l hacer la presentación de san Columbano (nacido en Irlanda hacia el año 540 y muerto en Italia en el 615) como escritor, hay que subrayar ciertos aspectos de esa figura histórica, de la que, demasiado a menudo, se han destacado algunos aspectos más bien negativos, desfigurando la verdadera índole del personaje.
Tenía desde luego un temperamento duro; pero probablemente nos equivocaríamos si quisiésemos dibujar la fisonomía espiritual de san Columbano sólo por las disposiciones dictadas por él. Estas han de entenderse a la luz de la época en que vivió y del ambiente, todavía muy bárbaro, de la Europa central, que él misionó con un celo extraordinario. Contrasta con la austeridad de Columbano su interés por la cultura clásica, por citar otro ejemplo.
En general, Columbano es el mejor representante de la cultura irlandesa de su tiempo. Se había formado en un centro de cultura importante, el monasterio de Bangor (Gales) bajo el abad Comgal, y entre los cenobios fundados por Columbano se cuentan otros monasterios que fueron también centros de irradiación cultural, como Luxeuil, Fontaines y Bobbio.
Imitó a san Patricio procurando ganar primero a los poderes temporales e interesarles por las misiones. Sin embargo, por encima del escritor y del misionero, prevalece en Columbano el monje, que hizo una verdadera competencia a la Regla de san Benito. Se ha reprochado a Columbano el haber sido excesivamente conservador de las costumbres irlandesas, lo que le puso en conflicto con los clérigos indígenas de los países que misionó. Ello no fue óbice para que dejase testimonios abundantes de la cultura irlandesa en la Gran Bretaña, en Borgoña y en el reino de los francos, en la actual Suiza, en la llanura lombarda (donde fundó [614] la abadía de tan gran renombre que fue Bobbio) y en los Apeninos. Todo ello sucedía en el paso del siglo VI al VII.
La herencia literaria de san Columbano consta de dos reglas para monjes: la Regula monachorum y la Regula coenobialis (esta última es un suplemento penitencial a la primera); de unas Instructiones, igualmente para monjes (de las diciesiete Instrucciones, a algunos les han parecido auténticas sólo cuatro, que aparecen, en la tradición manuscrita, reunidas bajo el título de Ordo sancti Columbani abbatis de uita et actione monachorum) y de un penitencial. Prescindimos de los escritos menores; observamos sólo que entre ellos hay testimonios de que nuestro monje austero también fue poeta.
En el breviario anterior a la reforma del Vaticano II, san Columbano no estaba representado por ningún extracto de sus escritos. Ahora, en cambio, usamos cinco veces las Instrucciones, es decir, sus predicaciones. El jueves de la semana VII, a la discreta actitud que el Eclesiastés prescribe al hombre ante Dios, la liturgia yuxtapone unas consideraciones de Columbano sobre la fe, una fe nada racionalizante, que ha de tener la creatura humana frente al misterio de Dios y la revelación (Instrucción Iª). El miércoles de la semana XXI, un fragmento de otra Instrucción (lª 13ª) interpreta, en sentido cristiano, la profecía de Jeremías, cuando este acusa al pueblo de Dios de haber abandonado a Dios, la verdadera fuente de la vida. Esta lectura prosigue al día siguiente, el jueves, donde san Columbano adopta un género deprecativo, que será muy usado en la Edad Media. El martes de la semana XXVIII tenemos una página de la Instrucción 12ª, como paralelo cristiano a la profecía de Zacarías relativa a la reconstrucción de Jerusalén, sólo que Columbano toma como tema la lámpara del criado fiel que está en vela esperando la vuelta de su Señor, para poder entrar con él, llevando la lámpara de la caridad, en el templo de la fruición eterna de Dios; también aquí usa el autor el estilo deprecativo o invocativo, dirigiéndose al Padre y después a Jesucristo. Finalmente -no faltaba más- leemos a Columbano en su memoria (23 de noviembre): un fragmento de la Instrucción 11ª nos ofrece el ideal que de la perfección tenía aquel monje que predicaba; es necesario que dejemos -viene a decirnos- bien dibujada la imagen de Dios en nosotros, lo que sólo podremos llevar a cabo a base de una auténtica caridad hacia Dios y el prójimo.
La autenticidad de esas Instrucciones se ha puesto en duda, como ya hemos insinuado; se creían genuinas sólo las instrucciones 3ª, 9ª, 16ª y 17ª. En la actualidad se vuelve a abogar en favor de la paternidad literaria de san Columbano sobre todas ellas. Sea como fuere, en las mismas oímos la voz de la primera tradición monástica occidental y, en las que leemos en la Liturgia de las Horas, nos habla un monje fervoroso, enamorado de Dios e impregnado de la Sagrada Escritura, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento - A. O.