
Cuando el maestresala probó el vino milagroso de Caná, exclamó admirado: «Has reservado el buen vino hasta ahora...». La devoción al Inmaculado Corazón de María es, de algún modo, ese “buen vino” que Cristo tenía reservado para los tiempos actuales.
Desde los primeros siglos, la Iglesia amó y veneró profundamente a María; pero quizá predominaba entonces más la admiración de sus privilegios que la intimidad con su persona. Ha sido necesario, en cierto sentido, que la misma Virgen nos invitara a entrar en ese santuario interior que es su corazón. El mensaje de Fátima puede entenderse precisamente así: como una llamada apremiante a refugiarnos en el Corazón Inmaculado de María.
Pío XII invitaba a los fieles a arrojarse en los brazos de María, seguros de encontrar en “su amantísimo corazón [...] el puerto seguro en medio de las tempestades”. Cuando hablamos del corazón de María entendemos no sólo su corazón físico, sino toda su vida interior: sus afectos, virtudes, pensamientos y, en definitiva, su misma persona considerada bajo el signo del amor.
La maternidad divina es la fuente de todas las gracias que adornan ese corazón. Escogida desde toda la eternidad para ser Madre de Dios, María recibió gracias proporcionadas a una misión incomparable. Los Padres de la Iglesia decían que concibió primero a Cristo en su corazón, por la fe y el amor, antes de llevarlo en sus entrañas.
Y así como fue madre de Cristo, cabeza de la Iglesia, llegó también a ser madre de todos nosotros. Al aceptar libremente la palabra del ángel, aceptó también ser madre del Cristo total. Y al pie de la cruz, por los dolores de su corazón, nos dio a luz espiritualmente junto a su Hijo.
Todo corazón de madre refleja algo del amor de Dios; pero en María esa maternidad alcanza una plenitud única. Por eso los cristianos han sentido siempre que ningún adjetivo basta para describir su corazón: inmaculado, misericordioso, humildísimo, lleno de ternura y caridad.
El Evangelio deja entrever esa maternidad en dos rasgos inolvidables. San Lucas repite dos veces: «María guardaba todas estas cosas en su corazón». En pocas palabras nos revela la memoria fiel del amor materno. María conserva para siempre todo lo referente a Jesús: los misterios de su infancia, sus palabras, sus gestos. Y junto a ellos conserva también nuestra propia historia, lo pequeño y frágil de nuestra vida filial. Nada de lo que le confiamos se pierde en su corazón.
San Juan, por su parte, nos muestra en Caná otro rasgo profundamente maternal: su solicitud vigilante. María advierte una necesidad que nadie había notado: «No tienen vino». Parece una dificultad pequeña, pero para ella ninguna pena humana es indiferente. Observa, intercede y espera. Y finalmente el milagro sucede.
Así continúa obrando el corazón de María: atento, silencioso, perseverante. Nada escapa a su cuidado, ni nuestras grandes angustias ni nuestras pequeñas miserias.
Por eso la verdadera devoción al Corazón de María no puede reducirse solamente a prácticas externas, aunque sean valiosas. Ha de convertirse en una relación viva y filial: una corriente de confianza y amor entre nuestro corazón y el suyo.
Vivir, como san Estanislao de Kostka, de este solo pensamiento: “La Madre de Dios es mi madre”. Sentirse llevado continuamente en su corazón y descansar en esa certeza.
Todas nuestras desgracias —dice bellamente el autor— vienen quizá de haber querido crecer demasiado y vivir como si no necesitáramos ya de una madre.
Pero el corazón de María sigue esperando.
Sintetizado para ETF a partir de un artículo de Dolores Guell en Año Criostiano, BAC, 2003, tomo correspondiente a junio.