
San Emiliano, mártir de Durostoros (actual Silistra, en al frontera entre Bulgaria y Rumanía), aparece en diversas fuentes antiguas, como el Martirologio Jeronimiano, San Jerónimo, Teodoreto, la "Crónica Pascual" y posiblemente también San Ambrosio. Existe una "passio" griega de este santo que, aunque no exenta de errores y elementos legendarios, fue escrita sobre la base de otra más antigua y posiblemente contemporánea del santo, por lo que es esencialmente fiable en su relato de las circunstancias que rodearon el martirio de Emiliano.
En tiempos del emperador Juliano el Apóstata, en la segunda mitad del siglo IV, el vicario capitolino viajó a Durostoro en Mesia, para hacer cumplir las órdenes imperiales de restauración del paganismo, y para ello convocó una fiesta. Emiliano, hijo del prefecto de la ciudad, Sabaziano, entró en el templo sin vigilancia y destrozó la estatua del dios pagano y el altar con un martillo. Con el fin de encontrar un culpable para infligirle un castigo ejemplar, se detuvo a un campesino que pasaba por allí, pero Emiliano prefirió entregarse voluntariamente y confesar que él era el culpable. Llevado ante el tribunal de Capitolino, fue cruelmente azotado y condenado a ser quemado vivo, mientras que al padre se le impuso la pena de una libra de plata que debía pagar al tesoro por su descuido con su hijo. La sentencia se ejecutó fuera de la ciudad, a orillas del Danubio, hacia el año 362.
Se trata de un caso límite de martirio, que hoy posiblemente no consideraríamos tal: es verdad que dio testimonio cruento de la fe, pero también es cierto que fue a provocar. En la antigüedad tenían criterios menos estrictos para aceptar una gesta como martirio.
Artículo de Fabio Arduino en Santi e beati, traducido para ETF, excepto la reflexión final. Ver AASS, 18 de julio.