
Carmelo De Palma nació el 27 de enero de 1876 en Bari (Italia). Huérfano desde los diez años, ingresó en el seminario de su ciudad natal. El 17 de diciembre de 1898 fue ordenado sacerdote en Nápoles y, posteriormente, por motivos de salud, se trasladó durante algunos meses al monasterio benedictino de Montecassino. El 17 de junio de 1900 fue nombrado capellán de la basílica de San Nicolás en Bari. Sirvió al pueblo de Dios celebrando la misa, escuchando confesiones y animando muchas realidades pastorales.
A partir de 1902 recibió varios cargos en la misma basílica: secretario del Gran Prior, ceremoniero, canciller, guardián de la cripta, delegado del Gran Prior, primicerio del Capítulo, cantor y vicario capitular de 1945 a 1951.
Cuando la basílica de San Nicolás fue confiada por disposición de la Santa Sede a los Padres Dominicos, el beato —muy vinculado a la espiritualidad benedictina— recibió el encargo de director espiritual de las monjas benedictinas de Santa Escolástica de Bari, así como de los Oblatos y las Oblatas de San Benito.
También se dedicó a otros ámbitos pastorales, como la Acción Católica y la dirección espiritual de los fieles, en particular de los sacerdotes y seminaristas. Era incansable en el ministerio de la confesión. Hacia el final de su vida, sus problemas de salud se agravaron: colitis crónica, arteriosclerosis del miocardio y pérdida progresiva de la vista.
En febrero de 1961 celebró por última vez la misa en público. Posteriormente, por motivos de enfermedad, solo pudo celebrar en su habitación, donde siguió estando disponible para escuchar confesiones.
Murió en Bari el 24 de agosto de 1961 por insuficiencia cardíaca.
Alimentó la virtud de la fe con una intensa vida de oración, centrada en la Eucaristía, celebrada y adorada, y en la devoción a la Virgen María. De esta fe brotaba su obediencia a Dios: «Mi aspiración, decía, es una sola: cumplir siempre la voluntad de Dios; por eso, demosle gracias en todo momento con una fe siempre viva, aceptando generosamente lo que le place».
La virtud de la esperanza tenía en él su raíz precisamente en la confianza en la paternidad de Dios, por quien se sentía amado. Y esta esperanza también la infundía a los demás, sabiendo consolar y animar a las personas en dificultades.
Vivió heroicamente la virtud de la caridad. Era generoso en socorrer las necesidades materiales de la gente. Dedicó toda su energía al ministerio de confesor y director espiritual, hasta el punto de ser llamado «el héroe del confesionario».