Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz. Ésta es la Jerusalén que el Señor Jesús, que es la verdadera y suprema paz, construye con piedras vivas; la Jerusalén que tiende a su contemplación, en la firme creencia de que con su visión será definitivamente dichosa. Esta Jerusalén es la santa Iglesia, es cualquier comunidad santa, es cualquier alma santa.
Levántate -dice-, brilla, Jerusalén. Con razón se le dice: Levántate a la que yacía; con razón se le dice: brilla a la que estaba ciega. Yacía ciega en las tinieblas, en los errores, en la iniquidad. Y se le dice: Levántate, porque ya se había inclinado el que iba a levantarla; se le dice: brilla, porque estaba ya presente el que iba a iluminarla. ¿Qué otra cosa nos grita hoy la nueva estrella desde el cielo, sino: Levántate, brilla? La señal del nacimiento del Señor apareció en el cielo para que del amor a las cosas terrenales nos elevemos al amor de las cosas celestiales. Y esta señal fue una estrella, para que comprendiéramos que su nacimiento nos iba a iluminar.
Ahora bien: ¿a quién gritaba la estrella su mensaje? Indudablemente a aquella reina Jerusalén, que vino solícita de los confines de la tierra a escuchar la sabiduría de Salomón, cuyo nombre significa pacífico. Por eso aquélla es verdaderamente Jerusalén, es decir, visión de paz, porque venía a ver al pacífico. Esta reina simboliza la Iglesia formada por los paganos, pues ella misma era pagana. A su vez, la Iglesia es indudablemente reina, pues rige a gran cantidad de pueblos y naciones. De ella dice David: De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro.
Esta Iglesia comienza a nacer hoy entre aquellos paganos que vieron la estrella y comprendieron su significado. Así pues, esta reina viene hoy desde los confines de la tierra para contemplar a aquel de quien se dijo: Y aquí hay uno que es más que Salomón. Realmente era más que Salomón, porque aquél era simplemente Salomón, esto es, pacífico, mientras que éste es de tal modo pacífico, que es al mismo tiempo la paz en persona, como dice el Apóstol: Él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa.
Y así, se llama a nuestra reina Jerusalén, es decir, visión de paz, porque hacia la paz se dirigía presurosa. Y muy expresivamente también se le llama a nuestra reina, reina de Saba, pues Saba significa cautividad. La Iglesia es efectivamente reina de Saba, puesto que ordena y conduce con acierto este pueblo cautivo, con el cual peregrina lejos de aquel reino, en el que no existe ni cautividad ni miseria. Reino que ella misma recibirá el día del juicio, cuando el Señor le diga: Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros. Esta reina, es decir, la Iglesia santa formada por los paganos, hasta que llegó este día yacía en tinieblas; hasta que llegó este día permaneció ciega. Pero hoy se le dice: Levántate, brilla.