Según se desprende de cuanto llevamos dicho, la vida en Cristo no es sólo un deseo que se hará realidad en el más allá, sino que está ya presente para los santos, y según ella viven y a ella ajustan su comportamiento. Seguidamente expondremos los motivos por los que se nos concede vivir de tal modo y por qué Pablo habla de andar en una vida nueva; explicaremos también cómo Cristo se une y se adhiere a los que se portan de este modo y cuál es el nombre que hemos de dar a esta realidad.
Así pues, del plan de acción que tenemos entre manos, parte depende de Dios y parte se adjudica a nuestra solicitud y diligencia; la primera es obra exclusivamente suya, la segunda requiere además un denodado esfuerzo por parte nuestra o, si se prefiere, es únicamente realizada por nosotros en la medida en que se apoya en la gracia, en la medida en que no malversamos el tesoro, ni extinguimos la lámpara ya encendida; es decir, cuando nada hacemos que obstaculice la vida y genere la muerte. Todo bien y toda virtud humana se ordena efectivamente a esto: a que nadie vuelva la espada contra sí mismo, ni ponga en fuga la felicidad, ni deponga la corona de su cabeza, pues Cristo mismo en persona es quien, de modo realmente inefable, siembra en nuestras almas la propia esencia de la vida.
Él está realmente presente y fortalece aquellos principios vitales que él nos trajo con su venida.
Y está presente no primariamente porque comulga con nosotros tomando parte en nuestras comidas, nuestros encuentros, o en la diaria convivencia, sino de un modo mucho mejor y más perfecto, gracias al cual, hechos concorpóreos y partícipes de su vida, nos convertimos en miembros suyos, en su pertenencia. Y así como no hay lengua capaz de expresar la bondad que le impulsó a amar hasta a los mismos enemigos, colmándolos de tan inmensos beneficios, y mucho menos todavía la unión con que se entraña con sus amigos, y que supera ampliamente cualquier unión que el alma puede imaginar o expresar, así también la modalidad de su presencia y de su beneficencia es digna de admiración y exclusiva del único que hace maravillas. En efecto, a quienes simbólica y figurativamente -como en representación pictórica- imitan la muerte que él verdaderamente padeció para darnos vida, Cristo la renueva y la instaura en la realidad misma y se la concede a quienes participan de su vida.
De hecho, en los sagrados misterios que simbolizan su sepultura y anuncian su muerte, nosotros somos engendrados, plasmados e íntimamente unidos al Salvador por maravillosa manera. Estos sagrados misterios son los que hacen que -como dice Pablo- en él vivamos, nos movamos y existamos. Efectivamente, el bautismo nos da la oportunidad de ser y subsistir totalmente en Cristo. Este estrecho abrazo lo primero que hace es introducir en la vida a los que yacen en la muerte y en la perdición. Por su parte, la santa unción perfecciona y completa al neonato, comunicándole las energías propias de esta vida. Finalmente, la sagrada Eucaristía contiene y conserva esta vida en todo su vigor. Y es que la misión e incumbencia del pan de vida es conservar a los renacidos y mantener la vida. En resumidas cuentas, que por el pan vivimos, por la unción nos movemos, después de haber recibido en el bautismo la existencia. De esta suerte, vivimos en este mundo visible una vida que está ordenada al mundo invisible, y no precisamente mudando de lugar, sino cambiando de vida y de modo de vivir.
Así pues, por estos santos misterios, como por otras tantas ventanas, penetra en este tenebroso mundo el Sol de justicia, da muerte a la vida según el mundo, nos excita a la vida celestial, y la luz del mundo vence al mundo, realidad que indica mediante estas palabras: Yo he vencido al mundo. En un cuerpo frágil y mortal, él ha injertado una vida estable y eterna.