
Carolina Corral es presidenta de la Asociación Alba y se define como «perra vieja». Por su albergue en el corredor del Henares cada año pasan unos 1.200 animales abandonados, entre ellos cerdos, burros o la célebre cabra que la Policía rescató de un quinto en Villaverde y generó todo tipo de titulares. «Llevamos 28 años trabajando duro para mejorar su situación, aunque al principio era muy difícil que ninguna administración nos abriese las puertas; ahora ya se nos va teniendo en cuenta», nos explica. En 1998, cuando creó la asociación, sus miembros «ayudábamos en distintas protectoras de Madrid, pusimos 1.000 pesetas cada uno, fundamos esta porque se trabajaba poco con granjas y, hasta que conseguimos local, llegué a tener 15 perros en mi casa», nos cuenta. Aquella sensibilidad que parecía contracultural entonces ha calado en la sociedad española, como demuestra el estudio Percepciones y actitudes ante los animales que la Fundación BBVA publicó recientemente. De sus 2.020 encuestados, un 70 % describió como «muy grave» el abandono de animales, un 65 % estaba completamente de acuerdo con que todas las especies «son seres afectuosos» y un 49 % suscribía que «tienen vínculos familiares similares a los de los seres humanos». En definitiva, el estudio muestra «una estrecha continuidad entre humanos y animales» —a quienes se atribuyen características similares— y cómo esta dinámica se ha consolidado desde 2008. En lo práctico, esta sensibilización se ha traducido en que entidades como el SEPRONA «nos llamen para pedir ayuda en una incautación», recuerda Corral. A menudo se desplazan al medio rural, donde «hay animales metidos en establos asquerosos que solo ven la luz del día para cazar y únicamente reciben palos». Por eso «un 90 % de nuestros animales son galgos, podencos, mastines de vigilancia y perros potencialmente peligrosos».
Una fiebre que genera abusos
La última operación en la que participaron fue en abril, «cuando un criadero tenía más de 300 animales viviendo un infierno», rememora Corral. Los perros se hacinaban sobre un suelo de cemento, «tenían las uñas llenas de hongos, el pelo anudado y habían sufrido tantas infecciones de oído que se habían quedado sordos». Muchas hembras habían fallecido por «cesáreas hechas a lo vivo» para extraer a la fuerza sus crías y había cadáveres de cachorros con malformaciones. La paradoja es que, detrás de esta nave «había una criadora que buscaba a famosos por redes sociales para regalarles un caniche, que se grabaran y les diera publicidad». Es decir, este creciente afecto por los animales es a menudo instrumentalizado por tiburones de los negocios que les someten a abusos que no sucederían con una demanda racional.
La concepción de las mascotas como bienes de consumo es una de las banderas rojas que Asociación Alba vigila cuando entrevista a un posible padrino. «Hay quien viene preguntando por un perro de raza que ha visto, no mira a los demás y eso nos chirría», detalla la presidenta. También tienen cuidado ante «señoras mayores que piden un perrito para que le haga compañía» pero no cuentan con quien se encargue de él si empeora su salud. O «personas con depresión que creen que mejorarían con un animalito». Este último escenario «hay que estudiarlo bien porque, aunque los perros son buenos sanadores, a veces las personas no son capaces de cuidarlos, sufren más frustración y la vuelcan con el animal, lo que acaba mal». Como alternativa, «nosotros vamos de visita a residencias de ancianos y aquí vienen personas con discapacidad».
¿Cómo afecta a la natalidad?
La presidenta de Asociación Alba recalca que, aunque «mucha gente concibe a su mascota como un miembro más de la familia, hay que dejar a los animales serlo». En sus 28 años de experiencia ha visto a quienes «echan a los animales colonia cuando lo que les gusta es oler a perro», colecciones infinitas de abrigos, pezuñas pintadas con esmalte de colores o caniches teñidos de azul. Es una dinámica que el propio Francisco denunció en 2023 durante Los Estados Generales de la Natalidad, un encuentro junto a Giorgia Meloni en el que narró cómo una mujer se le acercó con un carrito pidiendo «una bendición para mi niño». Dentro, en vez de un bebé, había un perro. «Yo perdí la paciencia y le regañé», contaba el Papa, «tantos niños tienen hambre y usted me trae un perrito». En este sentido, el Catecismo señala en su artículo 2.415 que «el séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación», en el 2.416 que «los hombres les deben aprecio» a los animales, en el 2.417 que «se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos» y en el 2.418 que «se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos».
Pablo Redondo, profesor en la Universidad de Zaragoza y experto en Sociología de la Familia, describe natalidad y mascotas como «dos fenómenos que conviven pero no hay una relación causa-efecto ni uno viene a cubrir al otro». De hecho, atribuye principalmente que haya más perros a «las familias de edad avanzada». Lo que a su juicio explica que en ciudades como Gijón haya casi el doble de perros que niños es que «cada vez más mujeres dan prioridad a su carrera laboral, porque para eso han estudiado y quieren tener las mismas oportunidades». Es más, ellas conservan ese deseo porque, «cuando les preguntamos cuántos hijos querrían tener, la media sale más alta de los que tienen». Aquí influye que, «al tener el primero a los 30 años, se reduce la posibilidad de tener un segundo». Según Redondo, «cuando alguien estudia en la universidad, ya está retrasando la edad en que va a ser independiente» y, al entrar el primer trabajo, «tener un hijo trunca esos planes porque te ponen exigencias incompatibles con la familia». Es una dinámica global, pero además «España es el país de la UE con la natalidad más baja», lo que achaca a «una estructura empresarial donde predominan las PYMES y es más complicada la conciliación y una dejadez de largo de las políticas públicas donde, por ejemplo, no hay suficientes escuelas de 0 a 3 años».