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El Testigo Fiel
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San Agustín: Confesiones
Libro III
«Estudiante en cartago. Su encuentro con el maniqueísmo»

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII

Libro Tercero: Estudiante en Cartago. Su encuentro con el Maniqueísmo

CONTENIDO
I. Amores engañosos
II. Afición al teatro. La compasión trágica
III. Impertinencia de Agustín y misericordia de Dios. Los estudiantes "eversores"
IV. Lectura del "Hortensius" de Cicerón
V. Decepcionante encuentro con la Biblia
VI. Los maniqueos y su doctrina
VII. Ignorancia de Agustín sobre el verdadero sentido de la fe cristiana. Evolución de la ley moral
VIII. Acciones contrarias a la naturaleza y acciones contrarias a la costumbre
IX. Faltas relativas a los hombres en el tiempo
X. Falta de lógica en las creencias maniqueas
XI. Plegarias y sueños de Mónica
XII. Respuesta de un obispo a Mónica
Notas al Libro III

CAPÍTULO I

AMORES ENGAÑOSOS

1. Llegué a Cartago y por todas partes crepitaba en torno mío un hervidero de amores impuros. 1 Aún no amaba, pero amaba amar y con profunda indigencia me aborrecía a mí mismo por ser menos indigente. Amando amar, buscaba en qué depositar mi amor y detestaba la seguridad y el camino sin lazos. 2

Porque sentía hambre interiormente por falta del alimento interior, de ti mismo, oh Dios mío. Mas esta hambre no excitaba mi apetito, antes no tenía deseo alguno de los manjares incorruptibles, no porque estuviese lleno de ellos sino porque, cuanto más vacío, tanto más hastiado me sentía.

Y por eso no se encontraba bien mi alma que, se arrojaba fuera de sí, cubierta de úlceras, ávida de restregarse miserablemente con el contacto de los seres sensibles, los cuales, si no tuvieren alma, no serían ciertamente amados.

Amar y ser amado me resultaba más dulce cuando podía gozar también del cuerpo del ser amado. Así manchaba yo, con la inmundicia de la concupiscencia, la corriente de la amistad y empañaba su blancura con los vahos infernales de la lujuria. Y, aunque envilecido y deshonesto, me desvivía por ser elegante y cortés, en el colmo de la vanidad.

Vine a caer en el amor, del que deseaba ser presa. ¡Dios mío, misericordia mía! ¡De cuánta hiel me rociaste aquella suavidad y cuán bueno fuiste al hacerlo! Porque logré ser correspondido y llegué secretamente al gozo que encadena y me iba enlazando alegremente con nudos de miserias para ser azotado con las varas de hierro candente de los celos, de las sospechas, de los temores, de las cóleras y de las porfías.

CAPÍTULO II

AFICIÓN AL TEATRO. LA COMPASIÓN TRÁGICA

2. Atraíanme las representaciones teatrales, repletas de imágenes de mis miserias y de incentivos de mi fuego.

¿Por qué será que quiere el hombre sufrir en el teatro, contemplando escenas dolorosas y trágicas que de ningún modo querría padecer personalmente? Y, no obstante, quiere, como espectador, padecer el sufrimiento que hay en ellas y en ese mismo sufrimiento estriba su placer. ¿Qué es esto, si no es una extraña demencia? Porque tanto más se conmueve uno con ese espectáculo, cuanto menos inmunizado está contra tales afectos, bien que cuando uno mismo lo padece se suele llamar miseria y cuando se compadece de otros, misericordia.

Mas ¿qué clase de misericordia cabe hacia las ficciones escénicas? No es provocado, en realidad, el espectador a socorrer, sino que es invitado únicamente a sufrir, y tanto más aplaude al autor de semejantes ficciones cuanto más sufre. Y si esos infortunios de seres humanos, remotos o imaginarios, son representados sin que sufra el espectador, retírase éste disgustado y refunfuñando, pero si sufre, permanece allí atento y satisfecho.

3. Ámanse, pues, las lágrimas y los sufrimientos. Cierto que todo hombre quiere gozar. No agradándole a nadie ser miserable, puesto que lo que agrada es ser misericordioso, y como eso no cabe sin dolor, ¿no será que por esta única razón gusten los sufrimientos?

Este sentimiento proviene también de aquel manantial de la amistad. Pero ¿adonde va? ¿Adonde fluye? ¿Por qué discurre hacia el torrente de pez hirviendo, remolino monstruoso de negras liviandades, en que aquélla se cambia y transforma por su propio impulso, cuando se desvía y cae de su celeste limpidez?

¿Habrá, pues, que repudiar la misericordia? De ningún modo. Amese, pues, en algún caso el sufrimiento. Pero guárdate, alma mía, de la inmundicia con la protección de mi Dios, el Dios de nuestros padres, digno de ser alabado y sobreensalzado por todos los siglos. Guárdate de la inmundicia.

Ni siquiera hoy día vivo sin compadecerme. Pero en aquel entonces participaba en el teatro del gozo de los amantes, cuando torpemente gozaban el uno con el otro, por muy imaginarias que fuesen esas acciones en la representación escénica. Y cuando se perdían el uno para el otro participaba de su tristeza con cierta conmiseración. Y en ambos casos me deleitaba. Hoy, en cambio, tengo más compasión del que se goza en la infamia que del que parece duramente castigado por la privación de un placer dañino o por la pérdida de una miserable felicidad. Es ésta, a buen seguro, más auténtica misericordia, pero no causa deleite en ella el sufrimiento. Pues aun cuando es de alabar el que se conduele de un desgraciado por un deber de caridad, el que es genuinamente compasivo preferiría, sin lugar a dudas, que no hubiera de qué dolerse. Sólo que existiese, cosa que no puede ser, una benevolencia malévola, podría el que es verdadera y sinceramente compasivo desear que hubiese seres desgraciados para compadecerse de ellos.

Existe, pues, algún sufrimiento que debe ser aprobado, pero ninguno que deba ser amado. Si tú, Señor Dios, que amas las almas, sientes por ellas una misericordia inmensamente más pura e incorruptible que nosotros es, precisamente, porque ningún sufrimiento te atormenta. Y de esto ¿quién sería capaz?

4. Pero yo en aquellos días, desventurado dé mí, amaba sufrir y buscaba tener de qué sufrir, cuando en el infortunio ajeno, imaginario y teatral, me producía más placer y me atraía con más vehemencia aquella representación del actor en que se me saltaban las lágrimas.

Mas ¿qué tiene de extraño que yo, desventurada oveja descarriada de tu rebaño y renuente a tu custodia, estuviese contagiado de asquerosa sarna? De ahí arrancaban mis aficiones por los sufrimientos, no por los que pudiesen penetrar en mí profundamente —ya que no me gustaba padecerlos de la misma especie de aquellos que me gustaba contemplar— sino por los que, oídos e imaginados, apenas podían más que rozarme superficialmente. 3 Con todo, como las uñas de los que se rascan, formaban tumores inflamados y abscesos y pus repugnante.

Tal era mi vida. ¿Era eso vida, Dios mío?

CAPÍTULO III

IMPERTINENCIA DE AGUSTÍN Y MISERICORDIA DE DIOS. LOS ESTUDIANTES "EVERSORES"

5. Y volaba, dando vueltas sobre mí, fiel y lejana, tu misericordia. ¡En qué enormes iniquidades me consumí! ¡Por qué sacrilega curiosidad llegué a abandonarte para arrastrarme a lo más profundo de la infidelidad y a la mentirosa esclavitud de los demonios! A ellos ofrecía en sacrificio mis malas acciones. Y en todas ellas me flagelabas tú.

Me atreví a codiciar frutos de muerte y a intentar el modo de procurármelos aun durante la celebración de tus solemnidades, dentro de los muros de tu iglesia. 4. Por lo que me azotaste con pesados castigos, que nada eran comparados con mi falta, oh tú, grandísima misericordia mía, mi Dios, mi refugio contra los terribles peligros en medio de los cuales anduve errante, con el cuello bien erguido, para más alejarme de ti, amando mis caminos y no los tuyos, amando mi libertad de esclavo fugitivo.

6. Aquellos estudios, que se llamaban honorables, desembocaban en la perspectiva de los debates en el foro. En ellos pretendía sobresalir, granjeándome tanto más las alabanzas cuanto mejor acertase a engañar. ¡Es tanta la ceguera de los hombres que hasta de su misma ceguera llegan a gloriarse!

Ya era el primero en la escuela del retórico. 5 Estaba lleno de orgullosa satisfacción e hinchado de vanidad, si bien permanecía mucho más calmado que los demás, tú lo sabes, Señor, y por completo ajeno a las barbaridades que cometían los eversores —esta denominación siniestra y diabólica ha llegado a ser ejecutoria de cortesía—, entre quienes vivía con desvergonzada vergüenza de no ser como ellos. Con ellos convivía y hallaba a veces contento en su amistad, no obstante, el horror que siempre me inspiraban sus fechorías, es decir, las novatadas con que descaradamente hostigaban la timidez de los escolares bisoños, sin otra finalidad que turbarla sin motivo con sus burlas y sacar de ahí pasto para sus malévolas diversiones. Nada más parecido que aquella conducta a la conducta de los demonios.

Y ¿qué más justo que ser llamados perturbadores, estando ellos completamente perturbados de antemano y pervertidos por los espíritus que en secreto los inducen al error y se burlan de ellos y los engañan en eso mismo en que pretenden burlarse y engañar a los demás? 6

CAPÍTULO IV

LECTURA DEL "HORTENSIUS" DE CICERÓN

7. Rodeado de tales compañías estudiaba yo, en una edad sin consistencia todavía, los tratados de elocuencia, arte en la que ambicionaba descollar, con el propósito condenable y frívolo de ir saboreando los goces de la humana vanidad.

Siguiendo el ciclo habitual de los estudios había llegado ya a la obra de un tal Cicerón, 7 cuya lengua casi todos admiran, no así el corazón. 8 Aquella obra suya contiene una exhortación del autor a la filosofía y se intitula Hortensius.9

Pues bien, aquel libro cambió mis sentimientos, orientó hacia ti, Señor, mis preces e hizo que fueran otros mis deseos y aspiraciones. De repente se tornó vil para mí toda vana esperanza y ansiaba con increíble ardor del corazón la inmortalidad de la sabiduría y empecé a incorporarme para volver a ti.

Porque no era el pulimento del lenguaje —cosa que, según todas las apariencias, compraba yo con los subsidios de mi madre, cuando frisaba en los diecinueve años y hacía ya dos que había muerto mi padre—, no era al pulimento del lenguaje, digo, adonde yo encaminaba la lectura de aquel libro, ni era la expresión literaria lo que me había convencido, sino lo que decía.

8. ¡Cómo ardía yo, Dios mío, cómo ardía por volar de lo terreno hacia ti, y no me daba cuenta de lo que hacías conmigo! Porque en ti está la sabiduría. El amor de la sabiduría lleva el nombre griego de filosofía; en ese amor me inflamaban aquellas páginas.

No faltan quienes seducen por medio de la filosofía, coloreando y adornando sus errores con nombre tan grande, lisonjero y honorable. Casi todos los que en tiempos del autor y con anterioridad a él habían procedido de semejante manera están señalados y desenmascarados en ese libro, en el que se pone de manifiesto aquella saludable advertencia de tu Espíritu por medio de tu bueno y piadoso servidor: Mirad que nadie os engañe con filosofías falaces y vanas, fundadas en humanas tradiciones, en los elementos del mundo y no en Cristo. Pues en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad.

A mí en aquella época, tú lo sabes, luz de mi corazón, como no conocía aún estas palabras del Apóstol, lo único que me agradaba en aquella exhortación a la filosofía era que me excitaba con sus palabras y me encendía y me inflamaba a desear, buscar, alcanzar, retener y abrazar fuertemente, no esta o aquella secta, sino la sabiduría misma, cualquiera que ella fuese.10

Y la única cosa que me desilusionaba en medio de tan grande ardor era que no figurase allí el nombre de Cristo. Porque este nombre, por tu misericordia, Señor, este nombre de mi Salvador, tu Hijo, habíalo piadosamente bebido mi tierno corazón ya en la misma leche de mi madre y lo conservaba en lo más profundo y cualquier obra que no tuviese este nombre, por muy literaria y cuidada y verídica que fuese, no me atraía por completo.

CAPÍTULO V

DECEPCIONANTE ENCUENTRO CON LA BIBLIA

9. Resolví, pues, aplicarme al estudio de las Santas Escrituras para ver cómo eran. Y lo que veo es esto: que es algo que no se revela a los soberbios ni se descubre a los niños, sino que, humilde en su pórtico, muéstrase, a medida que se va entrando, sublime y velado de misterios. No me encontraba en condiciones de poder entrar en ellas ni de inclinar la cerviz para caminar por ellas. Pues no sentí como me estoy expresando ahora cuando me apliqué a estas Escrituras, antes me parecieron indignas de compararse con la dignidad de Marco Tulio. Es que mi hinchazón repugnaba su modestia y mi enfoque no penetraba su fondo. Aunque estaban hechas para crecer con los pequeños, yo desdeñaba ser pequeño e, hinchado de presunción, me consideraba grande.11

CAPÍTULO VI

LOS MANIQUEOS Y SU DOCTRINA

10. Por eso vine a caer 12 entre unos hombres delirantes de soberbia, carnales y locuaces en extremo,13 en cuya boca se ocultaban los lazos del demonio, una liga viscosa, mezcla de sílabas de tu nombre y de los de Nuestro Señor Jesucristo y del Paráclito nuestro Consolador, el Espíritu Santo. 14 No se les caían estos nombres de sus labios, si bien sólo en cuanto al sonido y ruido de la lengua, porque el corazón estaba vacío de la verdad.

Repetían: "¡Verdad, verdad!", y me hablaban mucho de ella. Pero no se encontraba en ellos por ninguna parte, antes enunciaban falsedades, no sólo acerca de ti, que eres verdaderamente la Verdad, sino también acerca de los elementos de este mundo, creación tuya. Aun a los filósofos que sobre ellos dicen cosas verdaderas he tenido que dejar atrás por amor tuyo, Padre mío soberanamente bueno, hermosura de todas las hermosuras.

¡Oh verdad, verdad! ¡Cuán entrañablemente suspiraba ya entonces por ti la médula de mi alma, cuando aquellos hombres te hacían resonar ante mí con insistencia y de múltiples modos, ya con su sola voz, ya con muchos y abultados volúmenes! 15

Aquellos eran los platos en los que a mí te presentaban. Estaba hambriento de ti y se me servía, en tu lugar, el sol y la luna, 16 hermosas obras tuyas, pero al cabo obras tuyas, y no a ti, ni siquiera las más excelentes de tus obras. Porque superiores son tus obras espirituales a esas materiales, por luminosas y celestes que sean.

Mas ni siquiera de aquellas más excelentes tenía yo hambre y sed, sino de ti mismo, oh verdad, en la que no hay mudanza ni sombra de variación.

Y seguían ofreciéndome en aquellos platos espléndidas quimeras, cuando más hubiera valido ya entonces amar a este sol real, al menos para nuestros ojos, que no aquellos fantasmas que engañan al espíritu a través de los ojos. Y, no obstante, como creía que eras tú, las comía, si bien sin apetito, porque ni tenías en mi paladar el sabor de lo que eres —puesto que no eras tú aquellas vanas ficciones—, ni me nutría con ellas, antes me iba debilitando más y más.

Los alimentos que se toman en sueños son muy parecidos a los que se toman cuando estamos despiertos, y, con todo, no se alimentan con ellos los que duermen porque están dormidos. Mas aquellos alimentos no tenían la menor semejanza contigo, tal como ahora me has hablado; eran fantasmas corpóreos, falsos cuerpos, menos reales que esos cuerpos verdaderos, celestes o terrestres, que vemos con los ojos de la carne. Vérnoslos como los ven los brutos y las aves y son más reales que cuando los imaginamos. Y hasta los imaginamos con mayor realidad que si por ellos conjeturásemos otros más grandes y sin límites, que no tienen existencia en absoluto. De eso me sustentaba yo entonces, de viandas vanas que no me sustentaban.

Pero tú, amor mío, hacia quien desfallezco para ser fuerte, ni eres esos cuerpos que vemos aunque sea en el cielo, ni los que no vemos allí, porque eres tú quien los ha creado y no los cuentas entre tus más altas creaciones. ¡Qué lejos estás de aquellos fantasmas míos, fantasmas de cuerpos que no tienen realidad alguna! Más reales que ellos son los fantasmas de los cuerpos que existen y, todavía más reales que éstos, los cuerpos mismos; que no eres tú, sin embargo.

Ni eres tampoco el alma, que es la vida de los cuerpos —y, en tanto que vida de los cuerpos, es mejor y más real que los cuerpos—, sino que eres la vida de las almas, la vida de las vidas, que vives por ti mismo y no cambias, oh vida de mi alma.

11. ¿Dónde estabas entonces para mí? ¡Muy lejos! Y bien lejos peregrinaba yo, separado de ti, ni siquiera admitido a participar de las bellotas de los puercos que yo alimentaba con bellotas. 17 ¡Cuánto mejores, en realidad, las fábulas de los gramáticos y de los poetas que aquellas trampas! Porque los versos y la poesía y "Medea volando" son, sin duda, más provechosos -que los cinco elementos diversamente metamorfoseados, conforme a los cinco antros de tinieblas, 18 cosas que no existen en absoluto y matan al que las cree. Los versos y la poesía puedo transformarlos en verdadero alimento. En cambio el ‘"vuelo de Medea", aunque lo declamaba, no lo afirmaba; aunque lo oía declamar, no creía en él. En esas otras quimeras, empero, sí creí.

¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Por qué escalones fui rodando hasta el fondo del abismo, fatigado y enfebrecido por la escasez de la verdad, cuando te buscaba, Dios mío —a ti te lo confieso, que tuviste piedad de mí cuando todavía no te confesaba—, siguiendo, no las luces del entendimiento por el que quisiste que aventajara a los brutos, sino el sentido de la carne. Pero tú estabas más dentro de mí mismo que lo más íntimo de mí y más alto que lo más elevado de mi ser.

Tropecé con aquella mujer descarada y carente de prudencia que, en la alegoría de Salomón, está sentada en una silla a la puerta y dice: Comed alegremente del pan misterioso y bebed a hurtadillas del agua dulce. Sedújome esta mujer porque me encontró fuera, morando en los ojos de mi carne y rumiando dentro de mí lo que por ellos había devorado. 19

CAPÍTULO VII

IGNORANCIA DE AGUSTÍN SOBRE EL VERDADERO SENTIDO DE LA FE CRISTIANA. EVOLUCIÓN DE LA LEY MORAL

12. Desconocía, en efecto, la otra realidad, la que verdaderamente es, y como que era aguijoneado a sostener las ideas de mis estúpidos engañadores, cuando me preguntaban de dónde venía el mal, y si Dios estaba limitado por una forma corporal y si tenía cabellos y uñas, y si era menester contar entre los justos a los que tenían muchas mujeres a la vez y cometían homicidios y ofrecían sacrificios de animales. 20 Con estas cuestiones me desconcertaba en mi ignorancia y, alejándome de la verdad, me parecía dirigirme a ella, porque no sabía que el mal no es más que la privación del bien, hasta el límite de la pura nada.

Y ¿cómo podría verlo yo, cuya visión se limitaba a los cuerpos para los ojos y a los fantasmas para el espíritu? No sabía que Dios es espíritu, que no tiene miembros a lo largo ni a lo ancho, ni tiene masa, porque una parte de la masa es menor que su totalidad. Y aun cuando fuese infinita, es menor en una parte definida por un espacio dado que en su infinitud, y no está toda entera en todo lugar como un espíritu, como Dios.

Y qué es lo que hay en nosotros, según lo cual existimos y somos llamados con verdad en la Escritura seres a imagen de Dios, lo ignoraba también en absoluto.

13. Ni conocía la verdadera justicia interior, ésa que no juzga según la costumbre, sino según la ley rectísima de Dios todopoderoso, a la que deben conformarse las costumbres de los pueblos y de los tiempos, según los pueblos y los tiempos, mientras que ella, en todas partes y siempre, permanece idéntica, no distinta en distintos lugares ni diversa en diversos tiempos. 21

Según esta ley eran justos Abraham, Isaac y Jacob, Moisés y David y todos cuantos por boca de Dios fueron alabados; y si eran juzgados impíos, lo era por ignorantes que juzgaban según la luz humana y medían las costumbres del género humano en general conforme a sus propias costumbres en particular. Es como si uno, que no entiende de armaduras, ni de qué pieza se adapta a cada miembro, pretendiera cubrirse la cabeza con las grebas y calzarse los pies con la celada, y se quejase de que no se le acomoda la armadura. O como si un día declarado festivo por la tarde se irritase alguno porque no se le permite poner algo a la venta, habiéndosele permitido en la mañana. O como si en una misma casa, viendo a un esclavo tomar en sus manos un objeto que no se permite tocar al que sirve la copa, o hacer detrás del establo lo que está prohibido delante de la mesa, se indignara uno de que en una misma mansión y en una misma familia no se permita lo mismo en todo lugar y a todos. 22

Así son los que se escandalizan cuando oyen decir que en aquella época les está permitido a los justos algo que no les está permitido a los justos en la nuestra; y que Dios ordenó una cosa a aquéllos y otra a éstos, según las circunstancias de los tiempos, aunque unos y otros sirvan a la misma justicia. Y eso que están viendo cómo en un mismo hombre, en un mismo día, en una misma morada, una cosa conviene a un miembro y otra a otro; y que lo que en un tiempo fue lícito, pasada su hora ya no lo es; que una acción está autorizada u ordenada en tal rincón y en tal otro de al lado se la prohibe y castiga.

¿Es que varía y cambia la justicia? Son los tiempos que ella preside los que no caminan con la misma andadura, que no en balde son tiempos.

Mas los hombres, cuya vida sobre la tierra es breve, no son capaces de comprender los motivos de conducta de los siglos precedentes ni los de otros pueblos que no conocen por experiencia, para ligarlos con la trama de los que ellos han experimentado. En cambio, si se trata de un mismo cuerpo, de una misma casa, fácilmente pueden ver lo que conviene a cada miembro, a cada momento, a cada pieza o a cada persona. En un caso se escandalizan, en el otro lo aceptan.

14. Desconocía yo entonces todas estas cosas y no les prestaba atención; por todas partes saltaban a mis ojos pero no las veía. Declamaba poemas y no me era lícito poner dondequiera cualquier pie, sino que en tal y tal metro es de tal y tal manera, y en un mismo verso no pongo en todos los sitios el mismo pie. Y el arte mismo de la versificación no poseía unas reglas aquí y otras allí, sino que todas formaban un sistema de conjunto.

Y no echaba de ver que la justicia, a la que servían los hombres de bien y los santos, tenía una manera muy superior y más elevada de formar un conjunto con todos sus preceptos. Sin variarlos un punto no los distribuye ni los prescribe todos simultáneamente en las diferentes épocas, sino que a cada época reserva los preceptos apropiados. Y censuraba, en mi ceguera, a los piadosos patriarcas que no sólo habían usado del presente como Dios se lo ordenara e inspirara, sino que predijeron asimismo el porvenir, tal como Dios se lo revelara.23

CAPÍTULO VIII

ACCIONES CONTRARIAS A LA NATURALEZA Y ACCIONES CONTRARIAS A LA COSTUMBRE

15. ¿Es injusto, en algún tiempo o en algún lugar, amar a Dios de todo corazón, con toda el alma y con toda la mente y amar al prójimo como a ti mismo? Pues de la misma manera deben ser en todo lugar y tiempo detestadas y castigadas las acciones viciosas que son contra naturaleza, como fueron las de los sodomitas. Aunque todos los pueblos las cometieron serían igualmente culpables ante la ley divina, que no ha hecho a los hombres para que usen unos de otros de ese modo. Viólase, en efecto, la alianza misma que debemos tener con Dios, cuando esa misma naturaleza, de la que él es autor, se mancilla con la perversidad de un deseo desordenado.

Pero las acciones viciosas, que van contra las costumbres de los hombres, deben ser evitadas según la diversidad de las costumbres, de suerte que el pacto mutuo entre las ciudades y las naciones, garantizado por la costumbre o por la ley, no pueda jamás ser violado por el caprichoso deseo de un ciudadano o de un extranjero. Porque resulta deforme toda parte que no se conforma con su todo.

Y cuando Dios ordena una cosa que se opone a una costumbre o a un pacto de quienquiera que sea, aunque nunca se haya hecho en ese lugar, débese hacer; si dejó de observarse, hay que restablecerla, y si no estaba instituida, hay que instituirla. Si está permitido a un rey, en la ciudad en que reina, dar una orden que nadie antes de él ni él mismo hasta entonces había dado, y no es contrario al bien común de esa ciudad obedecerle, antes lo sería el no obedecerle —pues es ley general de la sociedad humana obedecer a sus reyes—, ¿cuánto más Dios, soberano universal de todas sus criaturas, debe ser, sin ningún género de dudas, obedecido en todo lo que ordenare? Pues así como en la jerarquía de la sociedad humana la autoridad superior tiene preferencia sobre la inferior para ser obedecida, así Dios tiene preferencia sobre todos.

16. Otro tanto cabe afirmar de los delitos que implican el deseo de dañar a los demás, sea con afrenta, sea con injuria. En uno y en otro caso se procede, o por motivo de venganza: enemigo contra enemigo; o por apoderarse de un bien ajeno; el ladrón contra el viandante; o por evitar algún mal: así a la vista de aquél a quién se teme; o por envidia: el desgraciado que envidia a otro más afortunado que él, o un afortunado que recela que otro le iguale o que sufre porque le ha igualado; o por puro placer del mal ajeno: tal los que contemplan los combates de gladiadores o los que se burlan y mofan de quienquiera que sea.

Estas son las principales fuentes de iniquidad que proliferan en el deseo desordenado de dominar, de ver y de sentir; en uno solo, en dos de ellos o en los tres a la vez. Y se vive en el mal, contra los "tres y siete", el salterio de diez cuerdas, tu decálogo, oh Dios altísimo y dulcísimo. 24

Mas ¿qué acciones viciosas podrán dañarte a ti, que eres incorruptible? o ¿qué atentados se podrán cometer contra ti, a quien nadie puede perjudicar? Pero castigas lo que contra sí mismos cometen los hombres porque, aun cuando pecan contra ti, obran impíamente contra sus propias almas y miéntese a sí misma su iniquidad, ya corrompiendo y depravando su naturaleza, que tu hiciste y ordenaste, ya usando inmoderadamente de las cosas permitidas, ya apeteciendo con ardor las prohibidas para un uso que va contra la naturaleza. Hácense asimismo reos, cuando se irritan contra ti de pensamiento o de palabra y tiran coces contra el aguijón o, cuando, rotas las barreras de la humana sociedad, se complacen audaces en facciones o divisiones, según el agrado o disgusto que en cada caso experimenten.

Y eso es lo que sucede cuando se te abandona a ti, fuente de vida, único y verdadero creador y rector del universo, y, por un orgullo particularista, se ama en la parte un falso todo.

De manera que únicamente con humilde piedad se torna a ti y tú nos purificas de las malas costumbres y perdonas los pecados de quienes te confiesan y escuchas los gemidos de los encarcelados y nos desatas las cadenas que nosotros nos habíamos forjado, con tal de que ya no levantemos contra ti los cuernos de una falsa libertad, por la codicia de poseer más y con el riesgo de perderlo todo, amando más nuestro propio bien que a ti, bien de todos.

CAPÍTULO IX

FALTAS RELATIVAS A LOS HOMBRES EN EL TIEMPO

17. Pero, al lado de las acciones viciosas y de los atentados y de tantas iniquidades están los pecados de los que van progresando, que los hombres de buen juicio reprochan según la ley de la perfección y alaban por la esperanza de una cosecha, como el trigo en berza.

Hay actos que se parecen a las acciones viciosas o al delito y que no son pecados, porque ni te ofenden a ti, Señor, Dios nuestro, ni a la comunidad social. Como cuando se procuran algunos bienes para usarlos cuando la vida y las circunstancias lo aconsejen, y no se sabe si ello procede o no de desordenada codicia, o cuando, en ejercicio de la legítima autoridad, se castiga con la intención de corregir y no se sabe si es o no por el deseo de perjudicar.

Hay, pues, muchos actos, que parecen merecer la desaprobación de los hombres y que han recibido de ti un testimonio de aprobación, y muchos, alabados por los hombres, que son condenados por tu testimonio. Ya que, con frecuencia, una cosa es la apariencia del hecho y otra la intención del que lo hace y la coyuntura secreta de las circunstancias.

Pero cuando tú ordenas de repente algo inusitado e imprevisto, aun cuando lo hayas prohibido en otro tiempo, aun cuando ocultes temporalmente los motivos de tu mandato, aun cuando vaya contra el pacto social de un grupo de hombres, ¿quién dudará que se ha de cumplir, pues que sólo es justa la sociedad humana que te sirve? Más dichosos los que saben que eres tú quien lo ha mandado. Porque todo cuanto tus siervos hacen tiene por objeto, o poner en evidencia las exigencias del presente o prefigurar lo porvenir. 25

CAPÍTULO X

FALTA DE LÓGICA EN LAS CREENCIAS MANIQUEAS

18. Desconocedor de estos principios, burlábame de aquellos tus santos siervos y profetas. 26 Y ¿qué conseguía yo cuando de ellos me burlaba sino que te burlases tú de mí, dejándome llegar insensiblemente y poco a poco a ridiculeces tales como creer que el higo, cuando se le coge del árbol, y su madre, la higuera, lloran lágrimas de leche? 27 Mas que si algún "santo" comía dicho higo, cogido no por él, por supuesto, sino por delito de otro, se le adhería a las entrañas y exhalaba de él ángeles y hasta partículas de Dios, gimiendo y eructando en su plegaria. Y que esas partículas del sumo y verdadero Dios habrían permanecido encadenadas en aquella fruta de no haber sido libertadas por el diente y el estómago del "santo elegido". 28

Y yo creí, miserable, que se debía tener más compasión con los frutos de la tierra que con los hombres, para quienes brotan. Si algún hambriento, que no fuese maniqueo, me los pedía, parecíame que era como condenar a muerte aquel bocado, si se lo daba. 29

CAPÍTULO XI

PLEGARIAS Y SUEÑOS DE MÓNICA

19. Y extendiste tu mano de lo alto y sacaste mi alma de este abismo de las tinieblas, en vista de que mi madre, tu fiel sierva, me lloraba ante ti más de lo que lloran las madres la muerte del cuerpo. Bien veía ella con la fe y el espíritu que de ti había recibido, que yo estaba muerto. Y tú, Señor, la escuchaste. La escuchaste y no menospreciaste sus lágrimas que, manando abundantes, regaban la tierra debajo de sus ojos dondequiera que oraba.

La escuchaste. ¿De dónde podía venir si no aquel sueño con que la consolaste, hasta el grado de que accedió a vivir conmigo y a compartir conmigo la misma mesa en casa? Cosa a que ella se había negado anteriormente, en su aversión y repugnancia por las blasfemias a que me empujaba mi error. 30

Vio, pues, en sueños que estaba de pie sobre una regla de madera, toda triste y deshecha en llanto, y que venía avanzando hacia ella un joven resplandeciente con rostro alegre y risueño y que le preguntaba la causa de su dolor y de sus lágrimas cotidianas, no para saberla mas para consolarla, como se hace con frecuencia. Respondióle que era mi perdición lo que lloraba. Él entonces le ordenó y aconsejó, para su seguridad, que observara atentamente: vería que donde ella estuviese estaría también yo. Tan pronto como miró, me vio que estaba junto a ella de pie sobre la misma regla.

¿De dónde vino este sueño sino de que tus oídos estaban atentos a su corazón, oh bondad todopoderosa, que cuidas de cada uno de nosotros como si cuidases de él solo, y de todos nosotros juntamente como de cada uno en particular?

20. Y ¿de dónde vino también que, narrándome mi madre esta visión y queriéndola convencer yo de que significaba lo contrario y de que no debía desesperar de que algún día sería también ella lo que era yo al presente, al punto y sin vacilación alguna: "No, replicó, no se me dijo: allá donde él está, allá estarás tú, sino: donde estás tú, allá estará también él."

Te confieso, Señor, mi recuerdo tal como me viene a la memoria y es una cosa que muchas veces no he callado: que más me impresionó esta respuesta de mi avisada madre, que no se turbó por la errónea cuanto verosímil interpretación sugerida por mí y vio tan pronto lo que debía verse —y que yo no había visto antes de que ella me replicara—, que el sueño mismo con el que con tanto tiempo de antelación anunciaste a esta piadosa mujer, a fin de consolarla en su aflicción presente, el gozo que tanto tiempo después había de tener.

Hubieron de transcurrir aún casi nueve años, durante los cuales seguí revoleándome en aquel cieno profundo y en aquellas tinieblas del error, tratando de levantarme muchas veces y volviendo a caer más gravemente. Durante todo ese tiempo, aquella viuda casta, piadosa y sobria, como tu las quieres, ya más contenta, sin duda, en la esperanza pero no menos remisa en las lágrimas y en los gemidos, no cesaba de llorar por mí en tu acatamiento en todos los ratos de su oración. Sus plegarias entraban en tu acatamiento y, no obstante, me dejabas que todavía me envolviera y revolviera en aquellas tinieblas.

CAPÍTULO XII

RESPUESTA DE UN OBISPO A MÓNICA

21. Entre tanto diste una segunda respuesta, que recuerde. Porque, en mi prisa por llegar a las que más me urgen a que te las confiese, paso por alto muchas cosas y de muchas otras no me acuerdo. Diste una segunda respuesta a través de tu sacerdote, un obispo que se había criado en la iglesia y ejercitado en la inteligencia de tus libros. Le había rogado aquella mujer que se dignase platicar conmigo, refutar mis errores, desengañarme de las malas doctrinas y enseñarme las buenas. Así se conducía ella cada vez que encontraba gentes capaces. El rehusó, prudentemente según creo, por lo que pude comprobar más tarde. Respondió, en efecto, que era todavía yo incapaz de recibir ninguna enseñanza, por estar muy infatuado con la novedad de aquella herejía y porque, con algunas cuestioncillas, había puesto ya en apuros a no pocos ignorantes, como ella le había hecho saber.

"Pero déjale estar, dijo el obispo, y únicamente ruega por él al Señor, que él mismo con sus lecturas descubrirá la naturaleza de ese error y la gravedad de su impiedad." Y le contaba, al propio tiempo, que también él siendo niño, había sido confiado a los maniqueos por su madre, a quien ellos habían engañado. Que no sólo había leído sino inclusive copiado casi todos sus libros, y que por sí solo había visto claramente, sin que nadie se hubiese acercado a discutir con él y convencerle, cómo había que escapar de aquella secta. Y que así había escapado.

Tras haber dicho él estas cosas, aún no quería entrar en razón mi madre, sino que insistía, con mayores ruegos y abundantes lágrimas, para que me viese y discutiera conmigo. Él, un tanto impaciente y enojado ya, le dijo: "Vete, déjame; tan cierto es que tú vives, como que no puede ser que perezca el hijo de esas lágrimas". Palabras que ella acogió, según me lo recordaba con frecuencia en sus conversaciones conmigo, como si hubiesen sonado del cielo.

Notas al Libro III:

1 En el texto latino se da un juego de palabras: Carthago — Sartago, que no es dable expresar en la traducción española.

Son muchos los testimonios de los antiguos coincidentes en señalar la provincia de África como una de las más licenciosas del Imperio. Y dentro de África se llevaba la palma la opulenta y celebérrima Cartago, que mereció ser llamada la ciudad del placer, Carthago Veneris. Salviano, quien nos ha legado una patética descripción de las corrompidas costumbres de la antigua metrópoli fenicia (De gubernatione Dei, VII, 16), nos asegura en términos retóricos que resultaba tan difícil encontrar en África un africano casto, fuese o no cristiano, como encontrar un africano que no fuera africano.

Empieza Agustín el relato de su permanencia en Cartago con la evocación de sus desvaríos y de su pasión por los espectáculos. Pero si analiza brillantemente la esencia del placer dramático, no suministra ningún detalle sobre el género de espectáculos que le atraían. Dos pasajes de La Ciudad de Dios (II, 4 y II, 26), colman, en parte, esta laguna. Describe allí las fiestas en honor de la gran Madre frigia y de la diosa africana Tanit, romanizada en Caelestis. Esas festividades, que duraban varios días, dejaron en él un recuerdo tanto más vivo cuanto que se permitía a los estudiantes una extremada licencia. Vio desfilar por las calles de Cartago a los "galos", sacerdotes eunucos, con el cabello húmedo, acicalado el rostro y el andar afeminado y contempló con mirada irreverente la representación realista de los amores de Cibeles y de Atis.

Y no eran esos ritos paganos las únicas manifestaciones públicas que podían ser interpretadas de manera escabrosa por un adolescente pletórico de vida. Representábanse también espectáculos para todo público al aire libre, o en el gran Teatro o en la sala de Odeón. Así es como Agustín nos va informando en diversos escritos, según se le presenta la ocasión, de que ha asistido a pantomimas sobre los amores de Júpiter, los trabajos de Hércules, la historia de Agamenón, de Aquiles, de Príamo y de Hécuba, de Héctor y Andrómaca, el descenso de Eneas a los infiernos y, naturalmente, a un buen número de comedias entre las que descuellan las del africano Terencio. Asistió asimismo al anfiteatro y al circo. En el primero, palestra donde en otro tiempo sufrieron los mártires, contemplaba cómo los gladiadores contendían entre sí o contra las fieras; en el segundo se dejó arrastrar por la afición a las carreras, que apasionaban entonces al vasto Imperio romano.

Nos da cuenta, con suma justeza, de la inquieta existencia de los cartagineses, que se desvivían por los espectáculos. Esa vida intensa y plena de colorido no se limitaba a determinados lugares o momentos. Discurría, menos ceremoniosa es cierto, por las rectas y regulares avenidas de Byrsa, el viejo centro de la ciudad, por las inmensas termas del Foro, lugar preferido por el vagabundeo de los estudiantes, sobre la explanada, célebre por sus hermosos mosaicos, así como por las estrechas callejuelas próximas al puerto, incesante hormiguero de gente de mar y de pequeños comerciantes, y hasta por los espaciosos bulevares del oeste, flanqueados por las soberbias residencias de los amos de la administración, de los negocios y de la tierra.

2 La via sine muscipulis es aquella en que el alma está al abrigo de las corrupciones —o, más bien, de los corruptores— del amor. Alusión al libro de la Sabiduría 15,11 o al Salmo 90, 3. Agustín leía así ese versículo: liberauit me de muscipula uenantium. Cotéjese la glosa que hace a este versículo en el Comentario al Salmo 90.

3 Ha deplorado su afición de adolescente por los espectáculos en que los histriones representaban tragedias antiguas. Pero su condenación de aquel antiguo error suyo está lejos de ser absoluta. No reprueba el teatro en sí mismo, ni los sentimientos de compasión y de piedad que suscita. Si no se refiere a la famosa catharsis dé las pasiones, de que hablara Aristóteles a propósito de la tragedia, considera, sin embargo, que el hombre tiene necesidad de ejercitar la compasión del corazón (misericordia) con ocasión de los humanos sufrimientos, aunque no sean más que representados. Y no duda en atribuir al amor esa sympathia que hace amar el dolor mismo. Opina, pues, que hay que ejercitar la misericordia a fin de enriquecer el corazón, pero que es menester cierta reserva en ello y que no se debe extender la piedad hasta los sufrimientos merecidos por pasiones ilegítimas. Lo que él condena en el teatro es la ambigüedad de la piedad, que va unida a la ambigüedad del amor; no admite que el falso amor pueda suscitar la misma simpatía que el auténtico. Y en los espectáculos escénicos se suelen representar con harta frecuencia las perversiones del amor.

4 Se acostumbra a ver aquí una alusión a su primer encuentro con la que había de convertirse en su fiel compañera y en la madre de su hijo, que, desde luego, era cristiana.

5 A Cartago llegó Agustín a continuar los estudios de retórica que iniciara en Madaura. Cuando del aula del gramático pasaba a la del retor, encontrábase el alumno con idénticos autores, mas hacía de ellos un uso diferente. Cicerón dominaba, sin posible competencia, esta etapa de la enseñanza y sus obras teóricas más antiguas, como el De Inventione en particular, disfrutaban de la más amplia consideración en las escuelas. La enseñanza de la retórica era mitad teórica, mitad práctica y no tenía otra meta final que la elocuencia. Los estudiantes adiestrábanse en estas tres clases de ejercicios: defender una causa ante un tribunal, discutir un asunto en una asamblea, sostener una conferencia ante un público letrado; tres modos para un antiguo de asegurar, por el arte de bien hablar, el éxito de una carrera. La teoría se remontaba a Cicerón y, por encima de él, a los sofistas griegos de fines del siglo V a. de C. Apenas había sufrido modificaciones en el transcurso de los siglos: proponía a los estudiantes un vasto repertorio de esquemas que permitían tratar todos los asuntos posibles; les suministraba las ideas y el modo de desarrollarlas en un discurso.

Pero, la primacía se la llevaba la práctica, a la que alumnos y profesores dedicaban la mayor parte del tiempo. Habiendo comenzado ya en las clases de gramática, el alumno se entregaba sucesivamente a una serie graduada de ejercicios preparatorios, escalonados por orden creciente de dificultad. Agustín ha conservado el recuerdo preciso de uno de ellos, que le valió en Madaura un enorme éxito entre sus compañeros (I, 17, 27): Mas el entrenamiento en la retórica consistía, más que nada, en preparar y pronunciar discursos. También aquí había dos tipos de ejercicios: uno, la deliberación: consistía en expresar los consejos que habría necesitado algún importante personaje en un punto crucial de su carrera. Este ejercicio demandaba, no sólo una precisa información histórica y un agudo sentido psicológico, sino además cierto don dramático para dar vida a la situación delante de los oyentes. El otro, la controversia, era más difícil: tratábase de una defensa ficticia, en la que había que escoger y justificar la posición a defender en una causa, poniendo en juego un punto de derecho, falso las más de las veces. Cuanto más imaginaria era la ley invocada y más inverosímil la situación, más oportunidad tenía el escolar de demostrar su pericia en resolver las dificultades, la sutileza de su juicio y la riqueza de su elocución. Los temas que han llegado hasta nosotros son de una inverosimilitud rayana en lo grotesco y nos muestran el poco caso que se hacía de la realidad en la elección de los ejercicios destinados a los estudiantes de retórica.

6 Por huir de estos estudiantes rebeldes, se trasladó de Cartago a Roma, siendo ya profesor.

7 Mil explicaciones se han ofrecido en torno al sentido del extraño cuiusdam aplicado al príncipe de la elecuencia latina. No hay que llegar, por supuesto, al extremo de un Tescari, quien sostuvo seriamente que Agustín oyó hablar de Cicerón por vez primera cuando leyó su Hortensius. Explicación verdaderamente peregrina, si se tiene en cuenta el preeminente lugar que ocupaba tal autor en la enseñanza de la retórica. Tampoco hay que suponer, a la ligera, que nuestro Santo buscaba así adaptarse a la presunta ignorancia de sus lectores. Difícilmente hubiera podido adoptar una tal actitud refiriéndose a Eneas —a quien también alude como a "un cierto Eneas" (I, 13, 20)— y a Cicerón ante sus amigos de África o de Nola. Hay otras explicaciones más satisfactorias. Como la que apela al gusto de Agustín por las expresiones vagas, sobre todo en momentos cruciales de su historia, cuando se trata de recalcar una particular intervención de la Providencia divina. O la que ve en la frase desdeñosa una concesión a la moda según la cual los cristianos de la época afectan menospreciar la cultura pagana. O la que, basándose en el inciso siguiente, niega al cuiusdam cualquier

intención peyorativa. O la que, en fin, teniendo presente que el de Hipona se está dirigiendo a Dios en las Confesiones, quiere que en la citada expresión se signifique la vanidad de un renombre tan ilustre como el de Cicerón frente a la grandeza de Dios.

8 Suele traducirse pectus por "fondo", contraponiéndolo a sí a la "forma", que sería el lenguaje. Pero parece más indicado traducirle por "corazón", sobre todo, si se considera que es el propio Cicerón quien ve en la antítesis lingua-pectus la antinomia de la retórica y de la filosofía.

9 De esta obra, que Cicerón escribió en la primavera del 45 a. de C., no quedan más que fragmentos, por lo general muy breves —precisamente a Agustín debemos los más extensos y característicos— pero suficientes para dar una idea bastante exacta del contenido. Su autor, poco original siempre en sus incursiones filosóficas, se inspiraba de cerca en el Protréptico de Aristóteles, obra que tampoco conocemos más que fragmentariamente.

El Hortensius, como el Protréptico, era una exhortación a la sabiduría y a la vida del espíritu. El título mismo encerraba un juego de palabras: Hortatio-Hortensius. Reproducía este libro el famoso dilema del Protréptico: "Si hay que filosofar, hay que filosofar; si no hay que filosofar, hay, sin embargo, que filosofar, porque no se podría demostrar la necesidad de no filosofar sin argumentos, que son ya filosofía".

Iniciábase el diálogo con una justificación de diferentes disciplinas, para irse enzarzando a poco en una controversia, en la que Hortensio, enemigo de la filosofía, reprochaba a ésta su método dialéctico, su tardío origen y sus indignos representantes. Replicaba Cicerón con una apología de la verdadera filosofía: sólo ella conduce a los hombres a la vida feliz, que es la meta de todos sus afanes; a este efecto enseña el menosprecio de los bienes sensuales y el cultivo de las virtudes; esa vida feliz es la vida divina, que encierra toda sabiduría. Presentaba la vida del espíritu como la única digna del hombre, la única que responde plenamente a su naturaleza intelectual. Mencionaba, además, los nombres de los principales filósofos, exponiendo sumariamente sus sistemas, y se cerraba con un elogio de la filosofía y una ardiente invitación a consagrarse a su servicio.

10 Por lo que directamente conocemos, no es el Hortensius una obra tan apasionante como podría sospecharse por el testimonio de Agustín. Ni el diálogo era del mejor Cicerón, ni éste, anclado en el eclecticismo y en el escepticismo, era capaz de entusiasmar a nadie en el terreno de la filosofía. Débese exclusivamente a la importancia que el Santo le concediera el que el Hortensius haya gozado de fama durante siglos y el que, todavía hoy, estimule nuestra curiosidad. Si era un libro tan excelente, ¿por qué fue tan relativamente poco conocido antes de dar en manos de Agustín y por qué volvió a caer en el olvido hasta perderse? ¿No sería, acaso, un libro más bien modesto, al que le cupo en suerte inflamar el espíritu de aquel joven en un trance en que estaba presto a inflamarse? ¿No habrá sido este librito, como las peras de su infancia, un objeto en sí intranscendente, pero erigido por Agustín en símbolo de algo mucho más importante y preñado de consecuencias? La lectura del Hortensius señala el despertar de su alma a un interés real por la Verdad. Por eso atribuye, sin duda, una importancia tan desmesurada a su descubrimiento. En realidad no acarreó directamente grandes cambios en él este librito: prosiguió su carrera con una energía renovada y con idénticas ambiciones. Pero esa lectura fue, a la vez, la causa y la ocasión de que se abriera su espíritu a la filosofía.

11 Era difícil que el brillante alumno de retórica, experto en todas las elegancias de la lengua latina, avezado a la rotunda gravedad del período ciceroniano, no se sintiera defraudado al tropezar con aquel latín de las primitivas versiones bíblicas que reproducía servilmente, traduciendo a los Setenta, el ritmo de las lenguas semitas, con pasajes poco inteligibles, en ocasiones, por el prurito de apegarse al original, y siempre lejanos, por la abundancia de hebraísmos y de vulgarismos, de la elegancia clásica.

12 Instintivamente emplea San Agustín en sus libros el verbo incidí cada vez que se refiere a su encuentro con los maniqueos. Parece que fue un encuentro fortuito, mientras seguía los cursos en Cartago; la trascendencia, sin embargo, fue considerable por las razones que claramente expone en las Confesiones y en otros escritos.

Tuvo lugar el año diecinueve de su edad, inmediatamente después de la lectura del Hortensius y de un conato de acercamiento personal a las Sagradas Escrituras. Dotado de una inteligencia excepcional y de una delicada sensibilidad, aunaba Agustín en su temperamento dos tendencias complementarias: la tendencia especulativa, con una exigencia crítica muy marcada, y la tendencia religiosa y mística, con el deseo de gustar íntimamente las realidades divinas. La lectura del Hortensius le había procurado ese entusiasmo por las ideas que prende en las inteligencias penetrantes al primer contacto con la filosofía. Lo había apartado de la gloria humana y del gusto por los placeres, pero ese desprendimiento pertenecía todavía más al orden de las ideas que al de las convicciones vitales. Y, sin embargo, la tendencia mística y religiosa, reforzada por la profunda influencia de la primera educación cristiana, llevábale a desear algo más que una sabiduría abstracta y puramente especulativa. No encontraba en aquel libro el nombre de Cristo. Hacíale falta, pues, una doctrina que combinase, siquiera fuese en apariencia, la especulación y la religión: era lo que iba a encontrar en el maniqueísmo.

13 Se está refiriendo a los seguidores de Mani (216-277), revelador de una nueva religión, cuyo fondo está constituido por un gnosticismo dualista, inspirado en el gnosticismo judeo-cristiano y en el zoroastrismo iranio. Mani tomó elementos de las diversas religiones que conocía, y ese sincretismo constituye el núcleo de su mensaje, ya que él se juzgaba el heredero de todas las religiones. En muchos puntos se inspira en el cristianismo siríaco. Jesús y el Paráclito desempeñan en su gnosis un papel preeminente; la pasión de Jesús se desnuda de su significado histórico para tomar un carácter místico, pero nunca deja de estar en la base de su teología de salvación.

El maniqueísmo es, en parte, ajeno al cristianismo y constituye, por tanto, una nueva religión. Una religión que tendrá expansión universal. Se extenderá desde China hasta África del Norte y se prolongará hasta bien entrada la Edad Media. Pero al mismo tiempo esa nueva religión es, en otro aspecto, un desarrollo del cristianismo siríaco, cuyas tendencias exagera hasta las últimas consecuencias: un dualismo cosmológico, que desemboca en una total condenación del mundo material; un encratismo moral que proscribe el matrimonio y el uso de ciertos alimentos.

Es una religión del libro. Mani y sus primeros discípulos consignan sus enseñanzas en una literatura abundante e intangible, hasta configurar un sistema de pensamiento que pretende ser total y totalitario. Un sistema que comprende una metafísica, definida por el dualismo absoluto, la oposición de dos "principios"; una cosmología y una física, que ofrecen una explicación del origen del mundo, de la naturaleza de los astros y de los elementos; una antropología y una ética, las del conocimiento de sí y de la purificación por disociación; una escatología, que informa acerca del último destino del mundo y del hombre.

De manera que el maniqueísmo ofrécese a los neófitos como una explicación plena, que resuelve los problemas religiosos y profanos, como un saber absoluto, donde todo está definitivamente integrado. No es de maravillar que sedujera a la incauta inteligencia de Agustín.

Esencialmente es una gnosis, es decir, un conocimiento superior prometido a un grupo escogido de iniciados, que esclarece en un conjunto doctrinal la oscuridad de la condición humana. Es una doctrina que promete la salvación por el conocimiento que revela al alma su verdadera naturaleza: el alma es una partícula de Dios perdida en la materia, de la que debe liberarse. Dios es extraño al mundo y el mundo extraño a Dios. El alma humana se salva, primero adquiriendo conciencia de su destierro, de esa inmersión en el mundo, donde su esencia se encuentra extraviada en un medio extraño, y después liberándose del mundo para volver a su medio natural, el de las potencias divinas.

Esta religión gnóstica y sincretista había penetrado en África antes de haberse cumplido veinte años de la muerte de Mani, y era sumamente próspera cuando Agustín cayó en sus lazos. Condenados los maniqueos repetidas veces por las autoridades civiles antes y durante el período en que nuestro estudiante fue uno de ellos, su mayor influencia se ejercía en los círculos intelectuales, ya que, más que a la fe y a la autoridad, apelaban a la razón y a la investigación personal. Y no está por demás subrayar que los maniqueos de África, sin dejar de mantener su oposición al Cristianismo, sostenían estrechas relaciones con la Iglesia católica, que, cosa curiosa, manifestaba menos desconfianza hacia ellos que hacia los cismáticos donatistas. Se pasaba del Cristianismo al maniqueísmo y viceversa sin llamar tanto la atención como cuando se pasaba del catolicismo al donatismo. Más de una vez se descubrió que algunos miembros del clero, en funciones desde hacía muchos años, eran, al mismo tiempo, maniqueos. Y de no haber dejado de serlo nunca, acusaron a Agustín los donatistas siendo ya obispo de Hipona.

Es menester señalar la veneración que sentían los maniqueos africanos por San Pablo. Frend ha llegado a asentar que el maniqueísmo de África era una herejía paulina y se ha preguntado, con razón, en qué medida estudiaría Agustín las Epístolas del Apóstol durante los diez años que fuera maniqueo. Así, quizá, se explique el papel predominante de San Pablo en su conversión y el que, apenas convertido, sintiera curiosidad por leerle desde un punto de vista cristiano.

Desde un punto de vista práctico, el maniqueísmo se preocupaba sobremanera por el problema del mal y, en particular, por el demonio. Aseguraba que la vida de cada hombre está gobernada por la conjunción de los planetas y los astros en el instante de su nacimiento y que, como los demonios presiden los movimientos de esos cuerpos celestes, los únicos recursos contra ellos son la religión y la astrologia. De manera que ésta última resulta esencial al maniqueísmo y la demonología era una suprema tentación para cuantos estimaban más prudente aplacar que contrariar a los espíritus del aire, los más dañinos, por cierto. Ahora se comprenderá mejor por qué mostró Agustín tanto interés por la demonología y por la astrologia y por qué les fue tan enconadamente hostil más tarde. Así como su constante preocupación por el problema del mal.

14 En un amplio texto de Fausto de Milevi, conservado por el Santo, tenemos esbozada, no sólo la concepción maniquea de la Trinidad, sino casi toda su teología. Es fácil advertir en él el "subordinacionismo" de las tres Personas, el "materialismo" que invade la concepción del Hijo y del Espíritu, con la justificación de un culto del sol y de la luna y la doctrina de la generación y de la pasión cósmica de Iesus patibilis.

Presentaban los maniqueos con rara habilidad sus dogmas, pugnando por mostrarse más cristianos que los cristianos mismos, y siempre estaban prestos a invocar las tres Personas divinas, pero alterando gravemente el dogma.

15 La doctrina maniquea estaba contenida en estos siete libros: el Shabuhragan, escrito en persa medio y dedicado al rey Sapor, el Evangelio viviente, el Tesoro de la Vida, la Pragmática o "Tratado", el Libro de los Misterios o de los Secretos, el Libro de los Gigantes y las Cartas.

16 En el sol residía, según los maniqueos, el poder del Hijo, y en la luna, su sabiduría. Por eso inculcaban particular devoción a estos astros.

17 Nueva referencia a la parábola del Hijo pródigo (Lc 15,16).

18 Según una obra maniquea, la Epístola del fundamento, los cinco antros de las tinieblas son las cinco provincias que integran el Reino del Mal, a saber, Tinieblas, Aguas cenagosas, Vientos desencadenados, Fuego devorador y Humo denso, habitadas respectivamente por cinco especies de habitantes: serpientes, peces, pájaros, cuadrúpedos, y bípedos. No obstante su diversidad, esas especies de habitantes son de la misma naturaleza y, aunque cada una de las tres primeras tiene su señor propio, están todas sometidas al señor de los bípedos de la tierra del Humo. Este se llama el Príncipe de las Tinieblas y sus discípulos son los demonios.

19 En esa mujer de los Proverbios 9,17, personifica la secta de los maniqueos.

20 El Antiguo Testamento era el blanco preferido de los ataques maniqueos. El aparente antropomorfismo de la idea de Dios, la poligamia de los Patriarcas y ciertos rasgos de su conducta y de su vida religiosa que aquí menciona el Santo, no eran más que algunas de las numerosas objeciones que de él sacaban para restarle valor en su polémica anticristiana.

21 En su propósito de rechazar en bloque todo el Antiguo Testamento no les resultaba difícil entresacar determinados hechos de la vida de los Patriarcas poco conformes a la ley moral. Un breve repaso de esas acusaciones le ofrece a Agustín la oportunidad de bosquejar una teoría de las leyes morales positivas y de la diversidad de los actos pecaminosos.

22 Este mismo punto es ampliamente desarrollado en su De doctrina cristiana, III, 15-22.

23 En varias de sus obras antimaniqueas tratará de explicar el Santo la ley moral de los Patriarcas.

24 Fue Agustín uno de los primeros en vulgarizar el número diez de los mandamientos, tres relativos al honor de Dios y siete al provecho del prójimo.

25 En el capítulo anterior y en el presente ha clasificado los pecados en tres categorías: flagitia, facinora y peccata proficientium. La diferencia entre las dos primeras expónela también en el De doctrina cristiana, III, l0, 16: "Quae agit indomita cupiditas ad corrumpendum animum et corpus suum, flagitium uocatur; quod autem agit ut alteri noceat, facinus dicitur".

Los flagitia, actos reprobados sin más, se subdividen en dos clases: a) Los actos contra naturam, como el pecado de los sodomitas, que son intrínsecamente malos y, por lo tanto, ilícitos siempre y en todas partes. Y seguirían siendo tales aunque todos los hombres los cometieran, porque al violar la naturaleza, violan la ley divina misma. b) Los actos contra mores hominum, que están prohibidos o permitidos según la diversidad de tiempos y lugares, ya que únicamente violan un pacto social. Si es Dios quien ordena tales actos, están permitidos, puesto que Dios está por encima de las leyes humanas, como el príncipe está por encima de las leyes de su ciudad.

Los facinora son malas acciones dirigidas contra otras personas y cuya raíz hay que buscar en las tendencias capitales de la voluntad de poder, de la curiosidad y de la sensualidad. Tales actos. son igualmente castigados por Dios.

Los peccata proficientium son pecados del hombre individual en su progreso o del hombre universal en su desarrollo en la historia. Estas faltas son ambiguas, como lo es el progreso mismo; deficientes y censurables con respecto al futuro y, a la vez, anunciadoras de ese mismo porvenir. Son similia uel flagitio uel facinori, mas no son verdaderos pecados, puesto que no ofenden realmente ni a Dios ni a la comunidad humana. Aquí puede diferir el juicio de Dios del juicio de los hombres: son lícitos estos actos cuando Dios los prescribe, y hay que cumplirlos, aunque no se vea clara por el momento su justificación. Son siempre justificables en razón de una utilidad en el presente o de la prefiguración del porvenir.

26 Siempre dentro del empeño maniqueo de considerar al Dios del Antiguo Testamento como un ser irresponsable, inmoral e irascible, cuyos favorecidos son hombres merecedores de nuestro desprecio y la Ley que nos ha legado, ridicula e indigna de un Dios.

27 Era creencia maniquea que los chasquidos de las ramas al troncharse del árbol o del fruto al desprenderse de la rama y las gotas de savia que se agrupan en el lugar de la escisión, no eran otra cosa que los quejidos y las lágrimas de partículas divinas existentes en gran número en los árboles.

28 La iglesia maniquea se componía de elegidos y de oyentes. Los primeros cumplían a perfección las más nimias prescripciones de la secta y no debían ser muy numerosos. Cuando comían los alimentos que les presentaban los oyentes no tenían otro pensamiento que liberar las partículas divinas prisioneras en las viandas. Al ofrecérseles una fruta habían de comerla toda entera sin permitir que se perdiera nada. Y acompañaban sus comidas con himnos y plegarias para activar el saludable cometido que estaban desempeñando.

29 Porque las partículas divinas contenidas en el manjar, en lugar de ser liberadas por el elegido, pasarían a formar parte de la carne de aquel hombre y seguirían en la esclavitud.

30 Ateniéndonos al Contra Académicos, II, 2, 3, esto debió ocurrir en Tagaste, donde, a raíz de su regreso de Cartago, parece que vivió en la casa de su amigo y mecenas Romaniano, hasta que Mónica le permitió vivir con ella.

 

Partes de esta serie: Introducción · Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X · Libro XI · Libro XII · Libro XIII
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