iez y seis veces podemos leer a san Bernardo en la oración litúrgica. Ello ya indica la importancia de un santo de quien dijo Dom Mabillon: "Fue el último de los Padres, pero no desmerece ciertamente de los primeros".
Es una figura capital en la Europa de la primera mitad del siglo XII. Nació en Fontaines-lés-Dijon (Champaña 1090), y murió en Claraval (Clairvaux, Borgoña, 1153). Es imposible resumir en pocas palabras su vida, por otra parte bien conocida. A los veintidós años (1112) entró en el monasterio del Císter, fundado hacía poco como reforma de Cluny. Entró acompañado de 30 caballeros, algunos familiares suyos, y es considerado como el segundo fundador de la Orden, que sobrevivió gracias a su carisma. La Orden entonces creció rápidamente y él, aun siendo un apasionado de la soledad y del silencio, tuvo que intervenir en numerosas fundaciones, empezando por la de Claraval, tercera del Císter, de la que fue el primer abad, desde los veinticinco años hasta su muerte. Prueba de su irradiación y actividad son los 68 monasterios fundados por él mismo, entre los 160 que arrancan de Claraval o de sus casas filiales.
Por si eso fuese poco, intervino en todos los problemas agudos de su tiempo: el cisma de 1130 por la elección de dos papas (Inocencio II y Anacleto II), las polémicas contra Abelardo (1140), la insurrección de Amaldo de Brescia (1144), la predicación de la segunda Cruzada (1145), etc.
Su mérito principal dentro de la Iglesia es la creación de una nueva espiritualidad. Él no lo pretendió, pero su firme personalidad dio forma a una nueva manera de seguir los caminos del Espíritu. En cuanto a la vida monástica, él quería volver a la genuina espiritualidad de san Benito; insiste en los elementos de austeridad, pobreza, trabajo manual, silencio, simplificación litúrgica. En cierto modo se aparta, sin querer, de la tradición benedictina y favorece la oración individual, la lectura, la meditación y algunas prácticas devocionales. Es originalísimo en su amor personal, tierno, afectuoso, por la humanidad de Cristo. Lo contempla, lo ama y quiere imitarlo en cada virtud que descubre en él: quiere ser humilde con Cristo humilde, pobre con Cristo pobre, etc. Es un precedente de la devoción al Nombre de Jesús, al Sagrado Corazón y otras devociones que nacieron posteriormente con mayor o menor acierto en la vida de la Iglesia.
Sus obras escritas son un tesoro de espiritualidad. En contra de la dialéctica de la Escolástica incipiente, él se mantiene en la tradición de los santos Padres. Sigue la línea bíblico-litúrgica de su Orden, pero en la interpretación de la Escritura usa constantemente el alegorismo. Por un lado maravilla su conocimiento de la Escritura, que brota de su pluma como un manantial inagotable; por otro lado cansa a veces la aplicación alegórica, por no decir arbitraria. Sin embargo, ello no disminuye en nada su seguridad doctrinal y teológica, ni la transmisión de la tradición espiritual anterior, especialmente de san Benito, enriquecida, ahora, con su aportación rica y variadísima, colmada de amor y de sensibilidad mística.
La producción literaria más abundante son los sermones que predicaba a los monjes en las reuniones capitulares, siguiendo los usos del Císter, y sus cartas, que reflejan en toda su amplitud la vida de la Europa cristiana de su tiempo. Los sermones se hallan reunidos por temas en sus obras; los más famosos son los del "Comentario al Cantar de los Cantares", el comentario al Salmo 90, Qui habitat, y los de las "Alabanzas de la Virgen Madre". Entre los tratados citamos: Sobre la consideración, dedicado al papa Eugenio III, Sobre las costumbres y el ministerio de los obispos, De los grados de la humildad y la soberbia y De la gracia y el libre albedrío.
En la Liturgia de las Horas tenemos las siguientes lecturas:
Dos sobre el Cantar, el miércoles III y el 20 de agosto, memoria del santo. En la primera, como respuesta a una maldición contra los transgresores de la Ley en el Deuteronomio, nos recuerda que la gracia es más abundante que el pecado (cf. Rm 5,20) y nos hace sentir de forma personalísima los motivos infinitos de confianza en el perdón de Dios. En la lectura de su memoria podemos leer una apología y explanación de la grandeza, belleza y dulzura del amor total hacia el Dios-Esposo. El único comentario posible es la lectura del fragmento.
De las homilías en loor de la Virgen Madre, también hay dos: el 20 de diciembre y el martes XX. La de Adviento es una contemplación de María en el momento de la Anunciación. San Bernardo, con todo su amor y veneración, se convierte en espectador y suplicante; al lado de María, le ruega que dé aquel sí que tiene que ser nuestra salvación. La del martes XX sirve para comentar el texto de Isaías 7,14: "... la Virgen dará a luz un hijo" y es una continua exaltación de la virginidad de María, de su humildad y de su plenitud de gracia.
Dos fragmentos del comentario al Salmo 90. Uno para la fiesta del mártir san Pancracio y el otro para los santos Ángeles, 12 de mayo y 2 de octubre, respectivamente. En ambas fiestas toma unas palabras del Salmo para hacer su comentario. Al mártir le conviene el versículo: "Estaré junto a él en los peligros", y en la glosa de esas palabras se recorren los grandes motivos de confianza en el martirio. Para los Ángeles: "Ha dado orden a sus ángeles para que te protejan en tus caminos", de ahí deduce la doctrina del ángel custodio, nos alecciona sobre la confianza que podemos tener en los ángeles y la veneración con que debemos comportarnos en su presencia.
El día de la Virgen del Rosario leemos un fragmento del popularísimo sermón titulado De aquaeductu y predicado en la Natividad de María. San Bernardo no conoció la forma concreta del Rosario, pero en esa lectura, que recuerda la Encarnación, nos aconseja meditar precisamente los temas que, después de él, constituirán los misterios del Rosario mariano.
El miércoles I de Adviento, el sermón 5 de Adviento nos recuerda las tres venidas del Señor: el nacimiento temporal y visible; la venida invisible por obra del Espíritu Santo en las almas de los justos, y la venida definitiva en gloria y majestad.
Del sermón I sobre la Epifanía sacamos una contemplación del texto: "Se ha revelado la bondad de Dios" (Tt 3,4); en él llega a comparar la misericordia de Dios a un saco que cae al suelo y tiene que romperse para que se esparza su contenido de amor.
Para la fiesta de la Virgen de los Dolores, hay un sermón del domingo dentro de la octava de la Asunción. Contempla la fortaleza de María al pie de la cruz y su compasión redentora, asociada a la pasión de Cristo.
Volvemos a encontrar a san Bernardo en el día de Todos los Santos en su sermón 2 sobre la fiesta. ¿Qué significa la glorificación de los santos? La fe viva y la caridad despiertan un eco infinito en el corazón de otro santo. Son nuestros hermanos, al mismo tiempo ejemplo, estímulo, intercesores. Es una explicación sentida de la comunión de los Santos.
El martes y miércoles XXIII escuchamos un comentario al profeta Habacuc: "Permanezco de pie en el lugar de la guardia" (Ha 2,1). Dicha guardia es el silencio interior, donde habita Cristo y se expresa con palabras de vida eterna. La del miércoles guía nuestros pasos por el camino de la contemplación.
La memoria de san Pelayo nos da ocasión de leer algo del tratado Sobre las costumbres y el ministerio de los obispos. El ejemplo de pureza del mártir Pelayo ante el califa es ilustrado con un elogio enardecido de la castidad con caridad.
Finalmente, el lunes VI, una lectura de los Proverbios (3,1-20) es comentada por san Bernardo, y en ella nos recuerda el ansia, la prudencia y la humildad con las que tenemos que buscar y conservar la sabiduría que Dios comunica a las almas de sus amigos.
J. F.