Tema dedicado a Abel ( que en el mensaje de libros favoritos decia tener mas ganas de discutir algo asi que 5 razones para SI creer en El).
Llego tarde a la crisis, como siempre... ![]()
Disculpa, no había reparado en el tema, y han dicho cosas tan estupendas y pertinentes, que seguiría casi para otro lado; por otra parte, en algún momento se me cruzó que tengo unas cincuenta razones, ¿para qué querría cinco más?
Cinco o cincuenta, tal vez las razones se reduzcan a una sola: la idea de Dios es imposible; ontológica y existencialmente imposible.
Ya sé que eso nos deja en una soledad tremenda, en un completo desierto... pero la soledad personal no es un argumento a favor de la existencia de nada: si no tengo perro que me ladre, eso no es un argumento a la existencia de la amistad, el único argumento a la existencia de la amistad es tener amigos, no el hecho de que los necesitemos o no.
Si necesitamos "dios" para tapar el agujero de vacío por el que se fuga la bondad y la belleza de la creación... pues bien, no es un argumento a favor, ¡sino hasta en contra!.
Ontológicamente (despacho rápido la parte más pesada) la idea de Dios es imposible, porque si Dios es, no puede haber algo que sea fuera de él, puesto que si está afuera, hay algo que es con independencia de su ser, y por lo tanto no sería el ser absoluto. Y si lo que es, es dentro de él, su ser estaría fragmentado, no sería ya el Uno.
Bueno, ya pasó, lo pueden leer en todos los críticos, desde Jenófanes de Agrigento (s V aC) hasta Ciorán (s XX dC). Y ahora lo pueden leer también aquí (s XXI).
Existencialmente, es imposible por la maldad que inunda la creación; no la maldad derivada directamente de la acción humana, sino la maldad intrínseca que señalaba Carlos: la disolución y provisoriedad de todo, el sin valor de todo lo que el hombre percibe como valioso. Si Dios es el buen jardinero que tiene que cortar la rosa para llevársela al florero de su casa, y despojar al jardín de su belleza intrínseca para adornar su palacio... ¡tamaño Dios!
En realidad la vía existencial y la ontológica son la misma, sólo que en una miramos con la piel y en la otra con el cerebro, pero en los dos casos se trata de lo mismo: el agujero de ser o, como diría Ciorán, "el incoveniente de haber nacido".
No podemos justificar a Dios: esta creación, así como está planteada, es absurda e incomprensible. Desde nuestro puesto de mira no podemos ver el todo como desde afuera, sólo podemos sufrir la parte, ¡y vaya que se la sufre!
La noción de que la creación entera gime con dolores de parto a causa del pecado humano que la sometió es la mayor respuesta posible... pero aún así es una mirada que no puede aceptarse a menos de aceptar previamente que podríamos concebir una creación sin disolución, caos ni muerte... ¡y no podemos! Nos hace agua la idea misma de una creación en donde no intervenga la muerte.
El idílico Génesis 1 hace una alusión al respecto cuando manda a los seres vivos (hombres y animales) que coman verdurita como Gandhi (Gn 1,29-30); pero ahí atrás vino el amargado de Aristóteles a ponerle alma al potus de casa, y ¡zás! se acabó el idílico Gn 1: si las plantitas son seres vivos, hasta en la creación anterior a la caída la muerte es parte del ciclo de la vida. Ni siquiera el escritor sagrado, inspirado por Dios, puede poetizar algo que queda tan fuera de nuestra más remota experiencia posible como es un universo sin muerte.
Sin muerte, no cabemos nosotros ni ningún ser vivo; con muerte, no cabe Dios.
La idea de que Dios sea la causa de la muerte será muy medieval y primitiva... pero es en definitiva lo que afirmamos todos los días los creyentes cuando celebramos que sea la causa de tantas cosas hermosas de las que nosotros o la naturaleza o el azar somos causa: "gracias Dios mío porque me diste trabajo"... bueno, me lo dio una empresa, pero la causa última es Dios, si no no habría empresa. Pues bien: si aceptamos eso, debemos aceptar que si el chico nace anencefálico, también la causa última es Dios. Si Dios es, no es un Dios a tiempo parcial o cuando a él le conviene.
Es verdad que el mundo es monstruoso sin él, pero con él tiene ribetes tremendos, y en todo caso, cierta necesidad de tranquilizar nuestra emotividad no justifica fabricar una existencia tan completa y absoluta como es la de Dios, caso de que sea.
Tal vez habría que comenzar por aceptar que el mundo es monstruoso igual, con o sin Dios. Es hermoso y monstruoso. Los griegos (que era un tanto avispados) llamaron "fysis" -algo así como "lo que está cambiando"- al universo sin contar la mirada del hombre, y a ese mismo universo visto con la mirada humana lo llamaron "kosmos", que viene a significar algo así como "armonía visible de la lucha" (de allí que luego de la lucha femenina matinal por aparentar más belleza, se recurra precisamente a la kosmética) -no es el significado de la palabra, sino la idea filosófica que está en el contexto de uso de esa palabra-.
Los latinos (según dice Joyce, cuando los hebreos llegaban a un lugar decían: "qué bien se está aquí, hagamos un templo", cuando llegaban los romanos decían: "qué bien se está aquí, hagamos una letrina"; eran eminentemente prácticos, carentes de la sutileza hebrea y griega), los latinos, decía, no tenían una palabra para traducir la noción griega de armonía de opuestos, de hermosura que requiere fealdad, del monstruoso fulgor de la naturaleza en permanente movimiento, así que se quedaban con "pulcher", lindo, bonito, guapo, qué majo. Hasta que un poeta, Valerio Catullo, gran amante de los griegos (y de las griegas, sobre todo, además de algunas romanas), notó la falta e introdujo el uso de una palabra crucial: bellum, lo bello. La palabrita la sacó del lenguaje militar: bellum es la guerra, como en "bélico".
Es que la belleza es algo así, tal como se nos muestra y antes de cualquier teorización: una hermosura monstruosa, una fealdad fulgurante, una muerte vital, y una vida mortal. Hasta tal punto cargamos con un lenguaje que nos obliga a hablar de una manera y no de otra, que no podemos ver más que como construimos las frase: nuestros ojos están adaptados a nuestra gramática, y no podemos ver sin opuestos. Nuestros ojos no pueden ver más que dialécticamente, separando y cortando lo que en la realidad es un continuo. No podemos más que llamar feo a lo que en la naturaleza no es ni feo ni lindo, sino momento de su ser total, que sólo existe en los despliegues provisorios.
La naturaleza no incluye la muerte como algo ajeno a ella misma, sino como momento de la vida, y la vida como emergente de la entropía. La naturaleza es ella en sí misma autoexistiendo como una totalidad sin partes.
Salida de Dios pero otra que Dios, cuyo ser total, caso de que sea, no la incluye, es decir, incluye como parte de sí mismo que haya ajenos a sí mismo. ¿Pero por qué a Dios se le ocurre crear un universo así, sometido a esas leyes? Nietzsche lo expresa de manera luminosa: "la naturaleza no tiene leyes, sólo necesidad".
Nuestra idea de las "leyes de la naturaleza" es una confusa extrapolación del campo jurídico humano a un reino que nos es ajeno y que no comprendemos... porque estamos fuera de la naturaleza, no somos parte de ella, no somos animales racionales, no somos producto de ninguna evolución ni involución, sino injertos en medio de una naturaleza que nos es ajena, con el mandato de hacer de ese sinsentido algo con sentido.
La esencia de la creación es la libertad, cuya pobre imagen es hacer lo que me salga del gañote; la libertad significa ante todo autonomía de ser. Significa que un ser no es mensurable por el otro, significa que nuestros hijos no son responsables por nuestros pecados, ni somos responsables por los de ellos. Es desamparo y soledad, y es una potencia creadora sin límites.
La libertad es la ley interna de la creación: en nosotros tiene que ver con la inteligencia y la voluntad, pero también la naturaleza es libre, porque si Dios la creo, no podía hacerla más que libre, puesto que es la única trampa posible para que Dios pueda dar ser sin menoscabo del suyo propio: que pueda seguir siéndolo todo, y al mismo tiempo teniendo algo frente a él que no es él.
La libertad de la naturaleza es su necesidad, su necesidad del Todo, que no contiene partes, y que por tanto puede hacer desaparecer cualquiera de sus momentos por mera necesidad de equilibrio y sin que eso implique ningún mal.
La libertad nuestra (como más valiosos que somos de lo más valioso que se pudiera encontrar entre la naturaleza) se mueve en más direcciones:
-hay una libertad en relación a la naturaleza, que consiste en dotar de sentido, es decir, humanizar todo lo que se nos ponga delante; luchar contra la ley interna de desarrollo de la naturaleza, la muerte y la aniquilación, y vencerla cuanto podamos, integrarla en nuestra realidad, hacer que funcione para nosotros... y nosotros para Dios.
-hay una libertad en relación a los demás hombres, que no consiste en luchar y ganar o perder, sino en integrar, en realizar diversidad donde hay fragmento, y unidad donde hay amontonamiento.
-hay una libertad respecto de nosotros mismos, que consiste en admitir nuestra provisoriedad y caminar en medio de la grandeza creada sin achicarla a fuerza de golpearla con palabras.
-hay una libertad en relación a Dios, que no consiste en desentenderse de él, sino en respetar la oceánica incomprensibilidad de su ser, manteniendo nuestra palabra cerca de su oído, y la suya cerca del nuestro, como es la libertad específica del amor.
Dios no es justificable cuando lo metemos en medio de la naturaleza o del mundo humano, porque no está dentro de ni uno ni otro, sino en su espacio personal, acotado por su propia libertad creadora cuando creó otro distinto que él, y dotado de la esencia de su ser: la libertad, de la que la naturaleza participa sólo en una ínfima parte, sólo la suficiente para ser calificada de "otra" que Dios, pero de la que nosotros llevamos en plenitud, y nos hace imagen de él.
Cuando tratamos de pensar la idea de Dios, la noción de Dios, la existencia de Dios, y comenzamos por abolir los espacios acotados en los que los tres: Dios, naturaleza y hombre, nos movemos, cuando empezamos por empobrecer la creación haciéndola una parte de Dios y no un Otro por la voluntad creadora misma de Dios, no es posible aceptar que haya un Dios.
Un abrazo
Abel
PD: ¿pero no es todo esto muy antropocéntrico? bueno, algo así: es teocéntrico, y luego antropocéntrico, pero no confesaré ese pecado porque no tengo propósito de enmienda. Me tienen cansado los razonamientos seudocientíficos que empiezan por olvidar que el hombre no se parece a nada de la naturaleza, como no sea lo más superficial, y que si hay una realidad en la que podemos convivir dos, hombre y naturaleza, también podemos convivir tres, e invitarlo a Dios.
Nuestro Dios es un dios que salva