n el año 1970, Pablo VI, por primera vez en la historia de la Iglesia, daba el título de doctoras a dos santas: santa Teresa de Ávila y santa Catalina de Siena. Realmente es maestra de la fe la que pudo decir: "Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco más hallo y cuanto más hallo más busco".
No podía faltar su aportación a la Liturgia de las Horas. El día de su memoria y en dos ocasiones más, la encontramos y leemos con fruición.
Santa Catalina es definida por Jacques Leclercq "la mística del apostolado", y no es desafortunada tal denominación. Vivió intensamente el drama de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XIV (fin del exilio de Aviñón) y sufrió mucho por la desorientación de los cristianos, motivada por la ausencia de Roma del Papa y por la conducta nada evangélica de muchos pastores. Esos hechos llegan a ser para ella un factor determinante de su forma de vivir la relación con Dios. Vive la intimidad, pero tiene que trabajar con toda el alma por el reino, que sufre.
Nace en Siena en 1347; vive cerca de treinta y seis años y muere en Roma en 1380. Llamada por Dios a grandes intimidades ya desde niña, siendo todavía adolescente (1363) se hace terciaria de Santo Domingo y pasa rápidamente todas las etapas de la evolución mística. Su misticismo, sin embargo, no la aparta, antes al contrario, la lanza a intervenir valientemente en los grandes problemas socioeclesiales de su tiempo: reforma de costumbres, pacificación de las repúblicas italianas, retomo del Papa a Roma, Cruzada.
Ahora nos interesa más su obra literaria, que le mereció el título de doctora de la Iglesia. De ella tenemos un libro: Diálogo sobre la divina providencia, un Epistolario y las Oraciones. Es una obra estrictamente espiritual, no es autobiográfica, pero refleja más claramente su alma que si hubiese pretendido manifestarla. Es toda su vida la que habla. Creían los contemporáneos que el Diálogo había sido totalmente dictado a tres amanuenses mientras ella estaba en éxtasis, y, si bien tal opinión hoy es generalmente rechazada, nadie puede negar que toda su doctrina es carismática y humanamente inexplicable en una persona de escasa cultura teológica y literaria.
Las tres lecturas que nos presenta la Liturgia de las Horas pueden ser una invitación a la lectura completa de las obras de la santa. En castellano está la edición de la BAC, citada en la Liturgia de las Horas.
El día de la memoria, 29 de abril, leemos parte del capítulo 167 del Diálogo. Su palabra nos sumerge en el clima de amor ardiente en el que Catalina se mueve como en su propio medio, arrebatada por la energía irresistible del Espíritu. Es una oración que justifica el nombre de diálogo; en ese fragmento es ella sola la que habla, pero los conceptos son tan elevados, espirituales y teológicos, que hacen pensar en la presencia de otro que habla desde el fondo de su corazón.
Domingo XIX, también del Diálogo, 13. El profeta Oseas en la primera lectura nos recuerda el amor de Dios despreciado por el pueblo y la amenaza del castigo. Catalina en su escrito también ve a la Iglesia -aquí le da el nombre de "cuerpo místico"- alejada de Dios y ruega intensamente por obtener misericordia. Hace desfilar ante nosotros los motivos incontables del amor del Padre manifestado en el Hijo.
Sábado XXX, Diálogo, 135. Como comentario a Sabiduría 11-12, fragmento leído antes y que habla de la misericordia de Dios, santa Catalina nos desgrana un rosario de alabanzas a la misericordia del Padre; misericordia que compara con nuestro pecado. Ella, iluminada, ve muy claramente la multitud y malicia del pecado, pero ve todavía con mayor claridad el perdón misericordioso que el Padre nos otorga a través del Hijo, y nos lo explica entre admirada y confusa.
J. F.