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Documentación: Efrén, diácono


Partes de esta serie: El Papa reza por víctimas de atentados terroristas en Jordania · Efrén, diácono

an Efrén es el mayor representante literario de la Iglesia de Siria. Fue un gran poeta místico y teólogo, que también nos dejó una interesante producción en prosa. La voz popular lo calificó de "Cítara del Espíritu Santo".

Los datos más seguros que tenemos de él son estos: nació en Nísibis, hoy Nusaybin (Mesopotamia del Norte) hacia 306. Parece que fue bautizado a los 18 años. Los obispos Jacobo y Valogeses influyeron en su formación espiritual. Pasó algún tiempo en el desierto llevando vida eremítica, hasta que el obispo Jacobo lo ordenó diácono y le encargó su escuela teológica.

Cuando Nísibis cayó en manos de los persas, en 363, pasó a Edesa donde fue consejero del obispo Narsés y, probablemente, participó en la fundación de la escuela teológica llamada de los persas. Murió, según parece, el 9 de junio de 373 en Edesa (hoy Urfa). Benedicto XV le dio el título de doctor de la Iglesia el 5 de octubre de 1920.

Su doctrina no se hace eco -por lo menos de un modo notable- de las controversias trinitarias de la época, porque vivía en el extremo del Imperio romano; más bien aparece como transmisor de la doctrina cristiana más antigua. Gran mérito suyo es la perfeción de estilo en prosa y, sobre todo, en verso. De acuerdo con los gustos literarios de su región escribió muchísimo en verso, incluso homilías, y se convirtió en uno de los mejores poetas cristianos, si no el mejor.

Efrén era un asceta y un místico. Llevaba una vida severa y se alimentaba sólo de pan y algunas legumbres. Su rica sensibilidad se manifestaba en una poesía imaginativa, rica de color, un poco redundante para nuestros gustos, pero fascinante para su pueblo.

Su producción es muy amplia; según Focio, habría escrito un millar de títulos en prosa y en verso. Parece que había compuesto unos Comentarios a las Santas Escrituras. Por desgracia sólo conservamos los comentarios al Génesis y al Éxodo. Un Comentario al Diatéssaron de Taciano (primera concordia de los cuatro evangelios, del siglo II), comentarios a san Pablo, Sermones y Homilías, 74 Carmina Nisibena (poemas sobre hechos históricos de Nísibis), tratados de teología, himnos litúrgicos, etc. Su fe es granítica, como también la fidelidad a la Iglesia y el amor tierno y sensible a la Virgen María. Como exegeta, sigue la escuela antioquena, que intenta la explicación literal de la Sagrada Escritura más que la alegórica.

Sus obras fueron traducidas muy pronto al armenio, copto, griego y más tarde al latín, de modo que parte de su producción la conocemos sólo por las versiones. Fue tanta su fama que, como dice san Jerónimo (De viris illustribus, 115), sus obras eran leídas en la Liturgia después de la Biblia. Giuseppe Simone Assemani, orientalista maronita y prefecto de la biblioteca del Vaticano, reunió las obras de san Efrén (1732-1746).

Los textos que la Liturgia de las Horas nos proporciona son estos:

1. El día de su memoria, 9 de junio. El Sermo 3, de fine et admonitione. Toda la lectura es una oración, que revela su intimidad con Dios. Medita lentamente los misterios y dones del plan divino, todo centrado en Cristo. Hay que darse a Cristo, vivir de los sacramentos, de la fe, de la contemplación de la obra salvadora.

2. Viernes III de Pascua. Sermo de Domino nostro. En esa lectura hallamos una exposición de las más logradas y claras del misterio pascual. Muerte y vida se suceden encadenadas en todo momento; nos muestra la necesidad del cuerpo humano de Cristo para certificar la verdad de la redención; introduce a María como contrapartida evidente de Eva y de su obra destructora. Termina con unas bellísimas estrofas líricas en forma de oración.

3. Jueves I de Adviento. Comentario al Diatéssaron, 1. Es una alabanza poética, viva, sentida, de la Palabra de Dios. Sirve de comentario al libro de los Proverbios que se empieza a leer ese domingo. Su sensibilidad y conocimiento de la Escritura le ayudan a contemplar la Palabra bajo varios aspectos: es el árbol de la vida, de múltiple fruto; es la fuente del desierto que apaga la sed, pero nadie puede agotarla; nos satisface, pero nos supera porque nunca la captaremos absolutamente.

J. F.

Partes de esta serie: El Papa reza por víctimas de atentados terroristas en Jordania · Efrén, diácono
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