Hoy ha salido para el mundo el verdadero sol, hoy en las tinieblas del siglo ha surgido la luz. Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser Dios; el Señor asumió la forma de esclavo para que el siervo se convierta en Señor; el morador y creador de los cielos habitó en la tierra para que el hombre, colono de la tierra, pueda emigrar a los cielos.
¡Oh día más lúcido que cualquier sol! ¡Oh momento más esperado de todos los siglos! Lo que anhelaban los ángeles, lo que ni serafines ni querubines ni coros celestiales conocieron, esto es lo que se ha revelado en nuestros días; lo que ellos veían como en un espejo y a través de imágenes, nosotros lo contemplamos en su misma realidad. El que habló al pueblo de Israel por boca de Isaías, Jeremías y demás profetas, ahora nos habla por su Hijo. ¡Qué diferencia entre el antiguo y nuevo Testamento! En aquél, Dios hablaba a través de la nube; a nosotros nos habla a cielo despejado; allí Dios se mostraba en la zarza, aquí Dios nace de la Virgen; allí era el fuego el que consumía los pecados del pueblo, aquí es un hombre el que perdona los pecados del pueblo, mejor dicho, es el Señor que perdona a sus siervos, pues nadie, fuera de Dios, puede perdonar pecados.
Tanto si el Señor Jesús nació hoy como si hoy es el día de su bautismo -existen al respecto opiniones diversas y podemos adherirnos a la que mejor nos parezca—, una cosa es clara: que tanto si hoy es el día en que nació de la Virgen como si es el día en que renació en el bautismo, su nacimiento -en la carne y en el espíritu- es en provecho nuestro: ambos misterios son míos, mía es la utilidad que redunda de ellos. El Hijo de Dios no tenía necesidad ni de nacer ni de ser bautizado, pues no había cometido pecado para que se le perdonase en el bautismo. Pero su humildad es nuestra sublimidad, su cruz es nuestra victoria, su patíbulo es nuestro triunfo.
Coloquemos alegres esta señal sobre nuestros hombros, enarbolemos el estandarte de la victoria, más aún, grabemos ese lábaro en nuestras frentes. Cuando el diablo vea esta señal en el dintel de nuestras puertas, se estremecerá, y los que no temen los dorados capitolios, temen la cruz; los que no se arredran ante los cetros reales, la púrpura y el fasto de los césares, se echan a temblar ante las maceraciones y los ayunos de los cristianos.
Alegrémonos, pues, carísimos hermanos, y levantemos al cielo en forma de cruz la manos puras. Mientras Moisés tenía las manos en alto, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec. Las mismas aves cuando se elevan a las alturas y planean en el aire, con las alas extendidas imitan la cruz. Y las mismas cruces artísticas son verdaderos trofeos y botín de guerra, cruces que debemos llevar no sólo en la frente, sino también en nuestras almas, para que, armados de esta guisa, caminemos sobre áspides y víboras en Cristo Jesús, a quien se debe la gloria por los siglos de los siglos.