y Cipriano). Firmeza de la fe.

16. Carta 80. 7 de agosto (san Sixto II). Corona del martirio.

17. A Fortunato. 14 de octubre (san Calixto I). Paz y persecución.

18. Sobre las vírgenes. Común de vírgenes. La virgen, gozo de la Iglesia.

19. Sobre la mortandad. Viernes XXXIV. Esperar el cielo.

J. F.

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