
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
La Palabra de Dios proclamada en la liturgia de este domingo nos ofrece algunos criterios fundamentales para pensar y actuar. Leemos en la Carta a los Romanos que todo mandamiento «se resume en esta palabra: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Rom 13,9). San Pablo insiste en este punto con una imagen muy impactante, presente también en el «Padre Nuestro». Escribe, en efecto: «Hermanos, a nadie le debáis nada, más que el amor mutuo» (v. 8).
Jesús nos enseñó a invocar y a practicar la remisión de las deudas. Sin embargo, hay un patrimonio que nos debemos unos a otros, sin quedarnos atrapados en él: es la deuda del amor mutuo. Toda la atención, el cuidado y el bien que hemos recibido nos hacen más libres y capaces de asumir responsabilidades.
En el Evangelio de este domingo, Jesús sugiere a toda comunidad cristiana al menos dos formas de ejercer el amor mutuo. La primera es ser capaces de la corrección fraterna. Es un arte delicado y demasiado a menudo olvidado, que exige franqueza y gradualidad. Hablar con sinceridad —primero cara a cara, luego, si es necesario, entre dos o tres personas y, por último, cuando sea preciso, con toda la comunidad— significa afrontar la realidad y transformar los problemas y conflictos en etapas de crecimiento. Las quejas y las calumnias son más fáciles, pero no aportan nada y paralizan muchas situaciones. El Evangelio, en cambio, nos educa en la libertad, en la caridad.
Hay además una segunda forma de amar fraternalmente, que para Jesús transforma incluso la oración: ponerse de acuerdo. No solo cuando hay un conflicto, sino para pedirle a Dios algún don. El Señor dice: «Si dos de vosotros en la tierra se ponen de acuerdo para pedir cualquier cosa, mi Padre que está en los cielos se la concederá» (Mt 18,19). Esta promesa sugiere que podemos tener deseos comunes, dolores comunes, esperanzas comunes y, a través de la oración, crecer en la unidad. Sin fe, cada uno podría sentirse solo y sospechar de los demás, viéndolos como extraños y enemigos. Por gracia, en cambio, somos hermanos y hermanas que podemos llevarnos bien: encontrándonos, perdonándonos y escuchándonos en el Señor.
Pidamos a María, que tras el anuncio del ángel se apresuró a acudir a visitar a su prima Isabel para compartir la alegría y el esfuerzo del embarazo, que nos enseñe también a nosotros el deber gozoso del amor fraterno.
Tras el Ángelus
Queridos hermanos y hermanas,
he seguido con gran dolor las noticias sobre los violentos ataques que han azotado recientemente varias ciudades e infraestructuras civiles en Ucrania, provocando la muerte de personas inocentes. Mi corazón se une al sufrimiento de la población, que desde hace años vive en la angustia y el miedo. Hago un nuevo llamamiento para que se ponga fin a la violencia, se detenga la destrucción y se abran los corazones al diálogo y a la paz. Espero que los esfuerzos emprendidos en estos días para reanudar las negociaciones den frutos concretos y abran un espacio a la diplomacia.
Elevemos nuestra oración al Señor, para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo.
Os doy la bienvenida a todos vosotros, romanos y peregrinos procedentes de diversos países. ¡Gracias por estar aquí!
Saludo en particular a la comunidad del Seminario Interdiocesano «Studienhaus Sankt Lambert» de Lantershofen, en Alemania.
Recibo con alegría la peregrinación de la parroquia de San Ulrico Obispo, de Musestre (Treviso), así como al coro diocesano de la diócesis de Oppido Mamertina-Palmi, acompañado por el obispo.
Mientras retomamos gradualmente las actividades habituales tras la pausa estival, pidamos al Señor que nos acompañe y nos sostenga con su luz.
¡Os deseo a todos un feliz domingo!