anta Ángela de Mérici no entra en la Liturgia de las Horas por su categoría literaria, sino, simplemente, porque sus palabras constituyen una lectura-testimonio de su vida santa y de su buen gusto espiritual.
Nace en el año 1475 en Desenzano, aldea cercana al lago de Garda (antiguo dominio de Venecia). Muy pronto pierde a sus padres, a una hermana y a un hermano y vive en casa de un tío materno. En Brescia comienza su vida religiosa como terciaria franciscana y vive profundamente su fe y la consagración a Dios. En 1535 funda allí mismo la Compañía de Santa Úrsula (ursulinas) para la atención espiritual y material de las niñas huérfanas. Pero su acción se extendió a otros muchos campos de apostolado. Las componentes de su asociación vivían como vírgenes consagradas a Dios en sus propias familias.
Se comprende la originalidad de su obra porque, en una época en la que difícilmente se concebía la vida religiosa femenina sin clausura (hay algunos ejemplos, como las Hospitalarias francesas de Beaune), ella crea una obra muy semejante a los modernos institutos seculares.
En el año 1537 fue elegida superiora general de esa incipiente congregación, y el 27 de enero de 1540 moría en Brescia. Las ursulinas, posteriormente, han cambiado a menudo el estilo de vida (lo que ya se había previsto en sus constituciones) y han originado diversas familias religiosas que hallan siempre su origen en la Regla de santa Ángela, aprobada por Paulo III en 1544.
De sus escritos se conservan la Regla, los Recuerdos a las superioras y el Testamento espiritual. De este se escoge el fragmento para la lectura de su memoria, que nos revela su gran espíritu de fe. Como educadora cristiana, no se limita a la educación de las niñas, sino que da una pauta segura también a las madres superioras de sus casas. Descubre en el maestro "dulce y humilde de corazón" las dimensiones infinitas de la caridad. Más allá de cualquier escuela, época o estilo, la pedagogía de los santos inventa caminos inéditos, que sustentados por la savia eterna del Evangelio, siempre arrancan del único magisterio perfecto, el de Cristo.
J. F.