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El Testigo Fiel
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Beato Francisco Bejarano Fernández, presbítero y mártir
fecha de inscripción en el santoral: 26 de febrero
n.: 1877 - †: 1938 - país: España
canonización: B: Francisco 16 oct 2021
hagiografía: Diócesis de Córdoba
Elogio: En Daimiel, Ciudad Real, España, beato Francisco Bejarano Fernández, sacerdote diocesano y mártir, muerto en la cárcel tras diecinueve meses de prisión, soledad y continuos sufrimientos, en la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española.

Nacido en una familia muy cristiana y humilde, siendo sus padres Diego Bejarano Siles y Ana Peña Fernández Caballero. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento. Fue confirmado en el cercano pueblo de Pozoblanco por Mons. José Pozuelo y Herrero, el día 25 de enero de 1878.

Su padre era maestro albañil, pero don Francisco pronto mostró cualidades para el estudio, además de su inclinación a la vida sacerdotal. Con 13 años solicitó ingresar en el Seminario de San Pelagio, “en la sección segunda por ser sus padres pobres artesanos”. El informe para ser admitido, firmado por el párroco de Añora, indica que “ha observado siempre y observa en la actualidad una conducta moral y religiosa irreprensible”.

Su expediente de estudios es brillantísimo, con un “meritissimus” en todas las asignaturas de todos los cursos. Fue ordenado sacerdote el 21 de septiembre de 1901, aunque aguardó un año en su pueblo natal el primer destino, colaborando allí como adscrito a la Parroquia de San Sebastián. A principios del año 1902, solicita permiso al Obispado para hacer la licenciatura en Teología en el Seminario General y Pontificio de Sevilla (y lo obtiene a pesar de su carencia de recursos económicos).

El 3 de febrero de 1902 fue nombrado coadjutor de la Parroquia de Encinas Reales y capellán de la Aldea de Vadofresno, un anejo de aquella. Trabaja con ardor en estos lugares, y a la vez obtiene la licenciatura en Teología en el Seminario de Sevilla el 22 de noviembre de 1902. Mons. Pozuelo y Herrero le nombra, el 22 diciembre, bibliotecario de la Biblioteca Episcopal y se traslada a Córdoba.

En 1903 fue nombrado familiar y capellán del Obispo Pozuelo y Herrera. En 1904 se inscribe como socio de la Asamblea de la Buena Prensa de Sevilla. A partir de estas fechas, inicia su labor docente en el Seminario de Córdoba, que llegará hasta 1932 (coincidió con el rectorado del beato mártir José María Peris), cuando él mismo solicitó su baja por enfermedad. Muchas y variadas asignaturas impartió, mostrando su disponibilidad, preparación y gran capacidad. En estos años intentó (sin conseguirlo) licenciarse en Derecho Canónico; sí obtuvo una canonjía en la Santa Iglesia Catedral el 18 de agosto de 1908, que intentó promocionar (sin lograrlo) con dos oposiciones (en 1911 y 1918). Obtuvo por oposición, finalmente, el cargo de canónigo archivero en 1920.

Alternó su servicio en el coro catedralicio con una capellanía en el Convento de la Encarnación, y colaboró en la catequesis de adultos de la Parroquia de San Francisco y San Eulogio de Córdoba. Fue confesor ordinario del Convento de las Jerónimas de Santa Marta, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y las Esclavas del Sagrado Corazón.

En 1929 solicitó la dignidad de deán del Cabido Catedral, aunque no fue atendida su demanda, a pesar de su brillante hoja de méritos.

Hasta julio de 1932, su vida capitular mostró una asiduidad ejemplar. En 1933, y por motivos de salud (al detectársele una afección cardíaca), solicitó y obtuvo la dispensa de las cargas de su canonjía, retirándose en 1935 a su pueblo natal, Añora. Allí le sorprende el Alzamiento del 18 de julio de 1936, siendo esta localidad el primer pueblo de la Comarca de Los Pedroches que los frentepopulistas tomaron en agosto.

Permaneció escondido uno días en la Posada de Polainas. Descubierto, fue encarcelado en la Escuela de Niños de Don Agustín. Durante su prisión sirvió de aguador de los restantes presos, llevándola con un cantarillo desde una fuente pública.

Fue llevado con otros presos a la Cárcel de Jaén, de donde, al poco tiempo, lo trasladaron a la de Daimiel. Entre rejas le llegó la muerte por “reblandecimiento cerebral” (acta de defunción, 26 de febrero de 1938), tras diecinueve meses de prisión, soledad y continuos sufrimientos.

Tales circunstancias coinciden con el tipo de martirio que, siguiendo a Benedicto XIV, se denomina ‘ex aerumnis carceris’: “Se consideran verdaderos mártires aquellos que padecen por Cristo la cárcel, el exilio y otras adversidades, con tal de que esos padecimientos sean continuos hasta la muerte y conduzcan a la muerte […] Asimismo se ha de contar entre los mártires quien, por odio a la fe, es condenado a la cárcel o al exilio y muere a consecuencia de los padecimientos de la cárcel o del exilio” (L. III, cap. 12, nn. 3 y 4). “No sólo que fueron encarcelados y maltratados por la fe de Cristo, y que por esta misma fe aceptaron gustosamente la cárcel, sino que perseveraron en esa misma voluntad y ejercicio de las virtudes durante todo el tiempo en el que soportaron la cárcel y los padecimientos” (n. 19).

Sus restos mortales reposan en el Cementerio de Daimiel.

Escrito por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos de la Diócesis de Córdoba.

fuente: Diócesis de Córdoba
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ingreso o última modificación relevante: 6-2-2023
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