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El Testigo Fiel
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El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
fecha de inscripción en el santoral: variable
hagiografía: Dom Próspero Gueranger, «El Año Litúrgico»
Elogio: Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, quien, con estos alimentos sagrados, ofrece el remedio de la inmortalidad y la prenda de la resurrección.

El Santísimo Sacramento en el centro de la liturgia

La luz del Espíritu Santo, que ha llevado a la Iglesia a penetrar más hondamente el misterio de la Trinidad, la conduce ahora a contemplar esta otra maravilla donde se concentran todas las obras del Verbo encarnado y que abre al hombre el camino de la unión divina: la Sagrada Eucaristía.

Durante todo el año litúrgico la Eucaristía ha estado siempre presente, ya como homenaje a la majestad de Dios, ya como alimento de la vida sobrenatural. Pero después de Pentecostés estos misterios parecen iluminarse con nueva claridad. Si la Trinidad se nos ha mostrado con un resplandor más vivo, también el Sacramento aparece ahora con una profundidad que antes apenas alcanzábamos a entrever.

La Santísima Trinidad es el centro de toda la religión; la Eucaristía, el medio más alto por el que la tierra se une al cielo. Por eso todos los misterios celebrados a lo largo del año estaban ya contenidos en este Sacramento, memorial y resumen de las maravillas que el Señor hizo por nosotros (Sal 110,4). En la Hostia reconocemos al Niño de Belén, a la víctima de la Pasión y al vencedor de la Pascua.

También las fiestas de María y de los santos conducen naturalmente a la Eucaristía. María dio la carne y la sangre que se ofrecen sobre el altar; los mártires y confesores encontraron allí su fuerza; y toda la Iglesia florece gracias a Aquél que es a la vez el pan y la vid (Zac 9,17).

La liturgia, los himnos y los cánticos honran a los santos; pero nada iguala la ofrenda del Sacrificio. Allí la Iglesia entra en comunión con ellos, une su alabanza a la suya y adora a la Trinidad en Jesucristo y por Jesucristo. La Eucaristía ha estado siempre en el corazón de la vida cristiana; lo que cambia ahora es la profundidad con que la Iglesia contempla este misterio.

Primera fiesta del Corpus

Sin embargo, la Iglesia terminó comprendiendo que el Sacramento que da sentido a todas las fiestas reclamaba también una solemnidad propia.

En los primeros siglos no existieron las procesiones eucarísticas ni las grandes manifestaciones públicas de adoración. No eran necesarias: la fe de aquellas generaciones era intensa, y la participación en la liturgia bastaba para mantener viva la conciencia del misterio. La celebración de la Misa y la comunión frecuente conservaban profundamente grabado en los fieles el recuerdo de la Cena del Señor.

Pero hacia el siglo XIII la fe comenzó a debilitarse. La tibieza espiritual y las nuevas herejías amenazaban especialmente al misterio eucarístico, “misterio de la fe” por excelencia.

Las herejías sacramentarias

Escoto Erígena formuló tempranamente una doctrina según la cual la Eucaristía no sería más que “un signo” de la unión espiritual con Cristo, accesible sólo a la inteligencia. Sus ideas apenas tuvieron eco frente a la tradición defendida por san Pascasio Radberto, pero reaparecieron en el siglo XI con Berengario, provocando graves turbulencias en la Iglesia de Francia.

Mientras tanto, doctrinas dualistas procedentes de Oriente se difundían lentamente por Europa. Al considerar la materia como algo malo, terminaban atacando inevitablemente la Encarnación y la Eucaristía. Lombardía, Toulouse, Orleans y otras regiones conocieron la expansión de estas corrientes, que acabarían desembocando en la crisis albigense.

La Iglesia logró contenerlas, aunque a costa de largos conflictos y profundas heridas. Pero precisamente en ese momento comenzó también a prepararse una respuesta más luminosa: una nueva exaltación pública del Santísimo Sacramento.

La visión de la bienaventurada Juliana

En 1208, santa Juliana de Mont-Cornillon, religiosa hospitalaria cerca de Lieja, tuvo una visión misteriosa: contempló la luna llena con una parte oscurecida. Más tarde comprendió su significado: la luna representaba la vida litúrgica de la Iglesia, y la parte oscura indicaba la ausencia de una fiesta dedicada específicamente a la Eucaristía.

La memoria de la Cena del Señor en el Jueves Santo ya no bastaba para responder a las necesidades espirituales de la época. La Iglesia, además, vivía ese día bajo la sombra inmediata de la Pasión.

Durante muchos años Juliana guardó silencio. Finalmente comunicó su visión a hombres doctos y piadosos, que reconocieron en ella una inspiración providencial. Ella misma promovió un oficio litúrgico para la futura solemnidad, comenzando por las palabras Animarum cibus, “alimento de las almas”.

La fiesta del Corpus Christi

Lieja, que ya había dado a la Iglesia la fiesta de la Trinidad, fue también el lugar de nacimiento de la solemnidad del Corpus Christi.

En 1246, el obispo Roberto de Toróte estableció oficialmente la fiesta para su diócesis, fijándola en el jueves después de la Trinidad. La celebración comenzó modestamente, entre dificultades y resistencias, pero poco a poco fue extendiéndose.

Tras la muerte de Juliana, la beata Eva continuó trabajando discretamente por la causa. Y la Providencia preparó entonces un apoyo decisivo: la elección de Urbano IV.

La extensión a la Iglesia universal

Antes de ser Papa, Urbano IV había conocido personalmente a Juliana y había aprobado sus proyectos. Ya en el pontificado, diversos acontecimientos —sobre todo el milagro de Bolsena— confirmaron su decisión de instituir la fiesta para toda la Iglesia.

Santo Tomás de Aquino recibió el encargo de componer el Oficio litúrgico de la nueva solemnidad. Nacieron así himnos que la Iglesia sigue cantando hasta hoy.

La bula Transiturus dio en seguida a conocer al mundo las intenciones del Pontífice: Urbano IV, recordando las revelaciones de que había tenido conocimiento en otro tiempo, establecía en la Iglesia Universal, para la confusión de la herejía y la exaltación de la fe ortodoxa, una solemnidad especial en honor del augusto memorial dejado por Cristo a su Iglesia. El día señalado para esta fiesta era la Feria quinta o Jueves después de la Octava de Pentecostés.

Parecía que la causa quedaría por fin terminada; pero los trastornos que asolaban entonces a Italia y al Imperio, hicieron olvidar la bula de Urbano IV, antes de que pudiera ser puesta en ejecución. Más de cuarenta años pasaron antes de que de nuevo fuera promulgada y confirmada por Clemente V en el Concilio de Viena. Juan XXII, insertándola en el Cuerpo del Derecho en las Clementinas, le dio fuerza de ley definitiva, y tuvo así la gloria de dar la última mano, hacia el año 1318, a esta gran obra cuya conclusión había exigido más de un siglo.

Extraído y condensado para ETF del largo y sustancioso artículo del Abad de Solesmes. La imagen de ilustración es una foto real del Corpus en Valencia, España, una fiesta con "poca prensa" turística pero a la que vale la pena visitar.

fuente: Dom Próspero Gueranger, «El Año Litúrgico»
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ingreso o última modificación relevante: 25-5-2026
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